El Orbitador 

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Su función era un mapeo de la superficie del planeta.

 
El primer satélite artificial
Sesenta y cuatro años han transcurrido ya del lanzamiento y puesta en órbita del primer satélite artificial hecho por el hombre, y la gran mayoría, sobre todo los más jóvenes, no tienen una idea precisa sobre el panorama que aconteció durante la década de los años cincuenta, previo a consolidarse esta gran hazaña espacial que marcaría un hito en la historia.
Por una parte se habla que el surgimiento de los satélites artificiales se dio a partir de un reto establecido en 1954 por el Consejo Internacional de Uniones Científicas, del cual se convocó a todos los países del mundo a desarrollar un satélite artificial con la capacidad de realizar un mapeo completo de la superficie de nuestro planeta desde el espacio, determinando como período de presentación de cada proyecto durante el Año Internacional de Geofísica, celebrado del 1 de julio de 1957 al 31 de octubre de 1958.
Cabe destacar también que durante esas fechas, nuestro Sol pasaría por una fase de pico máximo de actividad -conocido también como Solar Max- lo que promovió también a los científicos desarrollar instrumentos de medición y análisis para implementarlos a bordo del sistema electrónico del satélite participante, como un valor agregado para el estudio de la atmósfera terrestre y sus efectos sobre la misma.
Hasta aquí, la historia nos perfila que los satélites artificiales surgieron bajo un enfoque meramente de carácter académico y civil. Sin embargo, la realidad es que la idea de colocar en órbita un instrumento espacial provino mucho antes de la detonación de la primera bomba nuclear en Hiroshima en 1945.
Tan pronto terminó la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y la Unión Soviética comenzaron una carrera armamentista -denominada más tarde como Guerra Fría- por el cual uno de sus objetivos primordiales era dominar por completo el espacio exterior. Ambas potencias bajo un hermetismo secreto ya habían comenzado a rediseñar y potencializar los conocimientos obtenidos de los científicos alemanes nazis sobre los desarrollos del cohete bélico “V2”, pero la premura de ambas potencias era conseguir a toda costa que sus cohetes tuvieran la suficiente capacidad de circundar -u orbitar- más allá de la atmósfera terrestre, con el suficiente poder de llevar consigo una carga nuclear para ser detonado sobre territorios enemigos.
Fue así que el 4 de octubre de 1957, el miedo se esparció como pólvora en todo los Estados Unidos, al enterarse que su máximo contrincante había logrado conseguir poner en órbita su primer satélite artificial llamado “Sputnik 1”, con un peso máximo de 83 kg. Con esta gran hazaña bajo el mando secreto del ingeniero en jefe Sergei Pavlovich Koroliov, los soviéticos tomaron una ventaja científica y militar muy importante. Este pequeño satélite se lanzó desde el Cosmódromo de Baikonur haciendo uso de un cohete R-7, una versión completamente nueva y diferente del V2 alemán. El Sputnik 1 tenía consigo dos transmisores de radio que emitía un tono intermitente -muy parecido a un Beep-Beep- del cual por el análisis de su señal, se conocía la presión, la temperatura y la concentración de electrones en la ionósfera terrestre.
El Sputnik 1 orbitó nuestro planeta durante tres meses a una distancia de 938 kilómetros en su apogeo (punto más alejado de la Tierra), y a 214 kilómetros en su perigeo (punto más cercano a la Tierra). Un mes más tarde los soviéticos volverían a sorprender al mundo entero con la puesta en órbita del Sputnik 2, pero esta vez llevando consigo al primer ser vivo del planeta, la famosa perrita Laika, un tema que trataremos nuevamente en El Orbitador.