ERAN DOS COLUMNAS BLANCAS

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Con ‘M’ Mayúscula

 
BIBIAN REYES/LUCES DEL SIGLO
 
Parecían interminables, tal como si llegaran al cielo mismo, blancas impecables, desde lejos no se sabía de qué estaban hechas ni de cerca, tal vez hormigón, tal vez acero, luego eso ya no importó, en perfecta simetría resistieron el paso de los años, hubo siempre mucha gentuza hacinada en sus bases con la firme idea que el evento más extraordinario de la humanidad ocurriría allí en el momento más inesperado, aunque a nadie le dejaron construir ni menos levantar un muro, miles de tiendas de campaña se levantaron por doquier, y ello trajo suciedad y pestilencia, una orden judicial les obligó entre jalones y peleas desocupar las inmediaciones muy a su pesar, y todos consensaron mudarse a un cerro cercano, nomás para estarlas contemplando, nomás para esperar el evento creación de una mente florida en disparates.
Por las noches, con una extraña fosforescencia se podían ver tan lejos casi como por el día, ahí en la salada llanura, servían de faro y punto de orientación, cuando había ventisca fuerte, había el recelo que pudieran colapsar pero nunca hubo señas de debilitamiento o temor durante los terremotos. Durante las guerras que a lo largo de cuatro o más milenios tuvieron por ahí lugar, nunca nadie intentó derribarlas sobre su oponente, ni escalarlas para espiar, ni colgar de ellas alguna máquina de ataque, no hay certeza que fueran construidas para culto alguno ni para conmemorar una victoria, tampoco para enaltecer a un soberano y menos para demostrar sabiduría científica o tecnológica.
De hecho en esta era agitada, con exactitud ya nadie sabe quién las hizo, y cómo es que lograron tantos metros de altura, tampoco nadie se atreve ya a tomar una muestra de su estructura, debido a que existe la leyenda de que una vez llegó de oriente un gran sabio que frotó una raíz en cada una de las tres caras de las dos columnas por espacio de veintiocho noches y que luego de preparar un bebedizo con ella, pasó otras veintiocho alucinando con tal demencia y que de todos los terrores que narró y que muchos fueron recogidos en papel y lápiz luego de tan atroces y descabellados fueron decomisados y quemados según se dice, pero hay también quien cuenta con miedo y cuidándose de no ser escuchado por alguna autoridad o persona indiscreta, que todo lo recogido se estudia ahora como un oráculo y es guía para tomas de las más importantes decisiones entre los gobiernos del mundo.
A partir de ese hecho, los miles de ojos que a diario las veneran como hipnotizados impiden silentes que alguien se atreva a tocarlas, se dice que hay ya francotiradores siempre al acecho y que si alguien se aproxima a menos de dos metros recibirá un balazo certero en el cráneo, lo cierto es que por nada están resguardadas, por lo menos no visiblemente, pero tampoco nadie se aproxima tanto como para averiguarlo.
Luego por años caen en el olvido de la gente común, nada se especula, nada relevante se dice, sólo los místicos y locos nunca las pierden de vista física o espiritual, haciendo siempre referencia de tal o cual de sus virtudes o cualidades, que si a través de una visión conocían la fecha exacta del fin del mundo, que si al mirarlas desde cierta distancia y haciendo el bizco, se podía ver una tercera columna invisible al ojo humano la que en realidad estaba formada por esas dos partes, que el mismo Moisés la había partido con el poder a él otorgado por Jehová ya que al hombre no le era permitido conocer por ahora la verdad de su naturaleza y que cuando la humanidad alcanzara la madurez como especie se revelarían todos sus secretos y podría al fin vérsele como una sola en vez de dos.
Que si multiplicando lo largo de cada una con la distancia que las separaba se obtenía un número del que usando su raíz cuadrada aplicada a algunos cálculos de ciencia espacial arrojaba datos sobre teorías de navegación y distancias entre los astros, en particular nuestro sol y sus planetas orbitándole.
Nunca estuvo aparte del fenómeno ovni y casi puedo asegurar que nació con ellas, ya que hay frescos en los museos más importantes que retratan avistamientos de la antigüedad en sus inmediaciones o sobre ellas, fotos del siglo pasado también, aunque borrosas o de dudosa legitimidad le han dado más notoriedad y reconocimiento como lugar de encuentros del tercer tipo.
Nadie nunca pidió u obtuvo de haberlo solicitado, permiso para realizar alguna película junto a sus cimientos o en sus inmediaciones aunque documentales de todo tipo han existido en cantidad innumerable de todos los países y desde diversas perspectivas, pero es cierto que nadie ha podido nunca desentrañar ninguna de las interrogantes que a todos nos inquietan y de las que tarde o temprano desistimos hartos de saber con certeza nada.
Una calurosa tarde de septiembre bajo un sol dorado que se ponía en el horizonte las dos columnas mimetizándose bajo los colores de la puesta de sol fueron copiando el color ámbar desde lo alto y poco a poco hasta el piso reflejaron sol, nubes y cielo, una gran exclamación surgió de las animadas masas que por generaciones habían esperado algún minúsculo pero significativo suceso que diera a sus vidas sentido, luego el pánico se apoderó de todos reviviendo las palabras del antiguo profeta que muy claro la había dicho varios cientos de años atrás:
“Arderán en ellas las mismas llamas del sol y todo terminará cual si nunca hubieran existido antes”.
Los reporteros se avisparon para narrar el fin del mundo, las cadenas de noticias subieron al doble sus tarifas de cobertura especial y todos dejaron de realizar sus cotidianas labores y se dieron a la tarea de satisfacer hasta el más mínimo de sus deseos, el mundo se acababa, no había que dejar la mente o la carne para irse al infierno con algún deseo no cumplido.
Corrió el vino en las gargantas, la sangre en las calles y el sudor en las sábanas, se acabaron las vírgenes y las más castas merecieron el peor de los adjetivos, los niños en las cunas morían de sed o hambre, las aves en las jaulas reventaban de sol o se entumecían de frio, los hombres esos pobres carentes y ansiosos rebotaban por las aceras, en las paredes y en los cristales intentando satisfacer todos y cada uno de sus deseos reprimidos de un jalón, parecían maquinas con los comandos atascados, en las ciudades las sirenas de las ambulancias dieron paso al silencio, se acabaron las municiones con la última de las venganzas, los brazos cansados de hacer se rindieron fatigados, todo quedó saldado entre hombres, mujeres, rivales y naciones.
Luego de tal vacío de sensaciones, no hubo entre los sobrevivientes quien pudiera contradecir el mandato del régimen final y único que se estableció en el mundo para reorganizar la sociedad en ella: Destruir las columnas que habían traído al mundo el apocalipsis, así los mayores trascabos, se aproximaron a una distancia prudente para que luego de ser derribadas por  las inmensas grúas que tirarían de ellos con descomunales cadenas (ya que también se había prohibido el uso de armas de fuego, misiles o cualquier arma de destrucción masiva) acomodar todo el escombro resultante de ellas en camiones que llenaban en interminables filas los caminos y carreteras de hasta cuatro carriles que transitaban cerca de las colosales y otrora prodigiosas columnas blancas.
Pero las cadenas no pueden ser sujetas a ideas abstractas, ni los ganchos atrapan fanatismos religiosos, tampoco se pueden disolver como el azúcar en el agua pensamientos arraigados en el inconsciente colectivo. Luego de tal sorpresa y llenos de ira tras el gran engaño cada uno tomó su lugar en el mundo en consecuencia de sus propias conclusiones, hasta que el olvido convenció a la memoria de haber todo ocurrido entre las últimas luces de una tarde de septiembre y el amanecer del primer día de octubre justo dentro de un loco e intempestivo sueño.