DE VIAJE

Cracovia tiene un castillo, de donde sale un bombero profesional cada 60 minutos con una trompeta para dar la hora.

 

Parece injusto para otras ciudades del mundo; pero ¿quién dice que la belleza se reparte de forma equitativa?

 

Para que el enamoramiento con la ciudad sea inmediato, hay que entrar a pie por la barbacana de Cracovia, esa fortaleza cilíndrica de la Edad Media que resguarda el Centro Histórico, nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

 

Ahí está la puerta de San Florián; sobre el muro de defensa, algunos artistas han improvisado una galería en la que cuelgan cuadros. Alrededor, las calles, que no son peatonales pero así funcionan, parecen llevar ya sea a un bar o a una iglesia.

 

Entre las iglesias –pues de los bares que cada quien elija–, la Basílica de Santa María, con sus 700 años a cuestas, su ladrillo rojo y su corona dorada como remate en una de las torres, es el imán inevitable: la postal para llevar a casa.

De ahí, de la torre más alta, es de donde sale un valiente cada hora para tocar la trompeta y quedarse a media nota en recuerdo de aquel antepasado que murió con una flecha en la garganta cuando advertía la invasión de los tártaros hace tanto.

 

A sus pies se encuentra el Rynek Glowny de Cracovia, una de las plazas más grandes de Europa, de tamaño casi idéntico del Zócalo mexicano. En medio, como centro neurálgico, la Lonja de los Paños; en el área se han reunido comerciantes desde el siglo 13. Debería ser obvio: ahí están los souvenirs del siglo 21.

 

La ex capital de Polonia –porque el título se lo llevó Varsovia en 1596– tiene también un castillo, el de Wawel, en lo alto de una colina. Ahí se pueden conocer las habitaciones reales del palacio, entrar a la catedral, que presume un par de relicarios del Papa Juan Pablo II, e incluso descender a la cueva donde, según la leyenda, dormía el dragón de Cracovia. Aunque hay otro pasado, menos lustroso, que también está a la vista.

 

Al sur de la ciudad vieja se ubica Kazimierz, el antiguo barrio judío que los nazis despoblaron durante la Segunda Guerra. Todavía se distingue la estrella de David en algunas fachadas; hay sinagogas históricas que resistieron el embate. Pero, más que nada, hoy día la zona es el barrio de Cracovia que más gentrificación presenta: el que abre cafeterías, sitios de brunch, donde está la más animada vida nocturna.

Recorrer sus calles a media luz o escuchar el clarinete que escapa de algún restaurante es Kazimierz en estado puro. Hay que resistir la tentación de quedarse ahí y, en cambio, cruzar el río. Del otro lado del Vístula está la fábrica original de Oskar Schindler que el mundo conoció gracias a Steven Spielberg.

 

Dentro, el museo es la más completa lección de historia de Cracovia bajo la ocupación nazi y la guerra. Para los cinéfilos, el café del museo tiene copias en polaco del guion de La Lista de Schindler y una de las gorras típicas del director estadounidense.

 

Fuera del museo, a unos pasos apenas, queda un fragmento del muro que los nazis construyeron para encerrar a los judíos de Cracovia en el gueto de la ciudad; 15 mil personas obligadas a vivir donde antes cabían 3 mil, la ignominia topográfica: el muro fronterizo de cemento gris que a alguien le pareció una buena idea construir para mantener fuera, lejos, a los otros.

Escrito por Luis Madrigal / Agencia Reforma

Reportero de Reforma


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