OPINIÓN

 "Si el presidente es honesto los gobernadores van a ser honestos. Los presidentes municipales. Y todo el pueblo.". Esa es la convicción de Andrés Manuel López Obrador. Así se lo planteó a Ciro Gómez Leyva en una entrevista reciente.

 

Basta con que él llegue a la presidencia para que la corrupción desaparezca. Ni siquiera hay que esperar 15 minutos. El efecto será instantáneo. El ejemplo impondrá su ley en todos los ámbitos de la administración pública, en todos los rincones del país.

 

Los deshonestos vivirán una experiencia mística: al llegar la pureza a la Presidencia de México se darán cuenta que han vivido en el error y cuidarán los recursos públicos con escrúpulo impecable.

 

La redención moral saldrá, por supuesto, de las oficinas públicas para cubrir todos los rincones de la república. Andrés Manuel López Obrador nos trasmite también esa nueva: cuando llegue a la presidencia no habrá robos en México. Así: "Nadie va a robar (.) porque nadie tendrá necesidad de robar".

 


La lucha contra la corrupción es, sin duda, una de las principales banderas de López Obrador. Si su discurso es persuasivo es, precisamente, porque proyecta una imagen de austeridad que contrasta con la ofensiva ostentación del resto de la clase política. Lo que llama la atención es la ausencia de propuestas concretas para combatir un problema tan complejo. No hay aparición pública en la que López Obrador olvide la perversión moral de la política.

 

Pero, al aludir a esta crisis pone de manifiesto su desprecio a todo esfuerzo institucional por combatir la corrupción; revela su desinterés por las experiencias de fuera y exhibe su ignorancia de las normas vigentes.

 

En el intenso debate sobre el Sistema Nacional Anticorrupción López Obrador calló. No dijo nada porque no cree que las reglas, los procedimientos o las instituciones cuenten. De la rica experiencia internacional que forma un abanico de opciones para combatir la corrupción, no parece haberse enterado el tabasqueño.

 

Y el hombre que ha dedicado buena parte de su vida política a denunciar una corrupción que se fomenta desde la presidencia de la república y desconoce las reglas de su régimen. López Obrador no está al tanto de las disposiciones que regulan la protección constitucional del presidente ni le interesa conocerlas.


Las instituciones no son, ya nos lo ha advertido, nuestras. Son de ellos y las usan en nuestra contra. Pero, más allá de la parcialidad institucional (que no es, por supuesto, invento lopezobradorista) lo que parece notable es la convicción de su irrelevancia.

 

No se advierte en el dirigente ningún bosquejo de reordenación institucional para cerrarle el paso a los abusos. Su victoria basta. El fundador de Morena no exagera al advertir la complicidad de los partidos que se han alternado en el poder desde hace un par de décadas.

 

Tampoco es infundada su crítica a las instituciones dedicadas a prevenir y combatir la corrupción. Lo que llama la atención es que lo que López Obrador propone para combatir la corrupción es incienso de López Obrador. Don Andrés Manuel está convencido de que respirar su prédica limpiará el aire de México, que acompasar el ritmo de nuestros pulmones a la cadencia de su discurso depurará el espíritu de la república. La corrupción no terminará en un clic. Terminará con un Ooom. 

 


La fe que López Obrador tiene en López Obrador explica su tenacidad, su resistencia, su hermetismo, su coherencia, su sectarismo. Su intransigencia (y la activa colaboración de sus adversarios) lo mantiene políticamente vivo y con buenas probabilidades de conseguir la presidencia. El personaje es predecible y confiable para sus seguidores porque sigue el mismo dictado.

 

La terquedad puede bloquear su crecimiento pero anima a sus leales. Si repite mil veces la misma frase es porque se acerca al mundo a partir de un breve paquete de fórmulas. El universo conspiratorio que habita le permite caminar con plena inocencia: él ha padecido mil injusticias pero no se ha equivocado una sola vez.

 

Por eso no tiene necesidad de reinventarse ni de examinar el sentido de sus decisiones previas. Como buen sectario está dispuesto a subordinar el cálculo estratégico a la fidelidad. Sería inmoral negociar. Quien se me resiste es un traidor; quien se entrega a mí es un patriota. Sólo la pleitesía al bendito dignifica. 

Escrito por Jesús Silva-Herzog Márquez

Columnista de Reforma


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