ENTRE MUROS

Los nombres de Antonio y Antonieta Rivas Mercado, padre e hija, resuenan en la historia de México, pues él fue el arquitecto que creó la Columna de la Independencia, mientras que ella es recordada como mecenas e intelectual.

 

Ambos vivieron en la casa de la colonia Guerrero que fue restaurada por el doctor en arquitectura Gabriel Mérigo Basurto del despacho Megarquitectos.

 

Construida en 1898 y diseñada por el propio Rivas Mercado, la residencia se apegó al lenguaje del romanticismo –el eclecticismo–, movimiento que surgió como respuesta a lo rígido del racionalismo.

“Lo importante de esta casa es que es representativa de una época histórica, de un evento histórico que fue muy importante porque fue la transición: primero transición de siglo, luego una transición política, luego una transición estilística o artística”, explicó Mérigo.

 

“El romanticismo empieza a hablar de los sentimientos, del corazón, de la libertad. No en balde vienen todas las revoluciones en esas épocas. Aquí, el arquitecto piensa ‘Tengo el art nouveau, los estilos victorianos de Inglaterra. Déjenme ser libre, hacer arquitectura como yo quiera’”.

 

El acomodo de la casa en el extenso terreno es prueba de esto, pues el volumen se encuentra girado respecto a la calle y no acomodado de manera paralela al mismo. Igualmente, responde al eclecticismo la presencia de elementos clásicos, como columnas dóricas o el frontón que corona la entrada principal, decoración morisca y pilastras de inspiración prehispánica.

 

ESFUERZO HISTÓRICO

El estado de la casa antes de la restauración a la que fue sometida era incluso peor del que aparentaba a primera vista, pues tenía daños estructurales que un aplanado de cemento ocultaba.

“Eran una gran cantidad de ladrillos fracturados y una serie de cuarteaduras. Eso representó una gran inversión y mucho tiempo porque hubo que quitar tabique por tabique los que estaban fracturados y poner nuevos, retejer todos los muros para tener la estabilidad que requiere la casa y que no tenga riesgo de colapso”, apuntó Mérigo.

 

El deterioro se extendía a los entrepisos. La construcción posterior de un edificio adyacente que se apoyaba en parte de la casa también la afectó. En cuanto a elementos no estructurales, la restauración requirió un esfuerzo considerable.

 

Ejemplo de esto son los pisos de azulejo, que pudieron ser rescatados pese a que se encontraban desprendidos e incompletos debido a que fueron vendidos.

 

“Lo que hicimos es levantar todo para que no se siguieran perdiendo y redibujar todo lo que estaba pendiente para poder calcular las piezas que faltaban, y nos dimos cuenta de que había casi 90 distintos modelos de azulejo, que difieren en color, tamaño, modelos, forma”, expuso el artífice mexicano.

 

“Hicimos un estudio para ver quién tenía los modelos, los moldes o la técnica para poder comprarlos iguales. Di con una fábrica en Inglaterra que heredó gran parte de la técnica. Llevamos casi 90 piezas de modelos distintos para que igualaran colores, formas, todo. Muchos diseños ya tenían, otros no”.

 

Esta atención al detalle estuvo presente en el trabajo con ventanas, puertas, herrería e incluso con las macetas, pues es fundamental que la restauración se apegue a lo original.

“No hubo nada que tuviéramos que inventar; lo que se perdió no se puso”, relató Mérigo. “Partimos del hecho de que lo que se va a poner tiene que ser real, responder al original. Uno de los principios básicos de la restauración es no inventar cosas porque se hace lo que se llama un falso histórico”.

Escrito por Andrea Martínez de la Vega / Agencia Reforma

Reportera de Reforma


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