DE VIAJE

Este no es un destino cualquiera.

 

CIUDAD DE MÉXICO 1-Jul .- Hay un McDonald's en Auschwitz.

 


No está, por supuesto, adentro del museo-memorial del campo de concentración más infame de la historia, pero está cerca. También hay un Carrefour, un Kentucky Fried Chicken y escuelas primarias.

 


Auschwitz también es esto: un pueblo de 40 mil habitantes al sur de Polonia -se escribe Oswiecim en polaco- donde la gente tiende su ropa en patios que están a menos de un kilómetro de donde los nazis llevaron a cabo el exterminio sistemático de más de un millón de personas.

 


Hay vida en Auschwitz. Hay camiones que llegan llenos de viajeros, gente que come una paleta helada en las bancas del estacionamiento. Hay un grupo de jóvenes con banderas de Israel amarradas al cuello, hay familias, gente que viaja sola o con amigos. 

 


Pero este no es un destino cualquiera.

 


"Yo tomaría fotos, pero no saldría en ellas", dice una chilena en la entrada, antes de pasar por el detector de metales y recoger el transmisor y los audífonos con el que escuchará a la guía del recorrido.

 


Una vez adentro, todo es de una familiaridad indeseada. 

 


Ahí está la reja que daba esa bienvenida retorcida a los presos -El trabajo libera-, ahí la alambrada eléctrica inmediatamente reconocible, el ladrillo rojo, las barracas.

 


Entramos a varias que el gobierno polaco ha reconstruido. Algunas están ambientadas como salas de exposición, con mapas, fotografías, cifras, párrafos de contexto. Otras muestran el espacio que ocupaban los presos, las letrinas indignas, las celdas sin luz. 

 


Pero quizá el espacio más intenso dentro de esas barracas que parecen hospitales viejos sea aquel que no puede ser fotografiado: el pelo acumulado de miles de muertos separado de nosotros únicamente por un cristal y, al mismo tiempo, mucho más lejos que eso. 

 


También hay otra sala en una barraca distinta que muestra las maletas con nombre y apellido de aquellos que llegaban al campo y pensaban que algún día recuperarían sus pertenencias. Hay cepillos, cera para lustrar zapatos, un rallador de queso, cientos de ollas y tazas. Pueden verse incluso latas vacías del gas que usaron los nazis para el exterminio.

 


Al final de la primera parte del recorrido, uno puede ingresar a una cámara de gas y un crematorio que los nazis no alcanzaron a destruir cuando abandonaron el campo.

 


"Vamos a entrar en silencio", nos pide Agata, nuestra guía polaca.

 


 
Birkenau en Segway


Birkenau es la otra parte de Auschwitz, Auschwitz II, el campo que los nazis construyeron con dos propósitos: reducir la sobrepoblación en el primer sitio y hacer más eficiente el exterminio. 

 


Hay aproximadamente tres kilómetros de distancia entre un campo y otro; es la otra entrada reconocible de inmediato: el edificio bajo, de ladrillo rojo, con la caseta de vigilancia en medio y las vías de tren que pasan justo por debajo.

 


Por esas vías llegaban vagones atestados de gente como el que se muestra en el sitio, de origen húngaro. Por esas vías caminaban los presos hacia las cámaras de gas después de una selección relámpago cuyo impacto ha sido lo opuesto. Por aquí, ahora, al lado, cruzan guías polacos con lentes oscuros, montados en su Segway.

 


Por momentos resulta difícil imaginar por cuenta propia el horror sobre el que uno camina. A final de cuentas es un día soleado en el sur de Polonia: 20 grados, cielo azul, despejado, pasto en todos lados.

 


Quizá Agata lo intuye. "Aquí no había nada verde", nos dice de repente, de la nada, mientras caminamos hacia las barracas reconstruidas, entre las ruinas de las cámaras de gas y los crematorios que así, en escombros, han sido dejados. 

 


Si parece impensable que aquí hayan sido asesinado a más de un millón de personas y todavía haya pasto y un McDonald's cerca, también habría que estar atentos a las otras señales de lo que habría sido imposible hace no tanto: en Birkenau caminan soldados del ejército israelí con la cabeza en alto; en Auschwitz, unos novios, de no más de 17 años, se dan un beso apurado antes de volver al autobús donde los espera el grupo.
 


Tips prácticos


- La entrada al El Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau es libre, pero debido a que el volumen de visitantes es controlado por horas, uno debe reservar por anticipado su boleto en: visit.auschwitz.org
- Si se prefiere, puede contratarse el servicio de guía en español por el campo (alrededor de 12 dólares). Los grupos son pequeños y tienen distintos horarios. 
- La visita guiada dura alrededor de 3 horas: la mitad en Auschwitz y la mitad en Birkenau, al que se llega en un servicio de autobús gratuito entre campos.


 
Cómo llegar


Lo más recomendable es llegar a Cracovia por lo menos una noche antes de la visita a Auschwitz y de ahí organizar el recorrido. Al museo-memorial se puede llegar en coche, en autobús o en tren. En el centro de Cracovia hay varias compañías que ofrecen el servicio de transporte ida y vuelta, guía incluido, por 24 dólares. No hay vuelos directos entre México y Cracovia, pero KLM hace sólo una escala en Ámsterdam antes de llegar al aeropuerto Juan Pablo II.

 

 


 

Escrito por Luis Madrigal / Agencia Reforma

Reportero de Reforma


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