REVISTA R

En el panteón Jardín, capilla I-A, fila 26, fosa 52, el vigilante Antonio Rangel Rosas afirma: “Es la única tumba que tiene flores frescas todo el año”.

 

Los vendedores de predios para tumbas se arrebatan la palabra para contar otras historias. Que cada tanto aparece gente que quiere pagar lo que sea por un lugar cercano a Pepe El Toro. Que una vez se abrió un predio de 40 lugares a 60 mil pesos cada uno y se vendieron en dos meses. Que hay quien llega directo desde el aeropuerto porque no se quiere ir sin visitar la tumba. Que cada 15 de abril, día de la muerte de Pedro Infante, llega más gente que en todo el asueto de Día de Muertos... Rangel tiene otra historia.

 

La cuenta como si no hubiera visto a un fantasma: “En la noche sí se llega a escuchar una que otra vocecilla. Se llegan a escuchar coros y así, yo quiero pensar que es porque se encierran los ecos. Voces, canciones que le cantaba a su mujer, la señora Blanca Estela Pavón, que está enterrada ahí cerca. Aquí se ven varias cosas, siluetas de niños que andan caminando entre las tumbas, pero música ahí nada más; en fuera, no.

 

 

En la única que se escucha música es en la tumba de Pedro”. En 2008, una casa de subastas puso a venta la lápida de Pedro Infante: 26 piezas de mármol que fueron compradas en 90 mil pesos. Los vendedores de predios dicen que se corrió el rumor de que también se querían llevar los huesos y que la gente se opuso. “Es que el pueblo sabe que ese lugar es sagrado. La mayoría de la gente pide que no se metan con la Virgen, no se metan con su mamá y no se metan con Pedro Infante”, dice la vendedora Patricia de Viana.

 

Pedro. Pedrito. Pedro Infante. Pepe El Toro. Pasan los años y su ausencia parece un dolor cada vez más hondo. El cantabar “Pedro Infante no ha muerto”, después de 25 años, ahora se llama “El Peter”, y en toda una noche nadie pide una de sus canciones.

 

Al DJ, Justin Villegas, ni le gusta el melodrama y dice que en el top de la música sólo está Maluma. “Me duele hasta la vida / saber que me olvidaste / pensar que ni desprecios / merezca yo de ti”. Y, sin embargo, sigue. Sólo hace falta escarbar un poco. Preguntarle al taxista, por ejemplo:

–¿A usted le gusta Pedro Infante?

–¿Cómo no me va a gustar, si somos mexicanos.

El taxi llega a la Arena México. Ahí está El Tigre Infante, “el Pedro Infante de la lucha libre”.

 

El 10 de agosto de 2014, en la México, todavía era El Metálico y perdía la máscara contra Oro Jr. “Pelié como nunca y perdí como siempre”, dice con el tono de los personajes de Nosotros los pobres. “Y en ese momento que me están quitando mi máscara y doy mis generales, la gente que estaba en las primeras filas empieza a gritar ‘¡Se parece al Torito!’ ‘¡Es Pepe El Toro!’. ‘¡¿Qué te han hecho, mi torito?!’... y ya, a partir de ahí, la gente comenzó a manejar que Pedro Infante no había muerto, que se hizo luchador”.

 

Ese fin de semana fue al mercado de Mixcalco. Compró una playera a rayas, pantalón de tirantes, se acicaló el bigote. Ensayó un silbidito. A la semana siguiente, debutó vestido como Pepe El Toro. Y hasta El Tirantes le dijo que ya vive adentro del personaje, que nada más falta que se lo crea.

 

Por ahora, El Tigre Infante, “el Pedro Infante de la lucha libre”, se está dejando crecer el bigote para salir como Lorenzo de Los tres huastecos. Y él que pensaba que estaba acabada su carrera. Pedro resucita o deja a medio morir, medio vivir. Al antiguo Metálico lo resucitó. “Ni hablar mujer, traes puñal.... perdí la máscara, pero no la calidad”, es su grito de renacimiento.

 

 

 “Pedro nos reúne a todos porque es la mejor imagen del nacionalismo mexicano. La imagen de cómo nos ven en el exterior. Él nos da un prestigio de mexicanos alegres, fuertes y auténticos, honestos; un prestigio muy superior al que tenemos ahora, porque ahorita no tenemos nada”, considera su sobrino José Ernesto Infante Quintanilla, autor del libro Pedro Infante, ídolo inmortal.

 

En 2007, en una encuesta de Reforma, Pedro Infante resultó ser el mexicano más destacado, por encima de Octavio Paz y Hugo Sánchez. 52 discos, 63 películas, más de 330 canciones grabadas. Un oso de Plata por mejor actuación en el Festival de Berlín, por encima de Marlon Brando. Hay quien no sabe nada de eso. Pero sabe sufrir.

 

“Creo que ya no hay una identificación directa con Pedro Infante, pero sí hay reflejos indirectos”, comenta el coordinador del Catálogo de Música Popular Mexicana de la Fonoteca Nacional, Pavel Granados. “Pedro Infante se incorporó a la cultura mexicana y hoy vemos el melodrama, la actitud de ser feliz con el dolor, de echar relajo. De rascarse las cicatrices”. Busquen los reflejos en el galán de barrio, dice. En la reducción de la felicidad como vocación del dolor. En el discurso político.

 

“Pedro estableció nuestra escala de valores, mira a los políticos: ellos heredaron ese discurso de que la pobreza es más orgullo, mejor vida más satisfactoria, si eso no viene del melodrama de Nosotros los pobres, no sé dónde venga”.

 

La diputada priista por Sinaloa, tierra de Pedro Infante, Martha Sofía Tamayo dice que Pedrito es más grande que todo Guamúchil, que todo Sinaloa: “Representa el orgullo sinaloense, que somos muy abiertos, muy amigables, muy simpáticos, muy enamorados, siempre capaces, a pesar de todo”. Su película favorita es Escuela de rateros. “Aunque tiene varias, ¿eh?, tiene varias”, matiza la legisladora.

 

Ir a una rocola del Centro Histórico. A Garibaldi. Esperar el momento. Escarbar bajo la herida. “Qué triste agonía / Tener que olvidarte / Queriéndote así / Qué suerte la mía / Después de una pena / Volver a sufrir”. En Garibaldi ya no dejan tomar sobre la plaza, pero ni falta que hace. Ahí los rumores, los dolores se hacen mitos.

 

Ahí está el del guitarrón Rafael Noriega. Cuando llegó a cantar a Garibaldi, Pedro Infante todavía no había muerto. Era 1956. Han pasado 40 años y dice que Pedro Infante no murió en 1957, en ese avionazo en Mérida. “Mira, mira, la muerte de Pedro Infante no fue cierta porque él era traficante, ¿sabías que era traficante? Bueno, él era traficante.

 

 

Traficaba droga, entonces a él lo lanzaron los Matuk y lo obligaron a ser traficante también y, cuando la policía ya lo andaba siguiendo, fingieron su muerte. A un compadre suyo le regalaron una esclava de Pedro Infante a propósito y él fue el que iba en el avión cuando encontraron la esclava de oro y dijeron: ‘no, pues es Pedro Infante, aquí está la esclava’”, dice. La plaza es semioscura, allá al fondo está la escultura de Pedro Infante junto a la de Juan Gabriel.

 

Un mariachi canta Cien años y luego Ella, como si en verdad sufriera. Don Rafael Noriega ya agarró el tema y no lo suelta: “Hace poquito, hace unos 20 días o más, hace como un mes, me contó un mariachi que en su pueblo, hace como un año, acababan de enterrar a Pedro Infante porque no había muerto el güey, que ya era viejito, pero que lo acabaron de enterrar en su pueblo”, afirma. Nadie puede decir que Pedro Infante no haya muerto.

 

Pero, tampoco, nadie dice que esté muerto. En cambio, dicen esas típicas respuestas: Pedro Infante vive en el alma, en quienes lo quieren. No lo vamos a olvidar. Vive en nuestros corazones. Todo eso. Y hay muchos seguidores de Pedro Infante que no quieren decir nada. Están sobre Eje Central ofreciendo su música o comprándola. Unos pagan y otros cantan. Unos y otros fingiendo que sufren, o que no sufren.

 

Escrito por Jorge Ricardo / Agencia Reforma

Reportero de Agencia Reforma


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