REVISTA R

Vicente Ugalde no sólo estudia a la Ciudad de México, sino que la vive, la conoce, disfruta andar por el oriente, “de Iztapalapa a Ixtapaluca”, y no deja de sorprenderlo. Durante el sismo, vio el terror en el rostro de los demás, pero también la esperanza al ver que el miedo se convirtió en solidaridad. ¿Qué sigue? Hacer lo posible porque este despertar ciudadano no sea efímero.

 

¿Lo que vimos fue el inicio de un cambio radical como sociedad o sólo un chispazo de civilidad?

Es un chispazo, pero ojalá sea el anuncio de que la generación que viene detrás de la nuestra es una generación que puede practicar la civilidad y la solidaridad. Espero que sea expresión de algo que perdure, pero no lo sé.

Se ha hablado mucho de la actuación de los millennial, ¿realmente tenían opción de no sumarse?

Sí podrían haberse mostrado más apáticos y seguramente muchos no salieron, pero a mí me tocó ser testigo de cómo jóvenes estaban peregrinando de un edificio siniestrado a otro, tratando de ayudar. Estas expresiones muy espontáneas y muy desinteresadas me hacen creer que es una generación que sí puede practicar esos gestos de solidaridad, convivencia… de sacrificar un poco.

¿A qué se refiere?

Desde hace un tiempo se viene hablando del fin de las grandes utopías, que la gente ya no muere por sus ideales. En la derecha, la gente estaba dispuesta a morir por conceptos como la nación y en la izquierda, por la revolución. Ahora se dice que ya no existe eso sagrado por lo cual la gente estaba dispuesta a ofrendar su vida o a sacrificar algo. Pero vimos la movilización de gente y de conciencias, y eso es una buena señal. Ese sujeto hiperindividualista de la ciudad contemporánea parece que no es tanto.

¿Es un parteaguas para la Ciudad?

Es una circunstancia muy dolorosa, que sumada a otras circunstancias puede serlo. A lo mejor, a largo plazo, lo vamos a juzgar como un parteaguas, pero cuando uno vive estos procesos de cambio se ven muy lentos. De la ruptura política de 1988 se van cumplir ¡30 años!, ha sido un proceso lento, diría, aburrido.

¿A qué otras circunstancias se refiere en cuanto al cambio?

Además de esta sacudida que, literalmente, fue el temblor, no hay que olvidar que en 2018 entra en vigor la Constitución de la Ciudad de México. Y puede ser letra muerta o puede convertirse en un instrumento que fortalezca a la ciudadanía y a la identidad de sus habitantes. A eso hay que sumar unas elecciones de pronóstico reservado: puede pasar algo interesante y puede no pasar nada.

¿Qué se rompió, socialmente hablando, en la Ciudad?

No creo que haya una ruptura. Hay una muy compartida sensación de que el sismo de 1985 es como un “clivaje” a partir del cual hay un momento de insurgencia cívica y que tiene una traducción política muy concreta en las urnas en 1988. No creo que necesariamente este nuevo sismo tenga una consecuencia similar.

¿Por qué?

De entrada, no creo que sea equiparable por varias razones, pero sobre todo porque el contexto ha cambiado y estamos en un contexto de pluralismo político, nos guste o no. Será muy criticable, pero el sistema político no tiene nada qué ver con el de
partido casi único de 1988.

¿Qué sigue para la Ciudad de México?

La Ciudad es muy grande, afortunadamente, para el tamaño del drama que acaba de vivir y creo que lo va a procesar. La Ciudad y el país tienen capacidad para absorber eso en un mediano plazo más o menos razonable. Por otra parte, y ahí sí es totalmente responsabilidad de los políticos, hay que aprovechar estos sucesos para convertirlos en una experiencia de aprendizaje.

¿En qué sentido?

En que hay muchas cosas por corregir en términos de protección civil, de una gestión integral de los riesgos, de revisar eso que estamos dispuestos a tolerar o no, ya sea con seguros, con más reglamentación, con inspecciones rigurosas… El gobierno tiene que ser capaz de sacar lecciones.

¿En qué puntos deben fijarse?

La Ciudad sigue creciendo y se siguen acumulando necesidades de vivienda y de servicios. Se tiene que pensar cuál es la mejor manera de satisfacer esas crecientes necesidades sin comprometer condiciones de seguridad, pensando en siniestros de este tipo. Además, en la medida en que se permite que siga creciendo la desigualdad se está incurriendo en otro tipo de riesgo.

¿Cuál?

El riesgo es la fractura social. No se quiere ver, pero la delincuencia es expresión, entre otras cosas, de la desigualdad. Responder sólo con policías es atender un síntoma y no la causa. Por eso la entrada en vigor de la Constitución debe ser aprovechada como una oportunidad para mitigar la desigualdad.

Como estudioso de la Ciudad,¿qué cambió?

Es un momento interesante porque se ponen en evidencia muchas cosas: la solidaridad, por ejemplo, que es de lo que habla todo el
mundo. Pero también el cambio de visión sobre la generación de los menores de 30 que hasta hoy se valoraban mal, se juzgaban con un poco de apatía y que después de esto se les ve de otra forma.

¿Hubo algo que lo sorprendiera?

Hay esta parte social que es alentadora: la gente buscando cómo ayudar. Es gratificante ver eso, lo vi muy de cerca y me sentí conmovido y contagiado por ese espíritu. Esto tiene un componente de querer ser parte de algo que es colectivo, de algo de lo que nos hablaron nuestros padres… Otra cosa que pone al descubierto es que hay muchos aspectos de la vida en la Ciudad que deben ser gobernables y que no han sido gobernados.

¿Cómo cuáles?

Toda la política hacia los riesgos no es otra cosa más que, como comunidad, nos pongamos de acuerdo hasta dónde vamos a tolerar el riesgo o en qué medida es tolerable y a partir de qué medida ya no lo es.

¿Tolerar el riesgo?

Van a empezar a decir muchos que la reglamentación en materia de construcción es buena, pero no se aplica. ¡Es casi un cliché! En los hechos toleramos mucho, porque no pasa nada si no se cumple. Dicho de otra forma, cuando compramos un inmueble, ¿qué tanto nos informamos sobre si se observan las exigencias en materia de seguridad? ¡Ni las conocemos! ¿Qué tanto nos preocupamos por comprar seguros? Todo eso refleja que, en realidad, somos bien tolerantes, toleramos un alto nivel de riesgo. Es una tolerancia de todos a estar en riesgo.

¿Se asustó al sentir el sismo?

Sí, pero como soy muy distraído, lo que me puso en alerta fue la expresión de algunas personas que estaban abandonando sus oficinas. Independientemente de que yo sintiera o no el movimiento, ver esa expresión casi coral del pánico en muchas caras fue lo que más me impactó. Ver el pánico en las caras de los otros es casi tan aterrador como sentirlo.

¿Ha llorado?

No, porque no me sucede con frecuencia, pero sí me llegué a sentir muy conmovido. Son muchos dramas individuales y cuando uno los ve así, aunque sea de lejos, conmueve, sacude; siento el duelo de todas las muertes y las pérdidas patrimoniales que son años de trabajo de las personas.

¿Cuál es su parte favorita de la Ciudad?

Me gusta mucho el oriente, de la metrópoli de Iztapalapa a Ixtapaluca, porque tengo la expectativa de que esa parte se va a convertir en una ciudad mucho más habitable.

 

CINCO DATOS

1. Es secretario académico de El Colegio de México.

2. Es investigador del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales; nivel I en el Sistema Nacional de Investigadores.

3. Es doctor en Derecho por la Universidad de París II (Panthéon- Assas) y tiene el título “licence” en Filosofía por la Universidad Sorbona.

4. Es integrante del Consejo Técnico Académico de la Red de Medio Ambiente y Sustentabilidad del Conacyt.

5. Ha publicado más de 40 artículos especializados y colaborado en diversos libros.

Escrito por Miguel de la Vega / Agencia Reforma

Reportero de Agencia Reforma


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