“Nadie la pasa bien en Venezuela”

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José trabajó en un ingenio azucarero en la ciudad de Barquisimeto, capital del estado de Lara, Venezuela. Vino a descansar a Cancún y decidió quedarse.

 
 
 
POR: MARCO ANTONIO BARRERA
CANCÚN, Q. ROO.- José vino a descansar. Dijo que regresaría a Venezuela, junto a su esposa y cinco hijos. Cuando Nicolás Maduro se reeligió en mayo pasado, supo que las cosas no cambiarían y decidió quedarse. Ahora, intenta ser refugiado.
 
Tiene 53 años de edad y abandonó su país cansado de hacer filas en las Juntas comunales, de hasta ocho horas y a veces sin éxito, para obtener alimento subsidiado, una especie de despensa mensual procedente de México, que le permitía tener alimento en la mesa.
 
Su estrés fue causado también por la inseguridad desbordada, en la que cada vez más de sus compatriotas roban y matan para sobrevivir, sin que haya juicios, castigo ni justicia. “Salías con el miedo, que te asaltaran o te mataran”.
 
En la ciudad de Barquisimeto, capital del estado de Lara y la cuarta más poblada de aquel país, dejó a una familia unida de 12 hermanos, además de primos, sobrinos y nietos. “Ya ni sé cuántos somos”, reconoce.
 
Su esposa es ama de casa y llevan casados 28 años. Nunca estuvieron separados. Tiene también una hija de 16 años de edad que estudia la secundaria.
 
Vivía con su nieta a la que abandonó su nuera hace cuatro años, orillada por la falta de oportunidades para salir adelante. La menor pasó a ser una hija más.
 
José tiene razones suficientes para volver a casa pero decidió no hacerlo, prefirió quedarse en este destino de playa. Sabe que allá, “en Venezuela nadie la pasa bien”.
 
Sus compatriotas que no reciben dinero del extranjero tienen menos posibilidades de alimentarse y menos capacidad de soñar con un mejor futuro, algún día.
 
En su país, reitera, “no se sabe que comerás al día siguiente”, de ese tamaño es la incertidumbre.
 
José trabajó en un ingenio azucarero. Daba mantenimiento mecánico en el área de clarificación y evaporación de jugo. Cuenta detalles certeros de su esposa e hijos pero no recuerda el monto de su último salario. Es algo normal, “con tanto cambio que le han hecho a la moneda”, refiere. Apenas el año pasado, le quitaron cinco ceros a la moneda y nació el bolívar soberano.
 
Lo que tiene claro es que su ingreso no era suficiente ni alcanzaba para alimentar a los suyos, tampoco para tener una vida mejor. “Trabajaba ocho horas diarias y el esfuerzo físico ya no me permitía buscar otro ingreso”. Acá, tiene objetivos y, además, expectativas.
 
Reconoce que cada vez que cuenta lo que ocurre en su país pocos le creen y le dicen “eso es mentira”. Dudan que Venezuela, tan rica y bonita, esté pasando por una crisis económica, política y social tan profunda. “Hay que vivirlo, como lo hemos hecho. Ya tenemos más de 15 años en ese trayecto”, reitera.
 
Dice que la reelección del presidente fue por comicios fraudulentos. A la distancia, la comunidad venezolana se comporta de otra manera. “Cuando estás lejos de tu país, la mentalidad cambia. Acá somos más unidos, organizados y disciplinados”. Lamenta que únicamente ocurra en el exilio.
 
Llegó a Cancún en diciembre de hace un año, venía por 180 días, que es el plazo máximo que estipula la ley migratoria para los visitantes. Los amigos de una de sus hijas lo invitaron a descansar y a sobreponerse del estrés. Así lo hizo.
 
José recibe la ayuda de personas que viven en Playa del Carmen. No puede trabajar de manera formal, requiere de un permiso especial.
 
Quienes lo ayudan le brindan alimento, cobija y un techo. Atiende pendientes y se gana un dinero, con el que ayuda a su familia.
 
José sonríe casi todo el tiempo, pero su voz se quiebra cuando habla de su familia. “Si la extraño, todos los días nos escribimos y nos llamamos”. Su esposa lo alienta a seguir adelante. “Con el favor de Dios, estaremos juntos nuevamente”, advierte.
 
Quiere traer a su hija. “Apenas está empezando a vivir y no quiero que lleve esa vida, mejor que la disfrute, sea libre, se exprese y pueda hacer sus cosas. Que termine su secundaria allá y venga a estudiar la universidad”, comparte.
 
Comenta que su hija adolescente reselló su pasaporte y pagó por una prórroga de vigencia de dos años, pero el trámite está detenido. El gobierno de su país trata de evitar que el venezolano siga migrando. “Ya hay demasiada gente fuera y no quieren que el mundo se entere de la situación real, de lo que se está viviendo allá”.
 
Acá, José inició su trámite para obtener una condición de refugiado desde julio pasado. Lo hizo fuera de plazo, pero ya expresó los motivos de su retardo.
 
A partir de entonces, lunes tras lunes, acude al Instituto Nacional de Migración para firmar el libro de asistencia, sabe que si falla, su petición quedará cancelada.
 
Como decenas de extranjeros, se acerca a unos listados exhibidos con la esperanza de encontrar su nombre. “Hay que buscarse y alegrarse si uno está ahí. Cualquier papel es muy bueno e importante”, comparte.
 
Así es José, un venezolano en México que vive con la esperanza de reencontrarse con su familia, comer con ellos en la misma mesa y, al mismo tiempo, regresar algún día a su Patria. “Si tenemos otro gobierno, entonces quiero ir a morir a mi país”, concluye.