BUENA MESA

Hermana del taco, la tostada es la hija crocante de la tortilla. Su origen se supone ligado a la Revolución Mexicana: las soldaderas guardaban las tortillas por varios días y, aún endurecidas, las comían con diferentes guisos. Aunque la fritura en manteca de cerdo data de la época virreinal.

Solas, como acompañamiento de pozoles y cebiches, aderezadas con crema y queso, o cubiertas con un sinfín de preparaciones a base de mariscos, pescados, pollo, res, cerdo o vegetales, igual hacen las veces de botana que de plato fuerte.

 

 

Las más populares son de pata y de tinga; aunque las de picadillo y camarón también son comunes en los mercados del País.

En el norte se acostumbraba prepararlas con carne seca; en Ensenada y Baja California son populares las de frutos del mar y en Guanajuato, las de cueritos. De Oaxaca son famosas las tlayudas, una variedad de gran formato que se cocina al interior de una olla de barro.

Comúnmente es la fritura lo que da a las tostadas su característica rigidez; sin embargo, la pieza perfecta puede lograrse también al horno o en un comal, todo depende de su uso final.

La tostada debe ser lo más fresca posible, con el suficiente grosor para que no se remoje y se rompa. Hay que saber escoger la tostada de acuerdo a lo que vas a servir: para productos más secos sugiero una más delgada, suave y ligera, para preparaciones húmedas, la tostada debe ser más firme, seca y crujiente,

aconseja Francisco Reyes Martínez, jefe de cocina de Merotoro.

Su consistencia crujiente y textura áspera admiten todo tipo de preparaciones, pero cuatro elementos son infaltables en toda buena tostada tradicional: crema, queso, lechuga y salsa.

 

Escrito por Sofía M. Yañez / Agencia Reforma

Reportera de Reforma


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