Mantienen vivas raíces indígenas

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Museo Comunitario de Tecate

 
STAFF / LUCES DEL SIGLO
TECATE, B.C.- Una casa construida con corteza de sauce, ramas de junco, tallos de cachanilla y amarras de cuero de animal –como la hacían hace mil 500 años los indios kumiai, cucapá, kiliwa o paipai, antiguos pobladores de Baja California– es la pieza central del Museo Comunitario de Tecate.
La única y amplia habitación de la casa se extiende hacia una especie de patio techado donde se han instalado en forma circular unos 14 pedazos de tronco que recuerdan las indispensables convivencias de estos pobladores.
“Recintos semejantes a éstos fueron encontrados por los misioneros cuando llegaron a estas tierras”, explicó la promotora cultural Tania Barroso durante un recorrido.
Enclavado en el centro de este municipio fronterizo, el museo, que empezó como una idea de la comunidad kumiai, dedica su primera sala a las etnias que habitaron este valle, en el que cohabitan el mar, el desierto y las montañas de piedras gigantes.
Incluso, cuando se puso la primera piedra en 2011, narró Hernán Ibáñez Bracamontes, presidente de la asociación civil Camino Real Misionero, que construyó y administra este recinto, vinieron kumiai de toda la región.
“Les pedí que trajeran una piedra de cada una de sus comunidades para que formara parte del museo y les despertara un sentido de pertenencia. Hasta ellos mismos se sorprendieron al verse”, comentó quien advierte que sólo quedan unos 260 de estos indios en ambos lados de la frontera.
Pueblo amerindio del tronco lingüístico yumano, estos aborígenes eran nómadas que recorrían grandes distancias para pescar, cazar y recolectar frutos como el piñón, el dátil y la pitaya. Viajaban en grupos de 20 personas, detalló la guía, con flechas y mazos de madera.
“Así lo ilustran las maquetas, los personajes y paisajes construidos que integran la museografía de esa sala, ubicada antes de la casa, cuya arquitectura semeja una bellota al revés”, explicó.
El espacio interior evoca una cueva habitada, en cuyos muros han sido incrustados objetos, cerámica, cestas, huesos y cornamentas de animales, mazos, caracolas y maniquíes de hombres, mujeres y niños desempeñando actividades que ilustran la vida cotidiana de los también llamados diegueños.
En una de las mamparas se advierte que el patrimonio arqueológico de estos grupos, cuyos sitios más antiguos datan de hace 11 mil años, está amenazado.
“El rápido crecimiento de la población en el norte de Baja California y el uso inadecuado de los recursos han llevado a la destrucción masiva de los ecosistemas y de los sitios”, dijo Ibáñez.
Además de la sala-cueva y la casa pionera, el museo exhibe un pozo de agua, una casa típica de los rancheros de Tecate –con muebles originales de principios del siglo XX–, un edificio de dos pisos dedicado a la historia de este Pueblo Mágico, que obtuvo esta categoría en 2012, una librería, una biblioteca y una tienda.
Entre los sucesos históricos documentados destaca la construcción del ferrocarril que uniría el puerto estadounidense de San Diego con las ciudades mexicanas de Tijuana y Tecate. Esto debido a que, a partir de diversos estudios del suelo, se determinó que la línea férrea tendría que pasar por el lado mexicano en una extensión de 74.63 millas.
El constructor John D. Spreckels obtuvo del gobierno mexicano, el 3 de abril de 1908, la concesión por 99 años.
La última sala del museo narra, a través de fotografías antiguas, videos y piezas como rieles de tren, señalizaciones, herrajes, herramientas rurales y la caseta telefónica original del ferrocarril, la importancia de los ranchos en la historia del municipio.
“Se despide a los visitantes con un pequeño jardín etnobotánico, con plantas de uva, olivo y romero, la triada que trajeron los misioneros franciscanos que catolizaron la región”, añadió la también asistente administrativa del recinto.