Abraza El Carmen historia centenaria

La pervivencia de El Carmen en sus piezas de arte sacro tras el abandono del sitio, observa el restaurador Alfredo Marín, director del recinto, parecerían obra del milagro.

 
 
 
 
 
POR: YANIRETH ISRADE/AGENCIA REFORMA
CIUDAD DE MÉXICO.- Difícil no remitirse a los milagros cuando se repasa la historia del Museo de El Carmen, en San Ángel, que este 2019 cumple 90 años como recinto museístico.
 
Más antiguo es el inmueble que lo alberga: frailes carmelitas descalzos lo edificaron en el siglo 17 como convento y escuela, hasta que dos centurias después las Leyes de Reforma los expulsaron y cerraron el imponente conjunto, provisto de un huerto que se extendió alguna vez hasta Chimalistac y un acervo artístico que incluía obras de pintores como Cristóbal de Villalpando, Miguel Cabrera y Juan Correa.
 
La pervivencia de sus piezas de arte sacro tras el abandono del sitio, observa el restaurador Alfredo Marín, director del recinto, parecería obra del milagro.
 
“Se vendieron, sobre todo, (los terrenos) del huerto, pero nos quedó, casi en su totalidad, el conjunto conventual, que a pesar de haber sido abandonado, fraccionado, mutilado y saqueado, conservó las piezas”, recuerda.
 
“Creería en los milagros, porque no atribuyo a otra cosa que siga existiendo el retablo salomónico recubierto con hoja de oro que pusieron los carmelitas en la capilla doméstica o capilla privada de los frailes: acordémonos que eran monjes de clausura y no podían salir; oficiaban sus misas aquí”.
 
Marín destaca también la permanencia, en la sacristía, de cinco pinturas de Villalpando alusivas a La Pasión. Este mismo espacio, de techo profusamente decorado, preservó un mueble con incrustaciones de maderas semipreciosas, donde los frailes guardaban las casullas o atuendos para celebrar misa.
 
Piezas adosadas, como el escudo de San Juan de Valdivia en la capilla mortuoria, pilas de alabastro de agua bendita o azulejo de talavera perduraron también desde el siglo 17.
 
“Estuvo el lugar abandonado, nadie lo controlaba, y esas piezas se quedaron. ¿Cómo se le llama a eso?”, insiste Marín.
 
Opuesta fue la suerte de los libros de la biblioteca: desaparecieron los 13 mil que alojó, a pesar del letrero que advierte, en un antiguo muro, que se excomulgaría a quienes retiraran del sitio un ejemplar, así fuera prestado.
 
La colección, con obras que trascendieron siglos, provenientes del antiguo convento y otros acervos, supera las 700 piezas, entre pinturas, esculturas, cerámica, documentos y textiles que convierten al museo en el más importante de arte virreinal en la Ciudad de México, afirma el restaurador.
 
La joya más importante es el inmueble mismo y su claustro, desde donde se avistan las cúpulas revestidas de azulejo; las antiguas celdas adaptadas como salas de exhibición, las pinturas murales, las capillas, los lavabos y el vestigio del huerto, donde, según la leyenda, los frailes crearon la manzana California, de color amarillo, refiere Marín, quien desde hace casi 14 años, que asumió las riendas del recinto, reivindicó los valores culturales del conjunto conventual, conocido en el pasado como “Museo de las Momias” por los 12 cadáveres desecados que resguarda en su cripta.
 
Se dice que cuando los revolucionarios buscaban los tesoros de los carmelitas hallaron sólo estas momias, cuya procedencia se desconoce. Algunos opinan que los cuerpos pertenecen a benefactores del convento; otros las ubican en el siglo 19. El misterio pervive.
 
“Siguen siendo protagonistas del espacio, piezas muy importantes, (pero) no lo único”, celebra Marín.
 
Figuras en cera de la escultora Carmen Antúnez que representan danzas de México complementan la colección permanente del recinto, visitado ahora por un promedio de 150 personas al día. Hace tres lustros eran 20 o 30. En fines de semana acuden, como mínimo, 700, y en fechas especiales, como la Feria de las Flores, la cifra se dispara a 2 mil.
 
El recinto, a pesar de sus 90 años, aguarda aún su redescubrimiento.