CULTURA

Javier Arturo Valdéz Cárdenas nació en Culiacán Rosales, Sinaloa, el 14 de abril de 1967, y desde 1998 era el corresponsal de La Jornada en Sinaloa. Es autor de varios libros, el último de ellos se llama “Narcoperiodismo”.

CANCÚN, Q.ROO.- Al contario de varios periodistas chilangos que, deslumbrados por las curvas de las culichis, se asumen, súbitamente y sin linaje, como sinaloenses y hasta imitan el habla y el trato de los hombres y las mujeres de esa tierra herida por la violencia del narco, Javier Arturo Valdéz Cárdenas se metía en la boca del lobo, donde el narco en verdad reina y marca su ley de plomo y pólvora, sin alardes y sin miedo.

Siempre volvía, asustado, eso sí, pero con un temple que sólo los sinaloenses de verdad tienen porque cada día desde hace algunos años se han acostumbrado a ver a la muerte y al diablo de frente.

No andaba gritando “fierro” ni que quería beber “unos botes” ni que, lo suyo, lo suyo, eran “las buchoncitas”. No, Javier no era un farolón chilango. Era un periodista que por años fue corresponsal de La Jornada y que, por el impulso de varios colegas, empezó a publicar crónicas que bautizó como una “malayerba” que compartía cada semana desde el semanario Río 12 y que otros medios en el país retomaban.

Comparta y role, pedía un amigable Javier.

Allí estaba el corpus narrativo de Javier, ese hombre que, cansado de la violencia en Sinaloa, decidió contarla en libros espeluznantes:  Miss Narco, Los morros del narco, Levantones: historias reales de desaparecidos y víctimas del narco,  Con una granada en la boca, Huérfanos del narco y Narcoperiodismo, todos ellos publicados bajo el sello Aguilar.

Como tantos periodistas de este país se convirtió en un corresponsal de guerra y, de forma sistemática, empezó a detallar los estragos de los combates entre cárteles, entre éstos y los militares, y de los civiles que se empiezan a defender de los señores de la muerte como pueden.

En sus testimonios hay viudas, huérfanos, ajusticiadores, halcones, teiboleras, soldados, mexicanos todos inmersos en una vorágine de sangre que azota a Sinaloa desde hace décadas.

En Guadalajara, durante la FIL, tomábamos un respiro y compartíamos alegrías en “El gato verde” y en Culiacán, su base de operaciones, “El guayabo” era el escenario donde se contemplaba cómo este hombretón se relajaba y empezaba a detallar algunos horrores vistos y que, siempre en dilemas morales, pensaba y repensaba contar o no en sus crónicas o en sus libros.

Ayer, al filo del medio día, saliendo de la redacción de Río doce, en Culiacán, fue interceptado por un hombre que le disparó 12 veces. Su cuerpo quedó tendido en la calle Riva Palacio entre Juan José Ríos y Epitacio Osuna. El sicario se llevó su coche Toyota y su computadora. El Toyota rojo apareció cuadras más adelante, pero la computadora no.  

Hoy, a las 19:30 horas, en la Secretaría de Gobernación habrá una protesta de periodistas con proyección y lectura de sus obras

Escrito por Arturo Mendoza Mociño

Reportero de Luces del Siglo


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