Refugiados en el paraíso / 1

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William es un abogado venezolano.

MARCO ANTONIO BARRERA

CANCÚN, Q. ROO.- Es William Palma, abogado venezolano. Es un refugiado.

México lo abrazó frente a los problemas políticos, económicos y sociales que aquejan a su país, causantes del éxodo de cuatro millones de personas.

Tiene 28 años y llegó a Cancún hace 5 meses. Tiene una condición migratoria legal con la que puede trabajar y viajar por México.

No se ve así mismo radicando de manera definitiva en Cancún, pero tiene claro que si pudiera, traería consigo a su familia, entre padre, hermanos, tíos y abuelos.

De su país lo recuerda todo, una devaluación de la moneda equivalente a 180 millones de veces que se traduce en desempleo, sueldos muy bajos, desabasto de alimento y escasez de medicinas. También hay represión, inseguridad y falta de democracia.

En Venezuela, asegura, se come una sola vez al día y mal. Mantiene rencor a quienes los gobiernan y no lo oculta: “Todo por un hijo de puta que acabó con un país en menos de 20 años”.

Dice que su Patria va de mal en peor. Un sueldo mensual promedio equivale a un dólar, frente a una canasta básica que cuesta 100 veces más.

El mejor consejo lo recibió de su padre, un abogado y político. “Me dijo que me fuera, que en Venezuela nos habían robado el futuro a los jóvenes”. William lo vivió en carne propia.

De su país salió con lo que traía puesto, una maleta y dos mil 500 dólares. Pudo pagar 800 billetes verdes para el boleto de avión. Tuvo suerte, mucha, comparada con otros connacionales que dejan su país en autobús o caminando.

Nació en Calabozo Guárico, centro geográfico de Venezuela. Ahí se produce 80 por ciento de la producción nacional de arroz. “Es curioso pero jamás pudimos comerlo, no estaba permitido”, recuerda.

Su familia conserva una granja en la que produce pollo, cerdo, leche y huevo. El arroz debe venderlo al gobierno a mitad de lo que les cuesta. Si lo hacen por cuenta propia van presos acusados de sabotaje y forman parte del boicot yanqui a la economía nacional.

Insiste en que su país le arrebató todo, su familia, el fruto de su esfuerzo, su negocio, casa y auto. Recuerda que tenía un centro telefónico turístico que fue saqueado y destruido por una turba hambrienta, el 3 de enero pasado.

Tras su exilio, encargó sus bienes a su padre. Recuerda que por su auto pagó 10 mil dólares pero se negó a vender en mil 500.

Trabajó en el Poder Judicial y tuvo que dejarlo. Vivió malas condiciones y presión laboral. Supo que su integridad estaba en riesgo. “Hasta la delincuencia te busca”.

Renunció hace cuatro años pero jamás le fue aceptada. Se le notificó y se le fincaron cargos. Se avecinaban problemas legales, decidió irse y no volver. En marzo pasado llegó a Colombia y de ahí viajó a Cancún.

Su socio comercial supo de su situación y le tendió la mano. Lo recibió en su hogar desde el 25 de junio. Ya cumplió seis meses.

Lo que más extraña en su exilio es su familia, habla con ellos todos los días, usa la video llamada, “pero los extraño”.

Su madre tiene vida aparte, en Perú. La ve menos. Su padre no saldrá de Venezuela, tiene 58 años, y no abandonará todo aquello por lo que luchó toda su vida”.

William considera que fracasó el modelo económico en su Patria. “Cuando iba a llegar al poder Hugo Chávez la paridad de un dólar era de 1.15 bolívares y 2.15 cuando tomó posesión. Hoy cuesta 180 millones”.

Se dio cuenta que su moneda valía cada vez menos. Cambió bolívares por dólares, y vendió turismo en línea a colombianos para que visitaran Cancún, por cuyo trabajo cobró en dólares. Así progresó.

México lo ha tratado bien, está en deuda, es su segundo hogar, pero tiene la esperanza de regresar a casa, si cambian las cosas. Aclara que nada se compara al hogar.

Aquí vive bien y hasta se da ciertos lujos. “Compro mis cigarros y los fines de semana voy a pasear, quizá me quedo en un hotel”. Son cosas que perdió Venezuela. “Allá se trabaja día con día y es para sobrevivir”.

Envía dinero a su familia y a su hermano de 17 años de edad, a quien traerá apenas pueda salir de su país. Fueron muy unidos y se parecen hasta en el aspecto físico. Nunca vivieron separados. Lo echa de menos.

Reconoce que traerlo será difícil, no tiene pasaporte ni hay manera que lo consiga. Su hermana estará bien pues irá con su madre.

“En realidad desearía tener los medios para pagarle boletos a todos y que vengan”, asegura.

Se estima que para marzo próximo habrá otros dos millones de exiliados que partirán de Venezuela. De ser así, sumarían ya casi seis millones en el último año. Algunos reciben refugio en el Perú y otros en México. ”Que sea lo que Dios quiera”, comenta.

Venezuela tiene cinco poderes, el nacional ejecutivo, legislativo, judicial, ciudadano y moral. Ninguno fue capaz de ofrecer un futuro a Wiliam.