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José Luis Cuevas nació, según su propio testimonio, sobre una fábrica de lápices y papeles a las afueras del Centro Histórico.

 

CIUDAD DE MÉXICO 8-Jul .- La primera piedra vino desde lejos y retumbó fuerte. A los 23 años, al inicio de su propio mito, José Luis Cuevas lanzó el dardo desde Washington y -desde luego- no escondió la mano. 

 

Para entonces, Cuevas era ya un espectáculo en sí mismo: cabello largo, ojos azules y con un rostro trazado para los mejores westerns y las películas de motocicleta. Imposiblemente joven.

 

Mientras se paseaba por su primera exposición en solitario en el extranjero, en la galería de la Pan American Union, el periodista James Truitt lo abordó para hablar de sus influencias. Hombre mediático por naturaleza, el artista supo atajar la oportunidad.

 

Al instante, declaró su admiración por Tamayo y Orozco, los dos rebeldes del muralismo, y descargó por primera vez contra los que serían, quizá de por vida, sus grandes adversarios: Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. 

 

"(Ambos) murieron hace varios años y lo que queda es la política y las relaciones públicas", lanzó ufano, como diciendo cualquier cosa. 

 

En ese momento, los dos pintores, monolitos de su tiempo, seguían con vida y produciendo.


La provocación se imprimió en el número de agosto de 1954 de la revista Time y, con ella, por lo alto y con estridencia, nacía el polemista.

 

Una reseña de la misma exposición, escrita por la crítica de arte Leslie Judd Portner para el Washington Post, presagiaba, con su titular rimbombante, todo lo que vendría después: Mexican's Work Sold Out; "Obra de mexicano completamente vendida". 

 

José Luis Cuevas, dibujante, pintor, escultor y grabador esencial para el arte mexicano del siglo XX, artífice de una ruptura que no cerraría nunca, estaba listo para sus muchas décadas de reflectores y portadas. 

 

 

L'enfant terrible


La fecha, como ocurre a veces con los vanidosos, es un tanto imprecisa. Cuevas -quien se reconoció como tal- la fijó en 1934, pero lo cierto es que nació tres años antes, en 1931.

 

Esta última cifra es la que apareció en el pendón que colgaba, como una bandera pirata, del primer piso del Palacio de Bellas Artes el día de su homenaje fúnebre, el pasado 4 de julio. En la fotografía sonríe como un galán de cine.

 

José Luis Cuevas nació, según su propio testimonio, sobre una fábrica de lápices y papeles a las afueras del Centro Histórico. En esos barrios, que describió como marginales, cundidos de crimen y prostitución, encontraría a los modelos de su obra temprana. 

 

En Cuevas, durante toda su vida, habitó una paradoja: por un lado, el personaje ultra viril, mujeriego y parrandero -macho, le espetarían varias veces- y, por el otro, un hipocondriaco temeroso, absolutamente consciente de su propia muerte. 

 

Lo segundo le llegó muy pronto, a los 11 años, cuando una fiebre reumática lo postró dos años en cama. Fue ahí, como se ha escrito, donde nació su pasión, su necesidad incluso, por autorretrarse. Llevó lápiz, papel y espejo al lecho que pudo ser su último.

 

En su libro Hombre americano a todo color, la crítica de arte Marta Traba, una de las más aguerridas defensoras de Cuevas, y compañera en sus embates contra el muralismo mexicano, describe la enfermedad del artista como el germen de un talento descomunal.


 
"A los once años se pintó a sí mismo enfermo. No es un dibujo infantil sino una obra adulta, sobrevolada por un impulso tan pesimista como romántico, con partes maravillosas como por ejemplo las deformaciones expresivas del rostro y manos del niño, o el frasco en primer término, que contiene el corazón", escribió sobre esa obra inaugural.

 

Traba, argentina de nacimiento afincada en Colombia, fue una de las críticas más influyentes en Sudamérica durante la segunda mitad del siglo XX. En su texto, expone a Cuevas como un dibujante genial, de esencia, que encontró sin ir más allá de sí mismo la estética que supo "depositar" sobre todo aquello que retrataba. 

 

El artista, cuyo trabajo ha sido equiparado con el neofigurativismo de Francis Bacon, fue conocido desde muy joven por su trazo certero en rostros y cuerpos alargados, deformes, que encontraban elegancia en la morbidez y el desamparo de sus sujetos. 

 

A los 21 años, su hermano Alberto, psiquiatra de profesión, logró que entrara a La Castañeda, el hospital psiquiátrico, para retratar a los internos. Con esos trazos, y algunos otros de prostitutas y moribundos, llegaría armado a Washington y, después, a una gira de exposiciones por Sudamérica. 

 

En su artículo para Time, Truitt narra una escena que ilustra la impresión que provocaron sus dibujos y acuarelas.

 

"(Sus obras) causaron que una mujer mayor le preguntara: '¿Cómo puedes ser tan joven y tan mórbido al mismo tiempo?'. A esta pregunta, comúnmente repetida, Cuevas contesta llanamente: 'Mi interés en los moribundos y en los locos representa mi visión de la vida moderna'". 

 

"Su uso de la línea es magistral, con increíble control de las más pequeñas variaciones, de lo pesado a lo ligero, de lo húmedo a lo seco, de lo nítido a lo difuminado, describiendo los pliegues de una tela, el contorno de una cabeza, la presión de un hueso contra la carne", celebra Portner en su reseña, y lo inserta en la tradición de Goya, Posada y Orozco. 

 

Por si hiciera falta, Cuevas llegó a Washington con otra historia para comenzar el mito: a los 10 años, descubrió su tema cuando encontró un conejo muerto, lo destripó y dibujó sus entrañas. 

 

Anécdotas como ésa, de cuya veracidad sólo Cuevas hubiera podido dar fe, le granjearon el envidiable apelativo de enfant terrible -el niño terrible-, en línea con otros prodigios de los márgenes de la historia como Arthur Rimbaud y Alfred Jarry. 

 

En Estados Unidos, donde le endilgaron el más cándido boy wonder -chico maravilla-, se las arregló, a punta de talento bruto y buenas historias, para vender 42 dibujos en las primeras semanas de su primera exposición fuera de casa.

 

Las noticias, las pedradas y los dardos llegaron certeros hasta México.

 


 
Contra el muralismo 'regalón'


Desde el principio, el recién llegado tomó partido. Antes de saltar hacia Estados Unidos, Cuevas ya había hecho una impresión notable en la escena del arte mexicano con dos exposiciones, en 1953 y 1954, en la Galería Prisse. 

 

Este recinto, fundado por artistas que se autonombraron "independientes", en franca oposición a la Escuela Mexicana de Pintura, es considerado uno de los puntos focales para lo que después llegaría a ser nombrado como Generación de la Ruptura. 

 

Fundada, entre otros, por Alberto Gironella, Joseph Bartolí y Vlady, la galería de la calle de Londres hospedó en sus muros a Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Juan García Ponce y a quien, pronto, se volvería el vocero -el ariete- de la oposición contra el muralismo: el jovencísimo José Luis Cuevas.

 

Se pugnaba por un arte libre de las convenciones y formas del realismo socialista que poblaba las paredes del país. 

 

El primer gran encontronazo simbólico, como señala Christopher Fulton en su artículo José Luis Cuevas and the "New" Latin American Artist (José Luis Cuevas y el "nuevo" artista latinoamericano), ocurrió en marzo de 1955.

 

Un año atrás, los organizadores del Salón de la Plástica Mexicana habían obviado casi por completo a los artistas más jóvenes en su más reciente selección. Como respuesta, surgió el llamado Salón Independiente, curado por Mathias Goeritz, con Cuevas como uno de los principales exponentes. 

 

Las tensiones, que ya habían sido aireadas con elocuencia por Cuevas en entrevistas y declaraciones, llegaron a uno de sus puntos más álgidos en 1958, cuando el suplemento México en la cultura, que dirigía Fernando Benítez, se volvió el receptáculo predilecto de Cuevas para vertir su desprecio por el muralismo y sus gigantes.

 

El 2 de marzo de ese año, por ejemplo, Benítez no titubeó en colocar en dos planas enteras una carta que Cuevas escribió en respuesta a un artículo de Andrés Henestrosa, publicado ahí mismo, en el que el escritor desestima la contribución del joven dibujante a la plástica mexicana. 

 

La respuesta, titulada Cuevas ataca el realismo superficial y regalón de la Escuela Mexicana, es uno de los textos referenciales sobre la pugna entre ambas posturas, tanto por las ideas ahí expuestas como por una entrevista de Elena Poniatowska al artista incluida en la misma edición. 

 

Ahí, por ejemplo, califica a la Escuela Mexicana como un "realismo de epidermis y un pintoresquismo de película del Indio Fernández". También espeta: "Disiento de una actitud que tiene como dogma el de 'no hay más ruta que la nuestra'", haciendo referencia, como lo haría continuamente, al artículo de Siqueiros del mismo nombre. 

 

A Poniatowska, le cuenta un encuentro que tuvo de niño con el ya para entonces reverenciado Diego Rivera. Según dice, lo encontró una vez frente a Palacio Nacional, sacó lápiz y papel ante la emoción y le dibujó un retrato que quiso entregarle. 

 

 

"Me acerqué con mi dibujo tímidamente al inmenso monstruo y musité tímidamente: 'Maestro'. Me dirigió una mirada feroz y me dijo soltando la carcajada: '¿Quiúbole, escuincle cara de ratón?'. Me sentí profundamente herido y le pisé con rabia una de sus enormes patotas", relata a la periodista.

 

A partir de ese momento, los ataques sólo se harían más extensos, directos y satíricos, con la disposición eterna de Benítez de facilitarle planas a destajo.

 

Quizá el más célebre de esos textos es uno cuya cabeza y sumario rezan: "Cuevas, el niño terrible: En una ácida carta, traza la caricatura conformista y se pinta a sí mismo como un francotirador enemigo de la vulgaridad, el adocenamiento y el lugar común". 

 

Es ahí donde aparece por primera vez, dentro de la carta, la Cortina de Nopal, esa metáfora con la que Cuevas describió el instrumento que ciega a la Escuela Mexicana y a sus discípulos "conformistas" hacia las otras rutas del arte y la creación individual y libre. 

 

Ese año, Cuevas se convirtió en uno de los polemistas más importantes del siglo pasado y un intelectual cobijado y respetado por otros ya establecidos. 

 

Queda para la memoria una foto de Héctor García, tomada en 1965, donde se muestra a los que los detractores de Cuevas llamaron "La Mafia": Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Carlos Fuentes y Cuevas, bebiendo unos tragos en la cantina La Ópera. 

 

Como si supiera que esa foto quedaría como memoria de ese grupo, con su mote criminal, Cuevas, con un gangsteril traje a rayas, voltea hacia otro lado e introduce su mano derecha por debajo del saco, como si fuera a producir un arma. 

 

Eternamente, los enemigos de Cuevas lo tildaron de agente de los intereses de Estados Unidos para desestabilizar a las expresiones nacionalistas de las artes en Latinoamérica. 

 

Su cercanía con el crítico de arte cubano José Gómez Sicre, director de artes visuales de la Pan American Union, unidad de la Organización de los Estados Americanos, le valió un reproche constante.

 

Como expone Fulton en su artículo Gómez Sicre, un anticomunista documentado, fue quien lo llevó por primera vez a Estados Unidos, arregló la cobertura de prensa de su exposición en Washington en 1954, y personalmente seleccionó las dos obras de Cuevas que compró el Museo de Arte Moderno de Nueva York. 

 

Un artículo del año pasado en el periódico Excélsior incluso cuestionaba que los textos y entrevistas del dibujante fueran de su autoría y no de Gómez Sicre. 

 

Cuevas, por su parte, se dijo siempre un hombre libre y actuó públicamente como tal. 

 

Entre sus grandes bofetadas al muralismo, Cuevas develó en 1967 un "mural efímero" pintado en un espectacular de la Zona Rosa que sólo tuvo un mes de vida, como lo que auguraba para la Escuela Mexicana de Pintura. 

 

Otra ocurrió dentro de la exposición colectiva Los Hartos (1961), cuando presentó su obra Visión panorámica de la plástica actual, en la que trazó cuatro líneas en los bordes de una pared blanca y no plasmó nada más en su interior. 

 

Cuevas, el provocador, tuvo sus mejores risas -y su mayor número de portadas- en esos años del 50 y 60.

 


 
Exilio y muerte


En su extensa carrera, Cuevas se las arregló para causar un conflicto diplomático entre Italia y España (1961) por exponer sus obras Los Funerales de un Dictador y La Caída de Franco en Roma; para que le fuera otorgada una prestigiosa retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de París (1971), y para que cada presidente priista -salvo Gustavo Díaz Ordaz- fuera a comer a su casa. 

 

En 1992, se inaugura el Museo José Luis Cuevas, con su icónica La Giganta en el centro del patio y, en 2008, recibió su retrospectiva consagratoria en el Palacio de Bellas Artes, entre los murales de sus adversarios.

 

El artista vital, socarrón, que presumió por igual sus "conquistas sexuales" y su amor por su primera esposa, Bertha Riestra, en su columna Cuevario durante varias décadas, se fue apagando al entrar la década del 2010. 

 

Su último escándalo mediático no fue que expusiera como obra de arte un frasco con su semen o un electrocardiograma tomado mientras tenía relaciones sexuales, sino una amarga pelea familiar entre sus tres hijas, Ximena, María José y Mariana, y su segunda esposa, Beatriz del Carmen Bazán. 

 

Las hijas, quienes dicen haber perdido el contacto con su padre, paulatinamente, desde que falleció su madre en el 2000, acusan a Bazán de haber mantenido en condiciones de maltrato e incomunicación al artista, quien llegó grave al hospital en 2013.

 

Cuevas, por su parte, salió a defender hasta el final a la esposa y acusó a sus hijas de calumniarla.


 
Un día después de su fallecimiento, ocurrido el 3 de julio pasado, su homenaje en el Palacio de Bellas Artes estuvo cifrado por el desencuentro entre ambas partes, con las cenizas de Cuevas de por medio.


 
Tras la guardia de honor de la viuda y las autoridades culturales, las tres hermanas hicieron la suya entre gritos de la concurrencia de "¡No están solas!" y "¡Arriba las Cuevas!". 

 

Y, aunque esta vez no se debió a alguna declaración estrafalaria, un insulto punzante contra Siqueiros o una exposición exitosa, José Luis Cuevas volvió a tomar las primeras planas de los periódicos de todo el país. 

 

La muerte que tanto anticipaba Cuevas llegó, paradójicamente, de forma inesperada. Atrás quedan, para quien quiera conocerlo, una hilera inabarcable de autorretratos, como el que pintó en su cama, por primera vez, a los 11 años.

Escrito por Francisco Morales V./ Agencia Reforma

Reportero de Reforma


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