Cancún le dio todo, hasta la espalda

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“Los otros migrantes”

 

MARCO ANTONIO BARRERA

PUERTO JUÁREZ, Q. ROO.- Es Jorge. Cancún lo abrazó y le dio la espalda. Enfermó y lo perdió casi todo. Hoy busca recuperarlo, con honor y trabajo.
 
Tiene 47 años de edad. Nació en la Ciudad de México, que dejó después del terremoto de 1985. Tenía un trabajo estable, en una financiera. Vivió en otros lugares. Probó Toluca, Puebla, Colima, Guadalajara, Acapulco, Mazatlán y Puerto Vallarta.
 
Conoció muchas formas de pensar y también recibió comentarios, algunos despectivos, por su condición de “chilango”; nunca se sintió cómodo. Le gustó Cancún, sus oportunidades y la diversidad del origen de las personas. Tiene 20 años de migrante. Reconoce que lo único a lo que no se acostumbra es al calor, todavía.
 
Jorge atiende un restaurante móvil, una camioneta habilitada como cocina, con una barra y una carpa: un foodtruck habilitado en una combi modelo 1981 que adquirió en Chetumal hace cuatro años.
 
En ella vende tacos de cochinita pibil y barbacoa de res, consomé y quesadillas. Una mujer de Tabasco corta cebolla y sirve los alimentos, hace tortillas a mano. Tiene salsas de habanero y asado. Jorge saluda, da informes, promociona paquetes, destapa bebidas y cobra las cuentas.
 
Recuerda su origen. Nació en la colonia Escandón y llegó a la Condesa cuando tenía cuatro años de edad. Tiene dos hermanos. Estudió una carrera universitaria que no terminó y fue un padre joven. Pudo viajar.
 
Su padre tenía tiendas ferreteras y las cerró. Ahora se dedica a la venta al mayoreo. Su vida hasta entonces fue buena, estable y de progreso. Sin embargo, no quiso seguir el camino de su progenitor. “Pude atender el negocio de mi padre, pero me gustó hacer otras cosas”.
 
Ahora Jorge es padre a su vez, de cuatro hijos; todos lo visitan. Valentina, dice con emoción, llegará el día 22. Prefiere recibirlos que ir a ellos. “Me abruma la altitud y la cantidad de personas (de la CDMX), no me siento bien”.
 
Arrancó su negocio hace casi dos meses, el 21 de septiembre. No tuvo apoyo del gobierno, pero tiene una socia. El menú lo propuso su amiga. “Yo quería vender guisado, pero preferí aprender calladito”, reconoce.
 
La idea fue suya, “los chilangos estamos acostumbrados a comer en cada esquina, delicioso. Aquí hay comida rica pero tienes que ir allá o hasta acá. Faltan opciones”.
 
En Puerto Vallarta, donde vivió antes de Cancún, instaló un restaurante pero le fue mal. Cerró y dio vuelta a la página. Llegó a Cancún sin trabajo. Fue instructor de deportes acuáticos: natación, buceo y esquí.
 
Recuerda que “hace 20 años le iba muy bien a todos”. Los turistas salían y compraban. Con la llegada de hoteles todo incluido ya no acudían a restaurantes, tiendas ni a las calles. “Terminó la derrama económica”, afirma.
 
Desde entonces administró apartamentos para turistas y se ocupó de que tuvieran una estancia cómoda. El esfuerzo dio fruto. “Logré hacerme de mi casita y de empezarla a pagar”, comenta.
 
Compró un auto para Uber. Lo vendió cuando taxistas “rojos” le destrozaron la unidad en Playa Mujeres. “Sin decirme agua va me poncharon las llantas y rompieron los cristales con un bat”. Fue su despedida, le dio miedo.
 
Asegura que falta buena comida en Cancún, de ahí la cocina móvil. Por cuatro años suspendió el proyecto que, sin saberlo, lo mantendría a flote y le daría una segunda oportunidad.
 
Recuerda que hace tres años padeció ciática. Dice que cargó una bolsa, se lastimó la espalda y ya no se levantó. Buscó ayuda médica especializada en Cancún y Ciudad de México. Incluso probó acupuntura, sin encontrar alivio.
 
“Estuve siete meses prácticamente inmovilizado. No podía estar de pie, mucho menos caminar. Viajaba en el avión, acostado en posición fetal. Fue muy duro”, recuerda.
 
Se acercó a la medicina alternativa. Fue una consulta de cuatro horas que costó 750 pesos, en Tehuacán, Puebla. “Fue casi un milagro, salí caminando”.
 
Quedó con la pierna izquierda dormida, pero recuperó la salud. Recibió el apoyo de amigos y de su actual pareja. Ya hay planes de boda.
 
Tocó fondo, entre consultas, medicinas y viajes se acabaron los ahorros. Conservó la combi. “Esto me va a regresar a la vida, y en esto estamos”, asegura. Vende comida desde hace casi dos meses. “A la vida hay que darle con honor y trabajo”, dice.
 
Su faena comienza a las 6 y media de la mañana. Sale a comprar el pan, recoge a quienes lo ayudan y trabaja dos turnos, entre las 7 y las 22 horas.
 
Administra también tres apartamentos en Playa Mujeres, Residencial Maralago y en el Table. Checa mantenimiento y limpieza. A los visitantes los lleva de compras, les consigue cocinera o quien haga limpieza. Hace tours, gestiona lanchas o se encarga de visitas a sitios de interés.
 
Tiene el gusto por la lectura, los deportes acuáticos y la bicicleta. Se sigue sorprendiendo al conocer lugares, como El Cuyo, en Yucatán.
 
Pese a todo, Jorge ya adoptó a Cancún como su hogar. “Estoy feliz, ya me siento de acá”, reconoce. Quiere tener más cocinas móviles y llevar comida rica a la gente. “Este es el inicio de algo muy grande”, adelanta.