JUDAS FRENTE AL ESPEJO

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CON M MAYÚSCULA

 
 
 

POR: BIBIÁN REYES/LUCES DEL SIGLO

 
Ya las horas de trajín duermen bajo las tibias mantas y las sonrisas fingidas huyeron entre las rendijas de las alcantarillas, vuelta a las cloacas de donde provienen; al amparo de las sombras ahora danzan emociones negras esperando el transitar de personas e introducirse en sus cuerpos a través del rabillo del ojo, justo donde una lágrima se aloja y la sal en ella es vehículo para su ingreso, los gatos habitantes de tres dimensiones además de la nuestra, dirimen sus instintivos deseos aullando mientras copulan salvajemente, la luna se filtra entre los pliegues de las blancas cortinas y su luz espectral baña mi rostro obteniendo del resultado matices nuevos, no, matices reales que la luz artificial no puede mostrar; sentado bebiendo café que se enfría en espera de mi boca, mi boca que no tiene oficio ahora, no sin ti, no sin la tuya, no sin tu mirada ni tu cuerpo, no sin tus labios todos, no sin tu nombre, no sin tu sonrisa.
 
Los minutos desesperan aguardando mis dedos sobre el teclado y las horas se vuelven compañeras sensuales mientras transcurren, el reloj punza en mis sienes y la sangre de las venas se mueve en un tic tac carmesí que el corazón manda, respiro hondo y dirijo la vista a otro lado, la superficie plana del espejo me devuelve su versión de mí mismo en dos dimensiones; sin embargo, yo veo mucho más.
 
A solas no hay postura que guardar, ni máscara tras la cual ocultarse, ni maquillaje ni facha, ni prendas, ni vanidades, en un necesario arranque de honestidad dejo que la letra me aguarde, aparto el teclado y obtengo de su reflejo mayor profundidad conforme me permito ser yo mismo.
 
Me aproximo un par de pasos con cautela, miro curioso, el paso del tiempo me ha llevado alrededor del sol más de cuarenta veces, vertiginoso carrusel que imprime polvo estelar en las sienes, crea surcos en la frente y obliga a aferrarnos a la montura vida con un gran anhelo de seguir girando y girando, hasta convertirnos en una bolsa de piel áspera contenedora de huesos frágiles y vísceras resecas…
 
Pero el necesario escrutinio exige la piel completa, arrojo entonces la camisa y la camiseta sin mangas, aflojo el cinturón desanudo el broche salgo de los pantalones, de los calcetines, del bóxer.
 
Un hombro más abajo que el otro notable asimetría, el vientre prominente atestigua gula por ansiedad, uno sesenta y seis del piso que debieron ser un poco más y ochenta kilos que deberían ser muchos menos, en la piel tatuajes aleatoriamente impresos a capricho de las uñas del destino.
 
No es el exterior lo que interesa si no mirar y mirarme dentro.
 
Un par de pasos, puede observar con claridad mi interior, la luz del azulado astro penetra la piel, ya me miro, ya mis temores bajan de los árboles, ya mis deseos se sueltan de las manos, nerviosos, inquietos, caritas de ansiedad y duda se mezclan en esa multitud que ellos, de tantos que son crean, luego aparece de frente, desafiante, siempre desafiante la gran pasión madre quien tiene las pupilas como tizones y de sus palmas emite incandescencias, la alegría intenta sanarle una enorme herida en pecho, ausencias que le han dejado un hueco profundo, ella las adorna con las flores de las sonrisas que a diario recibe, de los abrazos y los afectos.
 
Los campos del alma son insondables, sin embargo en este ejercicio de verdad, me aproximo hasta llevar a un par de centímetros la pupila al reflejo, acto casi científico cual escrutinio microscópico, que me va llevando a minuciosa observación.
 
Todas las vides que de mi vida florecieron ahora miro, y ahí goloso comiendo de ellas a dos manos, bestial, caminos sembrados con bellas flores se volvieron luego brechas llenas de zarzas donde tuvieron que transitar quienes a mí vinieron; a lo lejos el ego demente corre por doquier incendiando campos y personajes, recita a la vez incongruentes odas al yo.
 
La ira que ha sido contenida bufa esperando la ocasión para escapar en brioso corcel negro, los mares de odio, secos y olvidados hospedan brotes de esperanzas una vez perdidas.
 
Bajo el soplo potente de renovados vientos, un fuego que se preveía eterno parpadea peligrosamente, lo sostiene en una mano eterna diosa y con la otra se sujeta de una saliente pues a punto está de caer al abismo, la duda asoma a su hermoso rostro ¿mantendrá la llama ardiendo? ¿La arrojará para ponerse a salvo?
 
Dos torres gigantes la flanquean, dos promesas, dos gotas de mí mismo, dos faros que siempre brillan guiándome a través de oscuridades y densas nieblas, dos perlas finas, dos del cielo mismo, dos de mi carne, dos de mi alma, dos veces yo, dos veces ella.
 
A la mesa, sentados al festín ya se ubican los principales:
 
El intelecto suponiendo siempre, calculando siempre desconfiando siempre.
 
El amor que es libre y se da cuando le da la gana sin límites, sin bridas ni pausas, pues es, ha sido incontenible y lo será a perpetuidad.
 
La razón es soberana de una monarquía moderada pues aporta, pero no tiene voz ni voto a decisiones trascendentes.
 
La pasión que da a cada quién su lugar, esa que comanda ejércitos y mueve montañas, la que sortea abismos y provoca huracanes, es ella quien toma el lugar principal, ella la que rige y domina ¿quién habrá de acometerla?
 
A la celebración presente siempre está el nazareno, ese quien a todos los anteriores los pies lava cada noche, sereno asume su tarea, humilde cumple su encomienda y Judas de todos el que más lo ama, nota con sobresalto mi observancia, se pone de pie y hacia mi avanza, yo trago saliva e incrédulo parpadeo, pupila a pupila frente al espejo, me mira azorado.
 
A escasos centímetros de distancia no encuentro diferencias.
 
¿Soy yo o es él? ¿Cuál de los dos lados es real?
 
El vértigo de pronto me invade, doy un par de pasos atrás, aprieto instintivamente los puños y en el izquierdo chasquea el oro romano dentro de una breve manga, Judas por su parte regresa a su mesa, da un sorbo al café y reanuda con afán la escritura, entonces tras el espejo, confundido y asustado, corro en busca de protección, doy de frente al rostro del Cristo, le beso con pasión la mejilla y de inmediato me horrorizo, tras de mí una muchedumbre se le echa encima al instante, él me mira amorosamente y lleno de calma se deja conducir, dando media vuelta toma el rumbo al sendero ineludible destino al Gólgota…