La cultura es un bien privado que algunos tratan de hacer público

Neoliberalismo cultural.

 

Por: Abraham Guerrero

La vida cultural en México es rica y diversa. De la misma manera que nuestra geografía tiene selvas, desiertos, montañas, bosques, los dedicados al quehacer cultural se pueden desarrollar en ambientes que les son propicios a la creación y donde pueden florecer o, por el contrario, luchan por la sobrevivencia en medio de las adversidades y la incomprensión pública.
 
Tan solo veamos la dinámica de la vida cultural en las principales ciudades de la Península de Yucatán para entender que Mérida es una ciudad de carácter cosmopolita en la que la cultura se considera un bien público y es fomentada por el gobierno, la sociedad civil y la iniciativa privada. El gobierno federal, estatal y municipal, universidades y asociaciones civiles cuentan con infraestructura y proyectos además de coordinarse en proyectos comunes.
 
Si nos fuéramos a la comparación entre capitales del estado, veríamos que la diferencia entre lo que sucede en Campeche y Chetumal es abismal. En Cancún, la segunda ciudad en importancia de la región, la cultura es un bien privado que algunos tratan de hacer público pero que se enfrenta a fuertes problemas. Uno de ellos es el provincianismo de sus creadores, cuya mayoría son celebridades locales sin proyección nacional o estatal, y cuya intrascendencia en la vida pública sólo genera frustración y una lucha feroz por los escasísimos recursos del sector.
 
Otro problema es la falta de personal capacitado en la gestión cultural. La mayoría de los funcionarios públicos culturales carecen de una visión de cultura y por lo tanto son incapaces de generar políticas públicas al respecto. Trienio tras trienio es común ver el desfile de funcionarios públicos municipales a los que se debe “sensibilizar” sobre la cultura porque su puesto es un patito feo.
 
Esta diferencia entre ciudades se entiende desde el actuar de las instituciones públicas. La cultura y los servicios culturales están consagrados en la constitución como un derecho. Si no existen los mecanismos que obliguen a las dependencias públicas a realizarlo, entonces veremos la intrascendencia de la ley general sobre el tema.
 
En las últimas dos décadas el neoliberalismo mexicano logró imponer su lógica en tantos aspectos de la vida pública como la economía, la vida laboral y hasta en las formas en las que se realizó la corrupción. Y si los tentáculos de la liberalización llegaron a tanto es porque modificaron hábitos y prácticas y deseos de las personas; es decir, cambiaron la cultura. Paradójicamente, eso que se llamaría “vida cultural” también fue modificada.
 
La ley de cultura es el fiel de la balanza entre el quehacer público y la privatización cultural. Podría convertirse en el dique que frene el proceso neoliberal en el sector y que ayude a disminuir la brecha cultural que existe en los territorios de la región.