CULTURA

Cantar con Plácido Domingo en 2017, en un concierto benéfico en Puebla, significó para Rebeca Olvera, una gran satisfacción en su carrera.

 

 

CIUDAD DE MÉXICO.-”Saber que mi voz sirve de instrumento para alimentar las almas, no tiene precio”, dice Rebeca Olvera. La soprano mexicana, solista de la Ópera de Zúrich desde hace una década, recibirá la Medalla Ortiz Tirado el 20 de enero, en Álamos, Sonora, un día después del arranque del Festival Alfonso Ortiz Tirado. Su oficio, dice, le ha permitido vivir de lo que más le apasiona.

 

 

“Es increíble que me paguen por cantar, y encima contando historias que entretienen y con música que anima a cualquier corazón roto”, señala quien acaba de concluir funciones de El comte Ory, con Cecilia Bartoli, en Zúrich.

 

 

Su encuentro con la mezzosoprano italiana fue providencial. La cantante que llevaría el papel de Iris en Sémele, de Händel, con Bartoli como protagonista, enfermó. Olvera tuvo que aprenderse el papel en medio día.

 

 

Toda una hazaña que atestiguó también William Christie. Ése fue el principio de una colaboración que llevaría a la mexicana al Festival de Salzburgo. Con Bartoli, directora artística desde 2012 de la extensión del festival en Pentecostés, cantaría Norma.

 

 

Su debut en la ciudad austriaca coincidió con la presencia de otros dos connacionales, Rolando Villazón y Javier Camarena, y volvería posteriormente con Ifigenia en Táuride.

 

 

Cantar con Plácido Domingo en 2017, en un concierto benéfico en Puebla, su tierra, significó una gran satisfacción en su carrera. Y ahora ambiciona cantar en un título operístico con el tenor español.

 

 

Hasta la universidad, Olvera parecía destinada a una carrera ajena al canto. A punto de terminar sus estudios en Ciencias de la Comunicación, se unió a un grupo de aficionados al arte en la universidad que decidió montar El fantasma de la ópera.

 

 

Ella era la única capaz de alcanzar los agudos. Federico Ituarte, entonces su amigo y ahora su esposo, padre de sus dos hijas, la escuchó.

 

 

“Tienes buena voz para la ópera”, le dijo. Y comenzó a acercarle materiales. Era todavía un pasatiempo cuando buscó una maestra de canto, que al escucharla, la mandó directo al Conservatorio Nacional.

 

 

Una llegada tardía. Olvera, de 21 años, no sabía leer música ni tocaba un instrumento. No sabía mucho de ópera más allá de un par de grabaciones que había escuchado.

 

 

Pero no se achicó y, en cambio, redobló el paso. Aún ahora, lee música, pero no tiene la habilidad de otros colegas. Lo que a unos toma dos semanas, a ella quizá le tome un poco más de tiempo. Pero no la desvía del camino.

 

 

“Lo importante es lo que puedas hacer en el escenario, la voz y la interpretación”. Y es en el escenario donde Olvera goza. “Es mi espacio favorito. Puedo estar en el escenario con la orquesta, el vestuario, pero si es un ensayo, donde no puedo ver la reacción del público, no me sabe igual. El público es mi gasolina”, dice.

 

 

En el tercer año del Conservatorio empezó a sentir la desesperación de querer volar. Audicionó para una producción escolar de La flauta mágica. No consiguió el papel que buscaba. Vino un episodio de gran tristeza y a punto estuvo de tirar la toalla. Ese rechazo, sin embargo, la puso en la senda de algo mejor.

 

 

Se preparó para el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli 2004, en una edición que ganó Javier Camarena y donde Olvera obtuvo el premio de la Ópera de Bellas Artes. Lo que significó su debut en el Palacio de Bellas Artes con La hija del regimiento.

 

 

Tras el triunfo, partió a Zurich para estudiar en el Opernstudio con Francisco Araiza. Y desde ahí, contar con una carrera internacional. “La ópera ha sido amor a primer oído”.

 

Escrito por Érika P. Bucio / Agencia Reforma

Reportera de Reforma


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