OPINIÓN

La historia del PRI en sus años fuera de Los Pinos podría explicar lo que sucede al partido en este sexenio.

 

En 2019 cumplirá 90 años; lo que sobre él escribió hace más de cuatro décadas Giovanni Sartori sigue vigente: “Hay todo género de errores conceptuales, de interpretación y de predicción que son resultado de nuestra incapacidad para introducir en ningún marco adecuado al PRI mexicano, al famoso Partido Revolucionario Institucional” (Partidos y Sistemas de Partidos, 1; p.281).

 

El PRI, que parecía incapaz de aceptar derrotas en comicios democráticos, no sólo lo hizo, sino que fue artífice de las reformas que pavimentaron el camino de su salida del poder, y de su retorno.

 

Hoy discutimos, otra vez, si el dedazo es la marca del PRI, el signo de su incapacidad de transformarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Vuelta a la noria. Al inicio de los 90 del siglo pasado, el PRI quiso encontrar en el libro Democracias diferentes (FCE; 1991) la respuesta a sus críticos.

 

Su autor, T.J. Pempel, analizó la compatibilidad entre democracia y larga permanencia del mismo partido en el poder, para lo que estudió los casos de Japón, India y Suecia, países que en ese entonces se distinguían porque el partido gobernante acumulaba lustros de hacerlo en forma continua.

 

Pempel sostuvo que la democracia no está reñida con la presencia de partidos hegemónicos, dominantes, a condición de que éstos respeten las reglas básicas de la competencia.

 

En el caso de Suecia el autor fue más lejos al sostener que, de hecho, la sociedad sueca de postguerra se había moldeado al influjo de los valores y prácticas del Partido Social Demócrata, hasta convertirlos en parte de su cultura política.

 

¡Bingo! ¿México era una “democracia diferente”? Aunque algunos intentaron adaptar al PRI la explicación de Pempel, tuvieron poco éxito y menor eco.

 

El citado autor no lo había incluido en su lista; las ideas de Sartori aún estaban en boga y el fraude electoral de 1988 era demasiado reciente como para que la rueda de molino pudiese pasar por hostia de comunión. El PRI siguió toda la década final del siglo XX en el poder, hasta que fue derrotado al iniciar el nuevo milenio. La conducta del candidato perdedor (Labastida) hizo olvidar los pecados del tricolor.

 

“Esa noche (2 de julio del 2000) los mexicanos parecían suecos”, dicen que dijo Felipe González, ex presidente de España. Una historia por escribir es la del PRI en el desierto, sus doce años fuera de Los Pinos, que en la otra cara de la moneda será la del PAN de inquilino en la casa presidencial, comportándose como oposición.

 

Quizá en esos años se gestaron las condiciones que explican lo que al PRI ha ocurrido en este sexenio, el de su regreso al poder y su posible segunda salida. Sin la rienda presidencial, el PRI configuró, de manera rápida (2001) y eficiente, nuevos mecanismos de cohesión interna.

 

Para enfrentar al primer Presidente panista, sus gobernadores crearon el sindicato al que hoy conocemos como la CONAGO, que en el origen fue solo de ejecutivos estatales emanados del PRI.

 

Para evitar una feroz lucha interna, los gobernadores decidieron confirmar la decisión que el presidente Zedillo adoptó al día siguiente de la derrota: mantener a Dulce María Sauri como presidenta del tricolor, lo que puso un freno a la desbocada ambición de Roberto Madrazo y su grupo por quedarse con el control del aparato.

 

Lo haría más tarde, pero cuando llegó ese momento la nueva estructura de poder y decisiones internas había madurado.

 

En 2006 el PRI tocó fondo en su desplome electoral al quedar en tercer lugar en la elección presidencial, mismo lugar que ocupó en San Lázaro; en el Senado fue segunda minoría. Y sin embargo, en los seis años de Felipe Calderón casi nada importante pudo éste hacer sin el apoyo del PRI, iniciando con su toma de protesta.

 

En su peor momento electoral, el tricolor mantuvo su cohesión interna; aunque experimentó fugas que le provocaron derrotas estatales y municipales, siguió siendo el partido con mejor implante territorial y mayor poder local. Seguía tan campante, como si fuera la primera fuerza.

 

¿O en realidad lo era?

 

Escrito por Jorge Alcocer V.

Columnista de Reforma


Twitter

Facebook