De banqueros a hoteleros; de trabajadores a dueños

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¿Qué nos ha dejado el turismo en Quintana Roo? / 3

 

Por: Lynda Ambrosio

¿Cuántos de ustedes han escuchado de un destino en la costa mexicana del Pacífico de nombre Bahía de Banderas? Poca gente sabe dónde está ese lugar y menos que el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez prefería Bahía de Banderas antes que el Caribe mexicano, lo que por poco provoca la cancelación del recién arrancado proyecto Cancún.
 
El mito urbano que pervive hasta hoy es que Echeverría Álvarez apoyó a Cancún desde el inicio hasta finales de su presidencia. Para entender por qué no es cierto, hay que comprender cómo funcionaba el gobierno federal, qué tan débil era el federalismo de México en los años 60 y 70 del siglo pasado, y qué tan opuestos eran el gobierno federal y el Banco de México, este último gozando de mucha más independencia que en la actualidad.
 
En esa época, en lugar de una visión de desarrollo del país, existían dos: una del Banco de México y la del gobierno federal. La de este último, al igual que el día de hoy, se enfocaba en emplear a micros, pequeñas, medianas o grandes empresas. En sentido opuesto, el Banco de México empujaba inversiones en proyectos inmensos tales como Cancún e inversiones grandes como plantas que empleaban miles de obreros.
 
De hecho, el gobernador del Banco de México en ese entonces, Fernández-Hurtado, no estaba de acuerdo con dar préstamos a comerciantes afuera de lo que se “requiere estrictamente para su función”. Entonces, hasta finales de los años 70, había una lucha entre Banco de México con su estrategia de inversiones en grandes proyectos ‘industriales’ para la creación de una clase media y el gobierno federal con su estrategia de empleos.
 
¿Qué tan potente puede ser un presidente que no dirigía la política monetaria y no controlaba la recaudación de impuestos a niveles estatales y municipales? En otras palabras, entre los bancos con sus políticas y los Estados recaudando impuestos que, a veces, doblaban los impuestos federales, cualquier día faltarían los recursos para poner en marcha su plan de desarrollo y la administración del país.
 
Esa era la situación de Luis Echeverría a principios de su presidencia. Pero a finales, ya tenía control del Banco de México y la recaudación de impuestos hasta de los municipios. Para lograr lo primero, en 1973 cambió al secretario de Finanzas, Hugo Margain, aliado con el Banco de México, por José López Portillo a quien Luis Echeverría luego dio el “dedazo” para que lo reemplazara en la Presidencia de la República.
 
En cuanto a los impuestos, con negociaciones muy hábiles Echeverría logró acuerdos con todos los estados para cobrar impuestos estatales y municipales a cambio de recibir una parte de la recaudación federal.
 
La realidad es que en la década de los 70 nadie quería invertir en el proyecto Cancún y sus promotores tenían una fecha límite de reembolso de un préstamo bancario; fue entonces cuando Enríquez Savignac contactó a sus amistades en los bancos para que ellos invirtieran, pero los banqueros no tenían la más remota idea de cómo construir y administrar un hotel.
 
Para convencerlos –según Martí-Brito–, Enríquez Savignac ofreció seleccionar los lotes, preparar los planos de arquitectura y lanzar la construcción. Los primeros hoteles se levantaron sin inversión ni riesgo alguno para bancos como Banamex y Bancomer. Mientras que los bancos no pagaban los lotes ni tampoco la construcción de los hoteles, los trabajadores que laboraban en el proyecto Cancún pagaron hasta 45 pesos el metro cuadrado para construir sus casas.
 
Esos antecedentes son importantes para demostrar que en 1970, Luis Echeverría no tenía la capacidad financiera ni el poder político para encabezar el proyecto Cancún. Pero cuando Enríquez Savignac encontró problemas financieros y sufrió amenazas de clausura, hábilmente desencantó a Echeverría de Bahía de Banderas para que se interesara en el proyecto Cancún, que hoy sigue siendo un exitoso destino turístico para presumir.