‘Cancún ya no es lo mismo’

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Lavacoches, jardinero y vendedor de tamales chiapanecos

 

POR: MARCO ANTONIO BARRERA

CANCÚN, Q. ROO.- Es “Don Toño”, lava y encera autos. Para completar su día poda árboles y pasto. “Lo que caiga es bueno”, afirma.
 
Llegó a Cancún hace 14 años, vino a dejar a dos nietos. Hizo un viaje por autobús de 24 horas, desde Villa Flores, Chiapas, “mi terruño”.
 
Sus hijas lo llevaron a pasear, fueron a la playa… y le gustó. “Me voy a quedar una temporada, a ver qué tiempo aguanto. Si me canso me voy”, dijo entonces. Su esposa lo apoyó y aquí permanecen.
 
Fue jardinero en un hotel. Siempre solo, sin “chalán”. Cumplía lo que le encargaban, pero tuvo un supervisor que “me quiso tratar como perro y le dije no. No me gusta que me traten mal”.
 
Reconoce que no le gusta que lo manden. Dejó el empleo después de dos meses y medio. Decidió trabajar en lo suyo, a su ritmo, solo. Se fue a pulir autos y limpiar vestiduras. Ayudó a su esposa a preparar comida. No fue fácil, recuerda.
 
Vendió tamales chiapanecos. “Esos no sirven”, le decían. “Están mejor estos que los que compran acá, pura masa y sin carne. Pruébelo, se lo regalo para que lo pruebe”, reviraba.
 
Su esposa lo regañaba por obsequiarlos, pero así fue como empezó a ganar clientes. Ya no venden en la calle, su fama se extendió. Ahora surten pedidos de 200 o 300 piezas.
 
Entregan de chipilín con carne de pollo, torteados y embarrados de hoja con mole. Hacen toropinto, chanchamito, frijol con pollo y de bola con carne de puerco. “Son muy ricos, la verdad son mejores que los de acá”, señala.
 
Tiene 56 años de edad, cuatro hijos, dos mujeres y un varón. Es abuelo de tres, todos viven acá. Otra de sus hijas está en Chiapas con otros tres hijos.
 
En Chiapas lavaba autos, vestiduras y los enceraba. Tenía tres o cuatro clientes por semana. Era suficiente. “Ganaba poco, pero la vida era más barata. Con poquito comíamos”, recuerda.
 
Trabaja sin sandalias, descalzo, en el rincón de un estacionamiento. Hay árboles que lo cubren del sol inclemente. Tiene una vieja grabadora atada a un tronco, una aspiradora, un huacal con atomizadores, esponjas, media docena de cubetas y un par de jergas. “Aquí me dieron permiso, aquí le chambeo”. “Don Toño” sonríe y muestra una actitud positiva.
 
Duerme en una colchoneta, en el piso. No le gusta de otra manera. Se levanta a las seis de la mañana, desayuna y se va a trabajar.
 
Ya tiene sus clientes y le confían las llaves de sus autos. En un buen día lava uno y encera dos. “Les cobro barato, pero sale”, comenta.
 
Por una camioneta familiar con servicio completo recibe 250 pesos. “Cobro barato, me lo han dicho, pero no quieren pagar más. Ellos ponen el precio y no uno”, reconoce.
 
Por la tarde corta pasto o poda árboles. Si no hay nada, regresa a casa y descansa. “Con todo lo que pasa en Cancún ya ni dan ganas de salir”, advierte.
 
Antes no había tanto robo, tanta “matazón” ni robos a casas habitación, recuerda. “Ha cambiado mucho”.
 
Ya lo vivió. Una vez abordó un taxi y el chofer salió de ruta. Cuando reclamó, salió un patrullero y los detuvo. Lo acusaron de asaltante. “El policía me quitó toda mi lana, 350 pesos, y le aventó 50 pesos al taxista”. Fue hace seis años, recuerda.
 
Reconoce que a la escuela “fue muy poco”. Sabe leer, pero no escribir. Desde chico le gustó la lectura.
 
Trabajó desde los nueve años en una veterinaria, repartiendo alimento. Aprendió a copiar las letras y recetar medicamentos. “Don Pepe”, su ex patrón, se admiraba de lo que recetaba. “Sí me funcionaba el tumbaburros”, exclama.
 
Recuerda que se sentaba en una silla, leía y caía dormido con el libro en el pecho.
 
A los 10 años, iba con su padrastro a la siembra de maíz, frijol, rábano, cilantro, acelga, cebollita morada y chile. Llegaba a la milpa a las 4 de la madrugada y de ahí, corría para llegar a su trabajo.
 
Supo manejar a los 12 años de edad, con una Datsun. Fue chofer de una camioneta de tres y media toneladas con la que repartía alimento y forraje en Tuxtla Gutiérrez. Así estuvo hasta que cumplió 22 años de edad.
 
Desde entonces trabaja solo y de ahí para adelante. “Lava alfombras, interiores de carros. Desbarato la silla para lavar la tela y lo vuelvo armar”, comenta.
 
Una lavada y un buen precio le sirvieron para que lo recomendaran y le dieran permiso de trabajar.
 
Reconoce que Cancún ya no es lo mismo. Después de 14 años ya no está a gusto, no como al principio. “Antes sí valía la pena pero ahorita no. Es más, ya me quiero retirar, voy a ver qué hago”.
 
Desea regresar a su tierra, estar con su madre y sus 80 años. No ha decidido, aún no. Su esposa tiene días que fue a Chiapas, su mamá enfermó, y no quiere pasar por lo mismo.
 
“Don Toño” seguirá lavando y encerando autos. Quizá mañana despierte en Cancún o en Chiapas, su “terruño”.