Recorre las entrañas de Cancún

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Arnulfo peregrina la ciudad en busca de chatarra.

 

MARCO ANTONIO BARRERA

CANCÚN, Q. ROO.- Arnulfo tiene 76 años de edad y es chatarrero. Conoce las entrañas de Cancún y la bondad de su gente.
 
Desde hace seis años, todos los días, empuja un carro de supermercado y visita hoteles y restaurantes. Es un peregrinar sin fin, tal como ha sido su vida.
 
Trabaja y subsiste “limpiamente”, con honestidad. Recolecta aluminio, vidrio, plástico y metal. De la vida quiere muy poco, le basta con tener salud y estar bien con la ley. Lo demás, “ahí la llevo”.
 
Nació en Venustiano Carranza, una comunidad de Chiapas, en 1943. Quedó huérfano a los 8 años de edad. Uno de sus hermanos lo llevó a San Andrés Tenejapan, en Veracruz. Nunca fue a la escuela, se dedicó a cortar café, naranja y a la cosecha de zafra.
 
A su tierra dice que ya no regresará, desde que salió no ha vuelto. “Por acá voy a colgar los guantes”, comenta mientras sonríe.
 
Tampoco tiene interés de reunirse con sus hermanos. Hace tanto tiempo que no los ve, que ya casi ni los recuerda. Sabe que están “desparramados”, uno en Veracruz, otro en Oaxaca y otro enCiudad Juárez, Chihuahua.
 
Dice extrañar a sus padres, ella chiapaneca y el poblano. “Me jefecita y mi jefe murieron hace mucho. Ya no hay otra mamá ni otro papá, ya se acabó”, dice con melancolía.
 
Lamenta que muchos jóvenes no respeten a sus padres. “Eso como que no va”, comenta.
 
Vivió un tiempo en Michoacán; fueron sus mejores años, ya pasaron casi 40. Allí conoció a una mujer e hizo una familia, dos hijos que ya deben tener 35 o 40 años, y estar casados.
 
No sabe nada de ellos, no los ve hace más de tres décadas. “Mi suegra era de ‘moneda’ y yo ¿qué les puedo dar así de vago como ando?”, se cuestiona. Comenta que tuvo problemas y agarró camino a Matehuala, San Luis Potosí. Desde entonces no volvió a verlos ni a saber de ellos.
 
En Michoacán conoció al general Lázaro Cárdenas y a su hijo Cuauhtémoc. Fue en la comunidad de Las Guacamayas. “Era muy buena onda ese general, era presidente de México”. Recuerda que Cárdenas del Río fue originario de Jiquilpan.
 
Arnulfo dice que su única aspiración en la vida es trabajar para pagar la renta de la vivienda que habita, de 600 pesos mensuales, que le incluye agua y luz. Del alimento no se preocupa.
 
“Si me va bien qué bueno y si me va mal, pues ni modo. Al siguiente día me repongo”, dice con optimismo. No tiene a quien mantener, está solo.
 
Hay personas que lo apoyan con alimento y le obsequian dinero. Una vez, una turista de Uruguay le obsequió 500 pesos, “así nomás de propina”. Otra ocasión, una “jefecita” le dio 200 pesos. “Ven la chamba que estoy haciendo y me dan mi lana”.
 
Acepta que le va bien unas veces y otras no tanto. Hay mucha competencia, muchos chatarreros. “Pero para todos sale”.
 
Conoce de cerca la bondad de la gente, que lo apoyan y estiman. Cuando fue joven procuró ayudar siempre a las personas de avanzada edad. “Es un sembrado que hice. Estoy cosechando”. Su día está seguro.
 
Arnulfo empieza a las 7 de la mañana. Se pone una gorra para cubrirse del sol inclemente y toma camino. Revisa banquetas y botes de basura en clínicas, escuelas y negocios. Recorre las avenidas Bonampak y Tulum, hasta llegar a la Zona Hotelera. A su paso lo saludan y le gritan “adiós jefazo”.
 
Antes, en la construcción trabajó como “fierrero” en Michoacán, San Luis Potosí, Tamaulipas, Veracruz, Michoacán y Monterrey.
 
A Cancún llegó hace 43 años y dejó las obras hace seis. Desde entonces “me la llevo tranquila”, insiste. Agradece a Dios que nunca tuvo accidentes.
 
Se enorgullece de su salud, pues otras personas con menos años a cuestas utilizan bastón. “Hay quienes me ven y dicen que me veo como nuevo”, apunta mientras sonríe.
 
Sin embargo, cuando se enferma se levanta más tarde. Ayer, por ejemplo, tuvo malestares estomacales y se detuvo a medio camino. Siguió hasta entrada la tarde. “Me siento jodidón, pero si me quedo en la casa me muero”, considera.
 
Por lo general sale sin desayunar. Hace una comida fuerte al día. Esta vez comerá carnitas. Sabe que hay personas que lo ayudan. Por la tarde, de regreso a casa, una mujer de Mérida “me surte comida y con eso tengo”.
 
Asegura que la gente más bondadosa viene de Acapulco, Tabasco, Veracruz y Yucatán. “Mis respetos, sufren, viven de la jodida y como todos trabajan fuerte”.
 
Arnulfo empuja su carrito, va a la Plaza de Toros, a ver qué encuentra. Dice que aún se siente débil. Aclara que lo difícil ya pasó: en la enfermedad creyó que “ahora sí me llevó el chupacabras”.
 
Su día termina. El último negocio que visita es un restaurante donde recoge latas de aluminio. Después, “agarra rumbo” y regresa a casa. Así termina el día de Arnulfo. Mañana será igual.