BUENA MESA

Sinónimo de elegancia y glamour, los vinos espumosos dan a las celebraciones de fin de año el toque festivo. Y la tendencia se inclina por la champaña rosada.

 

Pero las burbujas no siempre fueron un codiciado lujo; por el contrario ¡eran consideradas un defecto! Y ni qué decir del espumoso rosado sobajado frecuentemente a la categoría de los vinos de pésima calidad.

 

Para dolor y pesar del orgullo galo, los ingleses pueden considerarse pioneros en la experimentación y elaboración de etiquetas burbujeantes.

 

“Recientemente, nuestros vinateros utilizan grandes cantidades de azúcar y melazas para que todo tipo de vinos se vuelvan briosos y espumosos”, detalla el naturalista británico Christopher Merret en el documento titulado “Algunas observaciones concernientes a la clasificación de vinos”, fechado el 7 de diciembre de 1662.

Para aquellos entonces y aun años después, los monjes vitivinicultores de la hoy afamada región de Champagne luchaban contra el intimidante e inexplicable fenómeno de la acumulación de gas carbónico dentro de las botellas.

 

El frío invernal característico de la región francesa es clave en el desarrollo de los espumosos: las bajas temperaturas paralizan la labor de las levaduras, dejando cierto porcentaje de azúcar residual. Al llegar la primavera, los microorganismos reactivan la transformación del azúcar en alcohol y gas.

 

Cuentan algunas leyendas que el afamado monje Dom Pérignon, dedicado a la elaboración de vino en la abadía de Hautvillers, exclamó: “¡Estoy viendo las estrellas!”, tras darle un sorbo al que luego se convertiría en el espumoso más prestigiado del mundo. Si el champán dorado representa el firmamento, el rosado es el corazón latente de una región que ha sorprendido a propios y extraños con sus vinos.

 

“En el paladar, la champaña rosada se percibe más robusta que la tradicional. Sus notas principales se asocian con frutos rojos –como frambuesas, fresas, cerezas–, frutos secos, almendras y pan brioche”, describe Carolina Zárate, gerente de marca de Veuve Clicquot.

 

La elaboración del glamoroso rosado, hoy en boga, carece de autoría; sin embargo, los registros más antiguos de su manufactura pertenecen a la firma Ruinart.

 

De acuerdo con investigaciones de la historiadora Isabelle Pierre, la prestigiada casa elaboraba y comercializaba este estilo de vino antes de 1764. De acuerdo con el Comité de Champagne, para obtener una champaña rosada, pueden seguirse dos métodos: maceración o ensamblaje.

 

En el primero –rosé saigné–, antes del prensado, se dejan macerar (de 24 a 72 horas) uvas tintas. En el segundo y más frecuentemente utilizado –rosé d’assemblage, propuesto por Madame Clicquot–, se ensamblan vinos blancos tranquilos de Chardonnay y tintos de Pinot Noir y Pinot Meunier.

 

Así pues, la controvertida champaña rosada es, además,una anomalía en la ley de vinos de la Unión Europea por poder elaborarse a partir de una mezcla de vino tinto y blanco según se documenta en el texto “El champán, el cava y otros vinos espumosos”, de Tom Stevenson.

 

Elegante y glamorosa de apariencia, pero de alma rebelde y disruptiva, la dama de rosa es una perfecta anfitriona para recibir el Año Nuevo.

Escrito por Victor Fuentes / Agencia Reforma

Reportero de Reforma


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