CON M MAYÚSCULA

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El santa clon (Segunda parte)

 
 
 
 
 
POR: BIBIÁN REYES
 
No siempre fue el conocido “Santa clon”, ni teporocho tampoco. Antes, cuando era mucho más joven, primero se ganaba la vida como cargador en una tienda de materiales y luego como chofer repartidor y cargador de materiales, puesto que se ganó en el segundo mes de trabajo, después  que asaltaran el establecimiento a mano armada y el antiguo chofer renunciara tras ser diagnosticado con diabetes por el sustotote.
 
“¡Pinches mamadas, ahora tengo que manejar, repartir y descargar, por méndigos doscientos varos más a la semana! ¡Patrón hijo de su reputisísima madre! ¡Por eso se le va a podrir el culo! ¡Y por eso precisamente lo asaltaron! ¡Por ojete me cae de madre!….”
 
Javier era su nombre de pila, pero ahí en el callejón era conocido como don gabis; de lunes a sábado, como a las seis o siete de la tarde, llegaba bien cenizo a la vecindad por tanto bulto de cal, mortero y cemento que repartía a diario. Ahí lo recibía su feroz e incondicional perro llamado Oliverio, que lo cuidaba de día o de noche, estando su amo en sano juicio o pedo, crudo o credo (que es el punto entre estar pedo y pasar a estar crudo, valga la aclaración). El fiero Olivero era perro corriente cruzado con de la calle, pero con antepasados pequineses de Japón, -juraba don gabis, quien lo había salvado de que se lo llevara el camión de la basura-.
 
“Estaba dentro de una bolsa de plástico bien amarrada; eran como las nueve de la mañana, me había bajado de la camioneta a comprarme unos cigarros y una coca, vi la bolsa moverse y pensé que era una rata, pero luego escuché cómo lloraba el animalito, y me di cuenta que era un perrito recién nacido que había tirado alguna vieja cabrona. Yo pensaba que no se iba a criar porque no podía comer nada todavía, pero me las ingenié para darle su lechita con una bolsita de hule, ya luego le compraba su atolito en las mañanas y ahí poco a poquito se la llevó suave el cabrón…”
 
¡Cómo quería a su pinche perro, que  todo el día se la pasaba de güevón echado en la sombra o el sol!  Sólo se alocaba cuando llegaba su amo, salía disparado a recibirlo apenas lo olfateaba, qué fiesta le hacía. Don gabis lo chiqueaba con palabras cariñosas  y exclamaba: “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay Oliverio!”, cuando saludaba a algún vecino para que el perro reaccionara furioso, y luego lo calmaba…
 
“Este sí es fiel”, decía en tono de broma, pero muy en serio, pues era secreto a voces que su doña le era infiel y no se contentaba con engañarlo con uno; se decía que lo mismo le daba taco al güey del gas que al pinche tortillero.
 
Prefería anestesiarse con caguamas, a estar dentro de su casa; toda la tarde del sábado que llegaba temprano y todo el domingo se la pasaba en el agua. Llegaba como a las 3 de la tarde,  siempre les llevaba a su familia taco de la calle , ya fueran sopes, huaraches, quesadillas o flautas, -tanto chingarle todos los días como para no darse un gusto el sábado, está cabrón- decía-. Se le amontonaban alrededor sus cuatro hijos, de edades en escalerita, y su doña, con uno en brazos también; como hormigas marabuntas se devoraban los antojitos y así como se habían juntado, se desaparecían una vez terminado el banquete.
 
Entonces Don gabis, sacaba sus delicados, prendía uno, estiraba las piernas y fumaba despacio. Era el único momento de la semana que se sentía pleno y sin algo que envidiar al cabrón más rico que hubiera en el pinche mundo, pensaba; miraba al techo de láminas de asbesto con las manchas negras de las goteras, el foco cochambroso y las telarañas en las esquinas, bajaba la vista para seguir en su ensueño de felicidad y plenitud, y veía las paredes de block encalado, las grietas en las esquinas, los posters del América campeón del ‘86 polvosos y descoloridos. Cambiaba de nuevo de dirección su mirada, veía a su mujer amamantar al más morrito de sus chilpayates, y le venía una sonrisa de ternura, pero era cosa nomás de mirarlo bien y como reconocerle las facciones del tortillero, o del gasero, o de sabe quién chingados y se le reventaba la burbuja que había creado, entonces gritaba encabronadísimo:
 
“¡Comyyyyyy!….¡Comyyyy jijo de tu pelonaaaa!”. Y enseguida se le apersonaba el mayor de sus hijos -lánzate en madriza a la tienda por dos caguamas, pero le dices a la señora que te las dé más frías que las nalgas del muerto-… y dicho esto, el Comisario –que así le apodaban a su hijo mayor- salía destapado a hacer el mandado. Entonces, ya con el encabronamiento, se levantaba de la mesa y salía al patio, llenaba una cubeta con agua de la llave y se daba un baño con agua fría. Salía del baño, se ponía su cadenita de oro, una playera sin mangas para mostrar sus bien desarrollados conejos y marcadísimos pectorales moldeados a puro descargar y cargar  bultos todos los días, se perfumaba bien, sacaba sus cigarros delicados y se paraba frente a su ventanita, daba la orden que se encendiera la radio fuerte y destapaba la primera caguama del fin de semana…
 
Entonces el callejón se transformaba de un lugar inseguro a un lugar inseguro, pero animado: la mejor estación de música tropical amenizaban la tarde y noche, y cuando la radio se tornaba aburrida, un cerro de casetes acomodados en el filo de su ventana esperaban a ser tocados en su radiograbadora portátil con foquitos por todos lados; los temas de Tiberio y sus gatos negros, la Sonora Siguaray y Los pasteles verdes, sonaban bien recio, poco le importaba que los demás vecinos de la vecindad se molestaran por el escándalo.