OPINIÓN

Recordar una novela de Chester Himes no está de más. O quizá sí.

 

Cuando leí la propuesta del PRI para desterrar el financiamiento público a los partidos y la pretensión de acabar con los diputados plurinominales federales y locales y los senadores del mismo tipo, mi primera reacción fue de incredulidad, luego de pasmo y ahora de preocupación, porque me dicen que eventualmente puede prosperar en las semanas que corren. No lo creo o no quiero creerlo, entre otras cosas porque el artículo 105 de la Constitución dice: “Las leyes electorales federales y locales deberán promulgarse y publicarse por lo menos noventa días antes de que inicie el proceso electoral en el que vayan a aplicarse, y durante el mismo no podrá haber modificaciones legales fundamentales”. Y como todos sabemos, el proceso electoral ya inició. Repito: la propuesta consiste en dejar que el dinero privado module las condiciones de la competencia y en destruir las fórmulas de representación que han logrado que la diversidad política se encuentre en los cuerpos legislativos de manera más o menos equilibrada.

 

No sé por qué –el cerebro funciona de una manera extraña– me recordó una vieja novela de Chester Himes. Publicada en 1969, como buen thriller, su hilo conductor es el intento por descubrir varios asesinatos. Los detectives negros Coffin (Ataúd) Johnson y Grave (Sepulturero) Digger Jones vuelven por sus fueros, pero lo más relevante es el ambiente en el que transcurre la historia: un Harlem cruzado por la tensión racial e interracial, un contexto sórdido, delirante, duro y al mismo tiempo carnavalesco, en el que se conjugan quimeras políticas y diversas formas de la acción pública. Un reverendo casado con 12 monjas y con más de 50 hijos; la Iglesia del Jesús Negro que desprecia y abomina al Jesús Blanco junto a aquellos que proclaman que solo el amor cristiano puede resolver las fricciones raciales; el Poder Negro que recuerda en esos años a las Black Panthers y una Hermandad que desfila descalza e integra a blancos y afroamericanos (como se dice hoy), todo ello en un laberinto de antros en donde circulan alcahuetes, prostitutas, delincuentes, maricas. Un polvorín de tensiones, rencores, excesos e ideas y proyectos trastornados. Un mundo encerrado en el que unos estafan a los otros y todos intentan aprovechar ese clima que conjuga realidades heridas y apuestas descabelladas.

 

Pues bien, Chester Himes en el prefacio nos informa: “Un amigo mío... me contó que un ciego había disparado con una pistola contra un hombre que o había abofeteado en el metro y que había matado a un espectador inocente que leía tranquilo su periódico al otro lado del paseo. Y pensé, maldita sea, igual que las noticias de hoy...”. Porque en efecto, cargar un arma implica de por sí un riesgo, dispararla estando ciego es una locura. Por ello, el propio Himes utilizó ese episodio para cerrar su novela. La gente de Harlem está irritada porque el gobierno de la ciudad de Nueva York ordenó la demolición de varios edificios. La medida se vive como una tácita expulsión de los pobres. Los policías blancos contemplan los derrumbes haciendo bromas racistas. Y de repente sale del metro un “negro gordo” herido, “arrojando sangre, sudor y lágrimas y trayendo el pandemonio consigo”. Tras él viene un ciego, que antes de que los policías puedan reaccionar, vuelve a disparar matando a uno de los oficiales blancos. Sus compañeros atrapan al ciego, pero se extiende irrefrenable la certeza de que los malditos guardias blancos han matado a un hermano negro. El último diálogo es memorable: “–Está fuera de control, jefe, dice Grave Digger. –Muy bien, pediré refuerzos. ¿Quién lo empezó? –Un ciego con una pistola. –¿Qué es eso? –Ya me oyó, jefe. –No tiene sentido. –Claro que no”. (Un ciego con una pistola. RBA. 2011).

 

No tiene sentido, en efecto. Pero el disparo del ciego todo lo trastocó. No somos Harlem a fines de los sesentas, pero algunas de las coordenadas de la vida pública parecen quebradas y el número de gesticuladores y apostadores va al alza. Cada quien su carnaval, cada quien su opción. Lo más peligroso, sin embargo, no es la expresión de la diversidad (eso puede ser un poderoso capital social, político y cultural), sino el número de ciegos con armas de diverso calibre. No todos pueden hacer el mismo daño, pero los que portan bazucas pueden generar un “oso” mayúsculo.

Escrito por José Woldenberg

Columnista de Reforma


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