DOS PERROS Y LA LLUVIA

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CON M MAYÚSCULA

 
 
 
POR: BIBIÁN REYES
Húmeda tarde de verano en Tulancingo, la lluvia repentina provoca el malestar de la gente, el vértigo de la urgencia por guarecerse es el común, los tianguistas se cubren con largos enlonados, niños con su impermeable puesto parecen camellos con las mochilas debajo, señoras con chamaquitos de la mano se protegen con lo que pueden o se guarecen en las marquesinas y quicios de los negocios, la mayoría evade como puede las bendiciones del cielo convertidas en gotas de agua, solo los jóvenes enamorados parecen disfrutarla, de la mano caminan sin prisa dejándola ser sobre sus hombros, el fuego del amor evapora el elemento vital, van dejando un halo mágico, maravilloso.
 
Marcho en línea recta a mi ruta esquivando locas carreras de personas que cruzan el centenario parque, disfruto la lluvia, intento ser uno con ella, pero la nostalgia de muchos recuerdos ligados a ésta me salpica con cada gota que se estrella al piso, me reflejo en cada charca, pero en ningún rostro, el run run de la lluvia disuelve lentamente el ruido de la mente, click, clack, click, clack, click, clack.
 
Voy ahora por la carretera, distingo urbanidad y campo, campo y urbanidad, la lluvia muestra borroso el fecundo valle, el click clack no cede, cilck clack que riega los campos, activando las semilla recién sembrada, click clack que crea riachuelos en las parcelas, click clack que alegra al campesino, quien en un arranque de buen ánimo toma su sombrero, se viste el jorongo y sale entre el click clack a cosechar hongos y zetas silvestres, pues es el momento más adecuado, justo brotan con la suave y persistente llovizna, con un silbido bajo llama a sus perros, los que aburridos de jugar y corretear entre sí, inician loca carrera rebasando enseguida a su amo que enfila rumbo a los montes; caminar bajo la lluvia sólo es superado por caminar bajo la lluvia en el campo, nadie mejor que él lo sabe, un par de horas después vuelve precedido de ladridos de sus fieles guardianes, que alegres por la aventura lo anuncian escandalosos, un repleto costal de manta se vacía en el piso junto al fogón, basta extender la mano fuera del jacal para enjuagarle la tierra a los coloridos hongos: Yemas de un amarillo dorado, colosales semas marrones y un montón de patas de pájaro van colmando uno a uno el viejo comal sazonado ya con ajos y cebolla, en una ollita de barro frijoles negros recién retirados del fuego, burbujean expidiendo inconfundible y apetitoso olor a epazote y chilitos picados, la familia se reúne escuchando detalles de la recolecta y llenando sus estómagos con los manjares dignos de cualquier rey.
 
Un relámpago ahuyenta mis fantasías, ya anochece, las luces brillan y se apagan con la densidad de las gotas, a lo lejos las ranas iniciaron hace un rato su competencia anual buscando el croar más sonoro, las calles vidriosas lucen desoladas, sólo un perro acurrucado en una escalón me mira asustado, tal vez está perdido, se aproxima temeroso, me detengo frente a éste, lame mi mano en busca de compañía o protección, le miro y descubro otras semejanzas entre nosotros, mestizos mojados solos en la noche, “vente compañero” -le digo bajito- tomo mi lugar en el otro extremo del escalón y juntos, perro de campo y perro de ciudad disfrutamos en compañía el resto del aguacero.