Honran a heredera de la cultura kiliwa

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Farldow es autora de cantos, cuentos y juegos indígenas de Baja California.

YANIRETH ISRADE AGENCIA REFORMA

CIUDAD DE MÉXICO.- Para la escritora, profesora y artesana Leonor Farldow Espinoza, radicada en el ejido de Arroyo de León, al sur de Ensenada, en Baja California, cualquier momento es propicio para hablar kiliwa.

“Nosotros hablamos kiliwa en cualquier momento, no esperamos que sea algo especial: cuando nos quitamos los zapatos para acostarnos, o cuando estamos en la mesa lo hablamos para decir: ‘Dame la azúcar o sírveme más café'”, comparte en entrevista telefónica. Ganadora este año del Premio Nacional de Artes en el campo de las Artes y las Tradicionales Populares por su trabajo en la preservación del legado kiliwa, Farldow, de 82 años, ejerce el magisterio aun desde el teléfono.

“Buenas tardes”, por ejemplo, se dice en kiliwa “Eñiaay kuteey”; “Yo” es “Ñaap”, y “Noche” se traduce como “Teey”, expone la autora, junto con Arnulfo Estrada, del Diccionario práctico de la lengua kiliwa, disponible para su descarga gratuita en la página http://www.cdi.gob. mx/dmdocuments/diccionario_kiliwa.pdf.

Dicha lengua, parte de la familia etnolingüística yumana, es un idioma que agoniza, pues los indígenas, arraigados desde la prehistoria en territorios de lomeríos rocosos y vegetación desértica, no suelen hablarlo en familia para comunicarse cotidianamente, como sí lo hace Farldow con sus hijas; recurren, en cambio, al español. El cultivo contemporáneo del kiliwa ha sido labor, sobre todo, de mujeres, cuenta la también autora de Cantos, cuentos y juegos indígenas de Baja California.

Reconoce que ella, en su juventud, prefería también comunicarse en castellano, que aprendió tardíamente porque en su casa, en realidad, hablaban el inglés; su padre era el cherokee Tom Farldow Roberts. El kiliwa era la lengua de su madre, Josefa Espinoza Cañedo. “Los blancos siempre decían que los indios son esto y lo otro, y dije: ‘Nunca les voy a enseñar a mis hijos (su lengua materna), para que no los estén discriminando’.

Después empecé a trabajar en artesanías; fui a Colorado, a San Diego, a muchos lugares de Estados Unidos y de México, y un amigo oceanólogo me dijo que les enseñara kiliwa a mis hijos, y empecé a hacerlo. “Luego vino gente de la universidad a hacer preguntas, porque les interesaba esto.

No sabían que había unos indios que se están acabando y querían conocerlos”. La lengua se acaba, aclara, no los indios, aunque sí su cultura.