Migraciones

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El rechazo a los migrantes es ante todo “aporofobia”

Por: Abraham Guerrero/
Luces del siglo

En una extraña foto que se conserva en mi familia se ve a una pareja de personas viejas sentadas y una multitud de adolescentes y niños parados y sentados en el piso.
 
Se trata de la foto del pasaporte o del documento migratorio familiar con el que mis tatarabuelos entraron a México provenientes de Centroamérica. Mi tatarabuelo, con su pelo entrecano y un bigotazo al estilo Nietzsche, mira a la cámara con cierta tranquilidad, mi tatarabuela lo hace con timidez pero sus enormes ojos grises le impiden ocultarse. Él era un fugitivo de la política.
 
Protestante y simpatizante de izquierda había huido con una prole de hijos y nietos por Guatemala, El Salvador y Honduras hasta que el cónsul mexicano en Honduras le dio el  documento que le permitió entrar a México. La familia se instaló en Tapachula y así fue como todos comenzaron otra vida mexicana.
 
Los descendientes son mexicanos y hay doctores, enfermeras, mecánicos, actores, empresarios, ingenieros, economistas, maestras, antropólogas, abogados, físicos. Profesiones tan diversas como lo son los de cualquier familia.
 
Durante muchos años mi abuela fue indocumentada a pesar de tener hijos y nietos mexicanos. No podía viajar fuera del país porque no contaba con pasaporte ni credencial de elector. Ella fue una indocumentada la mayor parte de su vida. Tenía una tarjeta del seguro social que atesoraba como identificación.
 
Después obtuvo su credencial del entonces INSEN. No era nacionalista en absoluto aunque se sabía el himno nacional que cantábamos los nietos, aunque siempre prefirió las canciones de Violeta Parra. Su identidad estaba fincada en la familia, sus amigas y sobre todo en la bondad de las personas.
 
Hoy en día mi familia sigue marcada por las migraciones dentro y fuera de México. Mi hermano vive desde hace años en otros países, tengo primos que migraron sin documentos a Estados Unidos y se quedaron a formar familia. Muchos de mis sobrinos nacieron en el extranjero.
 
Mis familiares de otros países y de otras religiones son queridos. No se trata de una experiencia única. En el mundo contemporáneo es cada vez más evidente que la condición migrante es parte de nuestra experiencia humana. La evidencia científica del ADN nos muestra como mestizos y como seres proclives a mezclarnos.
 
Ante las caravanas de migrantes centroamericanos que pasan por México en su camino a Estados Unidos han surgido dos posiciones irreconciliables: el apoyo y el rechazo.
 
El apoyo como muestra de empatía hacia personas que huyen de la miseria mientras que el rechazo se escuda en principios nativistas muy parecidos a los que la extrema derecha de todo el mundo está articulando: en México primero los mexicanos. Pero salvo los pueblos originarios, todos somos descendientes de migrantes.
 
Como ha señalado la filósofa española Adela Cortina, el rechazo a los migrantes es ante todo “aporofobia”, el rechazo a los pobres. Migrantes de lujo hay muchos y no reciben el trato discriminatorio.
 
Veamos nuestra región. Está conformada por migrantes, donde nos mezclamos los pobres, los clase media y los ricos. Unos pasan desapercibidos porque están en las regiones o en trabajos duros y poco visibles mientras que otros adornan las páginas de sociales. Los capitales migran mientras las personas nos atenemos a fronteras.
 
Mi abuela hubiera cantado “Gracias a la vida” y hubiera apoyado a los migrantes centroamericanos.