OPINIÓN

Narrador de una realidad convulsa, Javier Valdez dedicó su vida a mejorar un país que no supo protegerlo.

 

 

Javier Valdez Cárdenas llegaba a todas partes con sombrero y lanzaba su canónico saludo: “¿Qué onda, bato?”. En su faceta oral, contaba historias cargadas de regionalismos y mentadas de madre: el narrador ideal para compartir asombros y emociones al compás de las cervezas. Por escrito, sometía esos efectos al rigor estilístico: el narrador ideal para entender con objetividad una realidad convulsa.

 

El 15 de mayo, doce tiros acabaron con la vida de una de las mejores personas del país. Formado como sociólogo, fundador de la publicación independiente Ríodoce, que dirige Ismael Bojórquez, corresponsal en Sinaloa del periódico La Jornada, autor de libros imprescindibles sobre la violencia en México (Miss Narco, Levantones, Malayerba), Valdez Cárdenas luchó contra la indiferencia en un entorno anestesiado por el miedo y describió el horror sin dejarse influir por él. Cuando presentamos su libro Huérfanos del narco en Culiacán, en 2015, destacó la principal lección que recibió de los niños que perdieron a sus padres en la absurda “guerra contra el narcotráfico”: ninguno de ellos hablaba de venganza. Las ausencias, el espanto y el sinsentido no los habían llevado al rencor. Él actuaba con el mismo temple de sus informantes; sabía que la mejor forma de superar a los adversarios consiste en no ser como ellos. En medio de la tormenta, preservaba el sentido del humor, el afecto, la empatía por los demás. Su conciencia crítica no estaba animada por el odio, sino por la búsqueda de la verdad. Durante medio siglo vivió para mejorar un país que no supo protegerlo y que lo ha convertido en uno de sus mártires. Al igual que Daniela Rea, Marcela Turati y otros cronistas de excepción, entendió que las tramas más significativas del México violento no tienen que ver con los verdugos, sino con las víctimas, de las que ahora forma parte.

 

 

¿Quién mata a los periodistas? Valdez Cárdenas no era un buscador de riesgos innecesarios y sabía que su prestigio no le confería inmunidad alguna. Las oficinas de Ríodoce habían sido atacadas. Ahí, los viernes de cierre de edición combinaban el ambiente festivo del trabajo cumplido con una sensata valoración de las amenazas recibidas. Pocos profesionales estaban mejor calificados que él para calibrar los frágiles límites del oficio. Su asesinato representa una escalada en la violencia contra el gremio.

 

 

En algún momento, Javier pensó en mudarse a otro sitio, pero el país empeoró tanto que fue difícil encontrar santuarios libres de peligro. Por otra parte, sus historias estaban en el lugar que conocía como la palma de su mano.

 

Varias veces comentamos la frase de otro gran autor sinaloense, Élmer Mendoza: “No hay que cuidarse de los malos sino de los que parecen buenos”. Los villanos manifiestos del narcotráfico, los capos de la droga, están menos preocupados por las noticias que quienes brindan una fachada aparentemente legal al crimen organizado. Quienes tienen más que perder con las denuncias son los empresarios, los políticos, los militares cómplices del delito. Felipe Calderón presentó a los rivales de su “guerra contra el narcotráfico” como los “bárbaros”, los “malosos”, los “otros”, sin comprender que pertenecen a una sociedad donde la frontera entre lo lícito y lo ilícito es cada vez más difusa. Peña Nieto tampoco lo ha comprendido. Quienes operan en esa zona de trasvase no desean ser investigados. Mientras el gobierno no se investigue a sí mismo ni indague las muchas ramificaciones del dinero sucio, seguirán muriendo los periodistas que sí hacen esa tarea.

 

Desde que compartió casa con Martín Amaral, cronista de la cultura y la vida diaria sinaloense, Javier Valdez Cárdenas entendió la escritura como una actividad cómplice, que se beneficia de textos ajenos y las voces de los otros. Aunque tenía un estilo único, prefería escuchar. El 4 de septiembre de 2015 lo acompañé ante el vasto público que lo seguía en Culiacán y de nuevo refrendó su interés por lo que los demás tenían que decirle: “Si se callan, pues uno deja de escribir, pero si no se callan, uno pura madre deja de escribir”, comentó antes de que un grupo norteño relevara sus palabras con la música. Cada testimonio que surja en este país de sangre llevará el sello de Javier Valdez Cárdenas. No será él quien lo escriba: será su ejemplo.

Escrito por Juan Villoro

Escritor y periodista mexicano. Columnista de Reforma


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