OPINIÓN

Un puñado de financieros y empresarios estadounidenses habían escuchado a un moderado Andrés Manuel López Obrador decirles que no era un enemigo del libre comercio durante una cena el 14 de marzo en la Sociedad de las Américas en Nueva York.


De frente tenía a Michael Bloomberg, influyente empresario y alcalde de Nueva York en tres ocasiones quien dijo tajante al tabasqueño que prefería una renegociación del Tratado después del 2018, con otro Presidente.


Según la versión cotejada, el magnate expresó que no veía autoridad moral ni política en el actual gobierno de México. "(Si negocian ahora el TLC) pueden vender México a Estados Unidos", dicen que dijo.


El tabasqueño, que no habla inglés, esperó la traducción en su audífono, y ya no reviró el comentario. Terminado el encuentro, AMLO preguntó a quienes le acompañaban si habían escuchado bien o era un error de traducción. "Así lo dijo", confirmaron sus consejeros que sí hablaban inglés.


El líder de Morena ha expuesto públicamente la anécdota sin revelar al personaje. "Sea real o exagerado ese punto de vista, lo cierto es que el tema de las relaciones México-Estados Unidos también preocupa a muchos en el país vecino", comentó en su página de Facebook.


No es la única sospecha sobre las monedas de cambio en la renegociación del TLC y la diplomacia mexicana.


Maureen Meyer, especialista de la Oficina en Washington para América Latina (WOLA, por sus siglas en inglés), comentó que el gobierno mexicano está tentado a intercambiar tareas de seguridad encomendadas por Washington, particularmente en la vigilancia de la frontera con Centroamérica, por favores en la renegociación comercial (Reforma, 14/06/17).


En 2015, según WOLA, autoridades mexicanas aprehendieron más centroamericanos que las propias fuerzas de seguridad estadounidenses, pero con un incremento sensible de violaciones a derechos humanos.


"Para Estados Unidos la seguridad fronteriza empieza mil 500 millas al sur", dijo John Kelly en la recientemente celebrada Conferencia para la Prosperidad y la Seguridad de Centroamérica. El dibujo de ese nuevo mapa parece quedar ratificado en dicho encuentro donde participaron funcionarios de alto nivel de ambos países. Esa raya de la frontera, la del Suchiate, ya la pintó Washington. Ahí te la encargo. Beware of the dog, dice el letrero.


Ahora, al norte, el gobierno mexicano tiene un muro, donde acepta resignado el despojo y el abuso; al sur, asume una encomienda para ser  feroz cadenero de Estados Unidos en la línea fronteriza de Chiapas y Quintana Roo. No debe ser fácil compaginar una labor implacable con los centroamericanos que quieren cruzar por el sur y dócil frente a las deportaciones de mexicanos que viajan esposados al mismísimo territorio nacional.


Claro, si Bloomberg acusa que los funcionarios mexicanos pueden vender al país en sus negociaciones diplomáticas y comerciales, los norteamericanos no cantan mal las rancheras. El último en ser señalado es Jared Kushner, contacto privilegiado del gobierno mexicano, acusado de negociar por debajo del agua favorecimiento para sus empresas en la trama rusa que llevó a la Presidencia a su suegro. Un grupo gobernante mentiroso, ajeno a escrúpulos, abusivo. 


La encrucijada de las relaciones binacionales es además alterada por las contradicciones con Latinoamérica. Por un motivo estricto de política interna, el gobierno de México arremete contra el de Nicolás Maduro comparando sus "rasgos autoritarios" con los de AMLO. Ya The Washington Post lo insinuó en un artículo titulado "¿Por qué el gobierno mexicano quiere mantener a Venezuela en las noticias?". 


Pero mientras es bárbaro con Venezuela pide que Estados Unidos dialogue con Cuba para "solucionar así sus diferencias, en un marco de respeto mutuo y reconocimiento de la soberanía de ambas naciones", según el comunicado oficial. 


¿Cuál será el rostro mexicano ahora en Cancún en la cumbre de la OEA? ¿El del agachón sentado al pie del muro con la cabeza hundida cubierta por el sombrero picudo? ¿El cadenero de Tapachula? ¿El comandante de la Operación Arepa? ¿O el alegre jefe de la Operación Mojito?

Escrito por Roberto Zamarripa

Columnista de Reforma


Twitter

Facebook