OPINIÓN

AMLO quiere echar para atrás las reformas impulsadas en el sexenio de Peña Nieto. Así como en los autos la reversa está en la caja de cambios, en la política también.

 

Para que el debate sea posible y rinda algún resultado es necesario que quienes en él participan compartan el sentido de los conceptos que utilizan, de lo contrario lo que tendremos es un diálogo de sordos, como ocurrió en las precampañas que acaban de concluir, y puede seguir ocurriendo en las campañas que están por iniciar. Los candidatos presidenciales dicen proponer cambios. Ricardo Anaya le dijo a René Delgado, en entrevista para este diario (6/02/18), “yo represento un cambio”, lo que es más bien una muestra de egolatría.

 

De López Obrador (AMLO) sabemos que los cambios que propugna tienen que ver con la política económica, terreno en donde su propuesta es en lo fundamental un regreso al pasado, así como la extensión que no es un cambio, de la política social de corte franciscano que puso en práctica a su paso por el gobierno del DF.

 

AMLO quiere echar para atrás las reformas impulsadas en el sexenio de Peña Nieto. Así como en los autos la reversa está en la caja de cambios, en la política también. En el terreno político AMLO y Anaya están distanciados, casi diría que en las antípodas. Mientras que el segundo habla de “cambiar el régimen”, del primero recuerdo de nuevo que en 2012 fui testigo de su rechazo explícito a la propuesta de Muñoz Ledo y Ebrard para que se comprometiera a nombrar un jefe de Gabinete como primera medida hacia un sistema semiparlamentario.

 

No ha cambiado de opinión, AMLO quiere ser un Presidente con todo el poder, a la usanza y semejanza de los que gobernaron a México emanados todos del PRI, en la época previa al pluralismo y el equilibrio de poderes. Por sus promesas y propuestas, es evidente que AMLO se imagina como un Presidente todopoderoso que contará con el incondicional respaldo del pueblo bueno, por eso la división de poderes le tiene sin cuidado.

 

Donde la confusión impera es en el discurso de Ricardo Anaya, que no solo se asume como personificación del cambio, sino que pregona que su diferencia ante AMLO es “el tipo de cambio que estamos proponiendo”, para luego ilustrar su pretendida diferencia con el caso de la construcción de refinerías en México. Suena un poco raro que ese sea el ejemplo invocado en la entrevista antes citada, en la que también se pronuncia a favor y ofrece el gobierno de coalición, asunto en el que tanto el candidato azul (PAN) como sus aliados amarillos (PRD) y naranjas (MC) nos siguen debiendo un planteamiento más claro.

 

A menos que admitan que en el nananana de los spots con el niño huichol se resume la densidad de su ideología y proyecto. Llevamos lustros escuchando la propuesta de cambio de régimen, que para la izquierda de mi generación (PSUM-PMS) significaba pasar a un régimen parlamentario –o semipresidencial– en que el Congreso designaría un jefe de Gobierno y el Presidente se encargaría de asuntos limitados o francamente protocolarios.

 

El escepticismo de pensadores como Carlos Pereyra ante esa idea mantiene plena vigencia. Los sistemas políticos no son producto del diseño de escritorio de uno o varios notables, sino producto de la historia, tradiciones y valores de una sociedad concreta. No creo que a nadie entusiasme ver que en el Senado designen al primer ministro. No existe un menú de regímenes de gobierno a disposición del consumidor; lo que hay es una gama limitada de opciones, en las que encontraremos ingredientes de los dos principales sistemas, el presidencial y el parlamentario.

 

Pero de eso no habla Anaya, sino de un hipotético gobierno de coalición, en el que, si a lo que declaran algunos legisladores del Frente atendemos, el criterio rector será el de las cuotas entre partidos, como lo declaró el coordinador panista en San Lázaro, quien dice que al PRD-MC tocará proponer al próximo secretario de Gobernación. Cuotas y cuates. Sin dar contenido y explicar el tipo de cambio que propone, Ricardo Anaya aspira a lo inmediato: al cambio de tipo, tal y como ocurrió en 2000 con la primera alternancia y sus decepcionantes resultados en los 12 años posteriores.

Escrito por Jorge Alcocer V.

Columnista de Reforma


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