VIDA

La catástrofe no sólo dejó pérdidas de seres queridos y patrimoniales, sino que, además, puede propiciar pérdida de la salud mental.

 

Estrés agudo y postraumático, así como depresión y ansiedad, son los principales trastornos que se desencadenan; incluso aumenta el riesgo de suicidio, así que no deje pasar síntomas como desconexión del entorno, revivir constantemente el evento traumático, experimentar dolor de cabeza y fatiga, taquicardia o dificultad para respirar.

 

Esté atento de familiares y amigos: quienes tienen el riesgo de suicidio sienten que la vida no vale la pena y no tiene sentido y preferirían estar muertos o reunirse con su familiar que falleció o expresan un plan suicida.

 

María Elena Medina Mora, titular del Instituto Nacional de Psiquiatría, señala que entre 2 y 3 por ciento de la población presenta afectaciones graves en su salud mental, en tanto que de 20 a 30 por ciento las presenta de forma leve.

 

Son más vulnerables de presentar una afectación psicológica, precisa, quienes tienen enfermedades mentales previas. Pero también tienen que ver las pérdidas de familiares y amigos y del hogar y el haber estado en riesgo de muerte. Es decir, no es el mismo impacto para una persona que haya quedado atrapada que para aquéllos que no experimentaron esta situación.

 

Por otra parte, Martha Ontiveros, especialista del Instituto Nacional de Psiquiatría, explica que el estrés agudo es el que se presenta inmediatamente del evento y hasta un mes después de éste, y quienes lo presentan se desconectan del entorno y se sienten raros. En tanto, el estrés postraumático puede ocurrir después de un mes de sucedido el evento.

 

Se caracteriza por una reacción de reexperimentación del evento catastrófico y se revive continuamente éste, ya sea estando despiertos o durante el sueño. Además, evitan estímulos que les recuerden el evento y pueden distanciarse de los otros porque sienten que no entienden lo que vivieron.

 

“Pueden experimentar culpa o vergüenza por el hecho de ellos estar vivos, de haber sobrevivido, desconcierto, sobresalto, enojo e irritabilidad. “Hay personas con reacciones más graves. Están paralizadas, desorganizadas, confusas, con extrañamiento hacia los otros y entornos, no tienen capacidad para hacerse cargos de sí mismos”.

 

¿Y LOS NIÑOS?

La especialista menciona que entre los niños y los adolescentes es muy importante no inhibir el llanto y, en la medida de lo posible, lograr que regresen a la rutina habitual.

 

Además, es importante que se les permita expresar sus sentimientos y miedos, así como jugar, que realicen actividad física y se les incluya en las actividades de hogar. “Hay que contestar lo que ellos pregunten con honestidad, de acuerdo con su edad”.

Escrito por Natalia Vitela / Agencia Reforma

Reportera de Reforma


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