VIDA

El cerebro y el intestino están tan conectados que los microorganismos que habitan en su sistema gastrointestinal podrían protegerlo contra la depresión y, al mismo tiempo, influir en estados de irritabilidad, explica Olga Araceli Rojas Ramos, coordinadora de Psicobiología y Neurociencias de la Facultad de Psicología de la UNAM.

 

Millones de microorganismos viven en el intestino, y estos diminutos organismos, entre otras cosas, modulan la producción de serotonina, un neurotransmisor que ayuda a enviar mensajes de una zona del cerebro a otra, agrega. Además, es considerada como la sustancia química que mantiene el equilibrio del estado de ánimo, por lo que un déficit de serotonina puede ocasionar a depresión.

 

“Vemos que estos microorganismos que habitan en el intestino, y que parecían no tener relación con el cerebro, sí están modulando la producción de serotonina y, por lo tanto, podrían ser benéficos contra la depresión”, detalla la especialista.

 

Pero entre estos microorganismos, abunda, existe un grupo de parásitos denominado nematodos, los cuales se conocen comúnmente como lombrices. Éstos ingresan al cuerpo humano a través de los alimentos, el agua y los suelos contaminados. A mayor presencia de nematodos, advierte, existe mayor riesgo de afectaciones a la salud en general, y en particular afectan el estado emocional hasta el punto de influir en estados de irritabilidad y un descontrol de impulsos en la toma de decisiones.

 

Lo anterior sucede porque estos parásitos compiten por los nutrientes que ingresan al organismo y acaparan la mayor parte, lo que obstaculiza la producción de aminoácidos que necesita el cerebro para su óptimo funcionamiento, apunta.

 

La competencia por los nutrientes lo que hace es que no todos los aminoácidos que requiere el cerebro para su funcionamiento lleguen, y eso hace que haya una desregulación en la producción de ciertos neurotransmisores, además de que este tipo de parásitos pueden provocar moléculas pro inflamatorias y esa pro inflamación afecta al cerebro influyendo en estados de irritabilidad y en un descontrol de impulsos en la toma de decisiones, 

comparte la especialista.

 

Una forma de mantener a raya los parásitos, destaca Rojas Ramos, es a través del consumo de probióticos, que son alimentos con microorganismos vivos que permanecen activos en el intestino y, cuando se suministran en cantidades adecuadas, promueven beneficios a la salud.

 

Para profundizar en el estudio de la relación entre el cerebro y los microorganismos que habitan en el intestino, la Coordinación de Psicobiología y Neurociencias de la Facultad de Psicología de la UNAM estudia a 57 niños de entre 5 y 10 años que viven en la región de la Montaña Alta de Guerrero.

La investigación se realiza en esta región, abunda la especialista, porque concentra las poblaciones más parasitadas y, a nivel nacional, registra el mayor índice de muerte por enfermedades gastrointestinales.

 

“Estamos estudiando el cerebro de estos chiquitos para poder entender cuál sería la relación de los parásitos que ellos tienen con el desarrollo cerebral. Les medimos la actividad cerebral y vamos a comparar cuál es la diferencia de esa actividad cerebral con los niños que no están parasitados y con los niños de la ciudad. “Lo que nosotros esperamos encontrar es que sí hay diferencias y que esas diferencias se asocian con el tipo de parásitos que tienen. Obviamente, entre más parasitados estén, las diferencias serían mayores”, agrega.

 

Se prevé que la investigación arroje los primeros resultados a finales de este año.

Escrito por Evlyn Cervantes / Agencia Reforma

Reportera de Reforma


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