Emprende su futuro con aroma y sabor a Venezuela

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Cocina las delicias de la comida típica con un toque mexicano; las vende en Cancún.

 
 

MARCO ANTONIO BARRERA

CANCÚN, Q. ROO.- Henry es un emprendedor y lleva a Venezuela en el paladar. Está cada día más cerca de ser un refugiado en México.

 

Tiene 34 años y su vida ha sido como un menú, nuevo, cada día distinto. Creía en su país, donde se esforzó y construyó un destino que abandonó hace dos años. Fue una cuestión de supervivencia. Ahora, entre aromas, sabores y “delicias”, trabaja para recuperarlo.

 

De Venezuela tiene sentimientos encontrados. Conserva a su familia y buenos recuerdos de su madre, cinco hermanos, primos, tíos y amigos. También tuvo un restaurante rentable, una boda que se duplicó, por lo civil y religiosa, en ciudades distintas para agasajar a los suyos y a los de su esposa. Tuvo un hogar que construyó el mismo. El negocio lo vendió y su casa la encargó.

 

Henry no vive del pasado pero reconoce que su exilio fue obligado, como ocurre entre millones de compatriotas, frente a condiciones políticas, económicas y sociales adversas que privan en su país.

 

Dice que la crisis económica aguda que persiste se reflejó en carestía y, a su vez, se tradujo en inseguridad y robos, algunas veces marcados por cuestiones de supervivencia. No lo justifica pero afecta a todos en cascada.

 

Su vida la hizo en la ciudad de Coro, capital del municipio Miranda y principal centro cultural, histórico, artístico, educacional y político-administrativo del estado Falcón.

 

Fundó y administró un restaurante de comida típica, por más de siete años. Llegó a tener empleados que a su vez, mantenían familias. Su esposa contaba también con un local de comida rápida. Su vida transcurría entre los sabores, aromas y las delicias del paladar.

 

“Cancún fue como una luz al final del túnel”, refiere. La falta y el encarecimiento de insumos para su restaurante lo dejaba sin ganancia, de un día para otro. Por la mañana se percataba también que había sido robado.

 

No sabía cuando ocurriría pero se volvió costumbre, debía reponer enseres, electrodomésticos y hasta los ingredientes. “Cada vez tenía que poner más de mi bolsillo”. Ya no era negocio, las pérdidas fueron mayores y “vendí mi local a precio de gallina flaca”, muy barato.

 

Dejó algo de dinero a su esposa y pudo costear el boleto de autobús para llegar a Cúcuta, en la frontera con Colombia. Siete años de trabajo a cambio de un trayecto de poco más de 500 kilómetros.

 

“Salí con cuatro trapos en la maleta, olvidando todo, casa y negocio”, recuerda.

 

Dice que es muy duro empezar de cero, levantarse pensando lo que hará y entre dudas si se queda o regresa. “¿Qué va ser de nuestras vidas? ¿Algún día mejorará? Me lo preguntaba cada instante, pero aquí andamos echándole para adelante. Aquí estamos gracias a Dios”, agrega con optimismo.

 

Acá tiene dos hermanas y una le pagó el boleto de avión de Medellín a Cancún. “Me habló y me dijo que si quería me viniera, ella me ayudaba a buscar trabajo”. Así lo hizo, estuvo varias semanas sin hacer nada. Contó con el apoyo de quien trabaja en una bisutería y le va bien económicamente. Agradece siempre la ayuda.

 

Reconoce que desconocía las leyes migratorias de México y tenía miedo a ser deportado. Para mantenerse “regular” viajaba a Chetumal, salía de México y resellaba pasaporte en Belice. Así lo hizo durante año y medio.

 

“Temí volver a Venezuela con los brazos limpios y cruzados. Y empezar de cero, y aún peor, porque a vendí mis pertenencias. Tendría que empezar peor que como estaba”, comenta.

 

Hace un año, la Navidad pasada, emprendió nuevamente su negocio de antojitos típicos. Inició desde la informalidad pues la falta de una situación migratoria regular impedía hacerlo desde un lugar establecido.

 

Desde entonces utiliza las redes sociales para vender comida típica. Hace unos días, durante las festividades sirvió Pan de jamón, elaborado con harina, relleno de jamón cocido, pasas y aceitunas, tradicional en su país.

 

Su aliado es el facebook y desde esa plataforma ofrece el popular “patacone”, un platillo con ensalada, carne roja o de pollo, jamón, queso, lechuga y tomate. Además, ofrece empanadas, cachapas, muy parecidas a las panquecas o tortas finas, pero a base de harina de maíz, y los tradicionales pepitos, semejantes a una hamburguesa pero con pan baguette. A diferencia de su país, asegura que acá si consigue los ingredientes, no batalla para tenerlos.

 

Hace un año logró traer a su esposa, consiguió el vuelo más económico. De ahí hizo lo mismo con su cuñada y cuñado, además los hijos de ambos. “Entre familia nos hemos ayudado”, menciona.

 

Entre todos rentan una vivienda donde preparan la comida que ofrecen. “Vendiendo comida, así subsistimos”, señala.

 

Dice que echa de menos a los suyos. “Cada que hablo con mi madre llora, me dice que me extraña mucho y me pide que me devuelva, pero qué gano con irme si lo que pueda ahorrar se me va ir allá. Más ayuda les puedo dar desde aquí”, comenta.

 

Reitera su apego a la familia. Desde Cancún ayuda a la suya y le envía dinero. Sabe que cualquier cantidad es imprescindible para su bienestar. “La semana pasada mandé a mi mamá 500 pesos”. La cantidad representa el equivalente a cuatro meses de salario.

 

Su madre tiene 53 años. Hace dos años que no la ve en persona pese a que padece de presión arterial. Trabaja en el Ministerio de Educación y recibe un salario mensual de mil 800 bolívares soberanos. El medicamento que requiere para controlar el padecimiento equivale al sueldo de todo un mes.

 

El sueldo que percibe equivale a comprar dos kilos de pollo. No le alcanza para el arroz, espagueti, papel sanitario ni jabón, que requiere como mínimo cualquier familia.

 

De ese tamaño representa la ayuda que envía Henry, así de importante y determinante es cada peso que manda. “Para mí es muy grato enviar dinero”.

 

Refiere que le gustaría traerlos y hacer una vida en familia, comer juntos. “A veces me da tristeza tener un plato de comida con todas sus delicias, ensalada, jugo y guarnición, como debería ser una mesa en familia, mientras que no se que coman por allá”.

 

Recuerda que “las filas son kilométricas para conseguir pan o harina” para hacer arepas o empanadas. “No se consiguen esos insumos y cuando lo logras te cuestan hasta 10 veces su valor real”.

 

Dice que le gustaría regresar a su país, pero lo ha descartado. “Lamentablemente la administración del mismo gobierno está acabando con todo, mucha corrupción, inseguridad y falta de medicinas”, añade.

 

Refiere que antes de pensar en volver a su país, éste deberá haber estabilidad, seguridad y justicia social. Por eso es que veo lejano su retorno.

 

Agradece a México su calidez, además de su estabilidad económica. “Me ha ofrecido la mano de corazón cuando la situación es muy crítica en mi país”. Resalta que se quedará en definitiva en Cancún, lugar que califica de muy acogedor y el sitio en que se establecerá en definitiva.

 

Henry sueña con tener nuevamente un restaurante. Sabe que el primer paso será tener una situación migratoria regular. El trámite lo comenzó el pasado tres de octubre.

 

“Mi mayor sueño es tener un hijo, es parte de los planes”, comparte. También, visitar a su familia o traer a su mamá “Lo estamos planificando para 2019”.

 

Dice que la comida le ha permitido subsistir pero al mismo tiempo, conocer a la comunidad venezolana en este destino de playa, lo que le ha facilitado su estancia.

 

Desde el facebook “Delicias venezolanas” trabaja en su futuro, como lo hizo alguna vez, pero hoy a más de dos mil 100 kilómetros de distancia por aire.

 

En tanto se resuelve su situación migratoria, Henry seguirá cocinando y vendiendo lo que llama “delicias venezolanas”, como patakon (hamburguesa de plátano macho), arenque (pez parecido a la sardina), empanadas, pepitos, hamburguesas y “hot dog”, siempre con su picante, el toque mexicano.