CULTURA

El lunes 4 de diciembre informaron al joven autor quintanarroense Mauro Barea que el Ayuntamiento de Ávila le otorgaba el Primer premio de narrativa breve de Jóvenes Creadores 2017.

 

Mis ojos se pasean por los escaparates con avidez y nerviosismo. Las manos sudan y tiemblan, y una increíble timidez se apodera de mí: no puedo siquiera acercarme a la vendedora, una morena chaparrita de múltiples michelines asomandoentre los pliegues de su delantal rojo. ¿Chocolate, fresa, limón? ¿O mejor un arreglo frutal con esas caritas felices de pandas que tanto le gustan? No, creo que mejor echo todo para atrás, esto no es demasiado infantil.No es lo suficientemente… y si no le gusta, entonces esto marcará su vida, y la mía. La idea de los post its pegados en el auto ya había caducado, jamás me daría tiempo para eso.

 

La morena de los michelines, mirando mi nerviosa indecisión, acometecon presteza la venta y con un marcado acento yucateco preguntasi puede ayudarme en algo. Esto fue gracioso, porque la imaginé como una alux, una duendecilla con alitas y arpa, caminando de puntitas, intentando ser de alguna forma, mi Cupido, o Cupida.¡Cupida!, eso sonaba como un verbo mal conjugado, ¡mierda!, ya ni sé lo que pienso. Mientras las lonjas de la vendedora se mueven rítmicamente sobre su propio eje, mi cerebro procesa torbellinos de pensamientos que le dan siete vueltas y media a la Tierra en un segundo. Y no hallo el maldito regalo para ella, la que me hace suspirar burbujas cargadas de elefantes rosas. Miro algo, un oso o conejito de peluche, y esa palabra se cuela por mi garganta, me asfixia, me intoxica, pero hoy es necesaria y trato de enfocar el pensamiento en lo que le va a gustar a mi persona especial, la que debió mandar Dios para convertirla en mi media naranja, mi alma gemela. Hoy es ese día y alguien dijo una vez que la vida es un continuo borrador, no hay ensayos ni repeticiones. ¿Fresa, chocolate, limón? Miro a los ojos a la duendecilla como si fuera una genio que me puede conceder el ansiado deseo.

 

¿No encuentra lo que busca aquí?, preguntó la morena. No, la verdad, no, dije estúpidamente. ¿Es un regalo para alguien muy especial? Muy especial, aventuré. Entonces quizá le pueda interesar una serenata, eso nunca pasa de moda. ¡Una serenata! ¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Ella debió ver la chispa de mis ojos, o la dilatación de mis pupilas por la emoción de haber encontrado la mágica respuesta con sólo frotar un poco la lámpara. Y mire, le puede llevar un ramo de éstas, dijo sacando un bello arreglo de rosas rojas, tan frescas que tenían gotas de rocío adheridas a los pétalos. Todo parecía sacado de una chistera. Yo me derretiría si alguien llegara con todo esto a mi puerta chavo, dijo la morena, quizá ruborizándose, pero su tez me impedía ver lo que pasaba en ese rostro de nariz aguileña. De la nada me había resuelto el problema. Una parte de mí sabía que me arriesgaba muchísimo; tampoco quería pasarme de listo, pero tomé la tarjeta que me dio para llamar al mariachi.Sin perder tiempo,hago la llamada y concierto la serenata.Incluso le dejo una propina a la morena, que acepta con una sonrisa, y un «cuando guste, joven», haciendo una pose coqueta y descarada. Los michelines se mueven a voluntad y eso me revuelve el estómago.

 

Me alejo con el inmenso ramo de rosas hacia la noche, y arranco el auto. Esto debe bastar. Con esto la tengo en la bolsa, en la palma de mi mano, trato de convencerme. ¡Además, con lo caro que me había salido todo, no podía equivocarme!

 

De regreso trato de irme ambientando con música de Chente y Juan Gabriel. Todo va a salir a la perfección, toda una sorpresa. Miro en el espejo retrovisor mi peinado con la raya en medio; los lentes fondo de botella estaban listos en la guantera.

 

Apenas me estaciono en la calle, el mariachi llega: los clásicos gordos trompetistas con el traje apretado y los delgadísimos cantantes con sus guitarras y chelos. Les hago una señal con la mano para que aguarden. Bajo con todo cuidado las rosas y el crujido del celofán es todo lo que se escucha en la calle. Me acomodo con decisión los lentes fondo de botella y me acerco a los músicos, que me miran con un aire de extrañeza. El líder pregunta por mí, asiento y estrechamos las manos. Cuando guste, joven, me dice.

 

“¡Arránquense, muchachos!” siempre quise decirlo, y una suerte de vértigo se apodera de mí mientras les ordeno y empiezo a cantar Eres toda una mujer de Pedrito Fernández.

 

Eres toda una mujer

pero guardas tu candor

cuando estamos abrazándonos

y hacemos el amor…

 

…y cuando alguien me pregunte le contestaré

que tengo toda una mujer.

 

Mi voz destemplada empieza a patinar sobre los acordes de los guitarrones y chelos.Una luz en la planta alta de la casa se enciende tras unos veinte segundos de expectación.

 

Ahí está ella. Me sonríe, y con esa sonrisa confirmo que mi plan ha resultado. Le devuelvo la sonrisa. Agitando su mano, saluda a los mariachis. Descubro con lágrimas contenidas en los ojos que no lleva puesta la mascada que siempre se pone al salir de la casa; trato por todos los medios terminar la canción. Los mariachis se miran entre sí, desconcertados, y siguen tocando como por inercia. Ella se ve como un maniquí descompuesto y frágil, sin un solo cabello sobre su cabeza y sin una gota de maquillaje en las facciones cansadas y cetrinas. Pero la sonrisa lo es todo.

 

Cuando acaba la canción, ordeno que sigan con Enamorada. Abro la puerta y mientras subo las escaleras en penumbra me enjugo las lágrimas. La música entonces me suena distante. Por fin llego hasta ella (que daba palmaditas riendo como una niña) y le extiendo el ramo de rosas. Dejo que contemple mi ridícula efigie. Entonces me acaricia, y no puedo evitar que mi cuerpo tiemble.

 

¡Esto, esto es lo que quería!, me dice mientras me abraza con una fuerza inusitada para el estado en el que se encuentra. Trato que los tubos de suero y medicamentos no se me enreden en los brazos. ¡Es lo más, más cursi que pueda haber tenido en la vida, gracias! Me lo llevaré para siempre, mi amor. Para siempre. Gracias por cumplir mi sueño de recibir algo tremendamente cursi de ti, me dijo haciendo muecas y torciendo la sonrisa. Sabía que lloraba, pero las lágrimas ya se le habían acabado.

 

 

*Cuento publicado en la antología Relat’s de amor, premis literaris del Adjuntament de Constantí, Tarragona (2016). Su relato galardonado aparecerá pronto en una edición especial.

 

Mauro Barea (Cancún, 1981). Estudió la Maestría en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid y consultor del documental sobre Gonzalo Guerrero Entre dos mundospara TV UNAM. Ganador del Premio de Narrativa Breve del Certamen Jóvenes Creadores 2017 (Ávila). Actualmente colabora en las revistas “Relatos sin contrato” (España), “Bitácora de vuelos” (México) y escribe la columna Mexicano en Gades para el periódico El Castillo de San Fernando (Cádiz).

 

 

Escrito por Mauro Barea

Primer premio de narrativa breve de Jóvenes Creadores 2017. 


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