BUENA MESA

Uno de los sitios que mejor revela la línea del tiempo en la Ciudad, son las cantinas, sitios enciclopédicos que atesoran fragmentos de la transición tapatía y mantienen vivas las tertulias entre parroquianos. 


También son santuarios de baco (dios del vino en la mitología griega) dice el historiador Juan José Doñán, quien sostiene que "nadie va a padecer a las cantinas", pues si hay tristeza las amistades se elevan a hermandades y brotan reconciliaciones. 


Una de las señas culturales más representativas es el desfile de antojitos mexicanos que llegan a la mesa al ritmo de las bebidas. El origen de servir botanas surge en la década de los 50, cuando el gobernador Agustín Yáñez ordenó el cierre de las cantinas durante el fin de semana, lo que motivó a sus dueños a migrar al giro de restaurante-bar. 

 

Buscando entre sus historias, la que conserva el primer permiso de cantina es La Sin Rival, ubicada en el barrio de la Central Vieja y con 119 años; pero nombres centenarios hay otros como La Alemana, La Iberia o La Fuente, sólo por mencionar algunas.


Sobre el tema de la clientela, Doñán asegura que fue en los años 90 cuando la clientela femenina se fue sumando a estos espacios, y a su decir: "la escena cantinera mejoró", ya que en tiempos de antaño la presencia de mujeres era mal vista por la sociedad. 


En contraparte el cronista Carlos Enrigue señala la importancia de apropiarse de estos sitios icónicos para evitar que desaparezcan, pues a su punto de vista las cantinas "están en peligro de extinción", y de ejemplo expone el cierre de dos clásicos: Los Molachos y El Caballito Cerrero.
 

Escrito por Fabiola Hernández

Reportera de Agencia Reforma


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