Brasil, una vuelta de tuerca

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En los cambios vertiginosos que estamos viviendo en estos años nos acechan dos grandes peligros: una gran recesión económica mundial y la crisis que desataría y que incluso podría zanjarse en una guerra mundial, y el resurgimiento de la extrema derecha en sus versiones más rupestres en cada país.
El pasado fin de semana se celebró en Brasil la primera ronda de elecciones presidenciales. El temido triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta no sucedió; sin embargo, es sintomático que un personaje que asume un discurso homófobo, machista, racista y clasista y que se manifiesta abiertamente en contra de los derechos humanos más fundamentales, haya logrado el consenso en amplios sectores de la población brasileña tan diversa, y es particularmente preocupante el alto apoyo en el sector más educado y de mayor nivel adquisitivo.
El rechazo de las clases medias a la corrupción de la que fueron cómplices los jerarcas del Partido de los Trabajadores se vio reflejado en las urnas. Un partido que es identificado como parte de un sistema que no combatió sino que incluso solapó con sus alianzas electorales, en este momento carece de la base social movilizada que hace quince años le dio el primer triunfo electoral a Luiz Inacio Lula da Silva. A pesar de la enorme popularidad de la que aún goza Lula, el candidato emergente del PT, Fernando Haddad, no tuvo el tiempo suficiente para crear una opción atractiva para ciudadanos cada vez más descontentos con el funcionamiento de la política local y que han sido blanco de campañas mediáticas propias de los manuales de operaciones de propaganda militar.
El ajuste de cuentas de una ciudadanía descontenta con la clase política se expresa en el apoyo a personajes que se asumen como antisistema. Y no se trata sólo de Brasil ni de Polonia, Hungría, Filipinas, Turquía y Estados Unidos, sino de un movimiento global que sin mucha coherencia ideológica está asumiendo el combate a las expresiones culturales del neoliberalismo mientras mantiene o radicaliza sus políticas económicas y de seguridad interior. Steve Banon tiene el pulso del momento de la derecha mundial y por eso se asume como el ideólogo creador del eje articulador de esta internacional de la extrema derecha.
Sebastián Piñera, presidente de Chile, dio un respaldo ambiguo a Bolsonaro al expresar que tiene “propuestas económicas interesantes”. Más o menos de la misma manera ambigua con la que el economista Milton Fridman apoyó a la dictadura militar chilena de Augusto Pinochet.
La democracia liberal se está transformando. Sus instituciones seguramente se mantendrán de manera formal en el imaginario popular pero serán cada vez más ineficaces en el proceso de toma de decisiones, serán instituciones cascarón, vacías de poder y sancionadoras de la opinión pública. Lo que emergerán no serán precisamente dictaduras como las que conocimos en el siglo XX sino que en caso de triunfar terminarán imponiendo sociedades altamente disciplinadas, con poca capacidad de autocrítica y disidencia, con poderes ejecutivos autocráticos, parlamentos débiles e instituciones judiciales y de seguridad con poca independencia del poder financiero. Israel es el espejo en el que la derecha mundial se ve reflejada.