Retoma 'cresta' Rivera Garza

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Cristina Rivera Garza continúa con la ficción documental con base en investigación de archivo, como lo hizo en Había mucha neblina o humo o no sé qué, sobre Juan Rulfo.

 
 
 
 
POR: ERIKA P. BUCIO/AGENCIA REFORMA
CIUDAD DE MÉXICO.- “Éste el momento de La cresta de Ilión”, asegura Cristina Rivera Garza.
 
Lo es porque más que nunca, y a 15 años de la aparición de la novela, ha aumentado la violencia contra las mujeres e inmigrantes no sólo en la frontera sino en el País. “Por desgracia, la violencia sigue ahí”, lamenta. “Por fortuna, vemos un activismo mucho más visible por parte de las nuevas generaciones”.
 
En aquella época vivía entre Tijuana y San Diego, le interesaba ligar la desaparición de cuerpos de mujeres con la desaparición cultural de los corpus literarios de mujeres. Había resistencia, dice, sobre todo entre escritores mexicanos, para hablar de género. “Decían que no era una cuestión literaria sino que correspondía a otros foros”, dice. A Rivera Garza le parecía justo lo contrario.
 
En la nueva versión en español de la novela publicada por Random House, que incorpora las líneas y párrafos añadidos en su traducción al inglés por Rivera Garza, la escritora advierte: “Mientras que las voces de las mujeres en todo el mundo siguen silenciándose y los que están en el poder aún defienden la irrelevancia de la igualdad de género, los personajes de este libro saben que el género -y lo que se hace en nombre del género- puede ser letal”.
 
Eligió la obra de Amparo Dávila (Zacatecas, 1928) como centro del enigma de la novela. En una noche de tormenta, un médico que trabaja en un hospital con pacientes terminales recibe en su casa la visita de dos mujeres misteriosas. Ambas se comunican en un lenguaje que a él le resulta incomprensible. Una se presenta como Amparo Dávila.
 
Al volverla personaje de su novela, Rivera Garza no quería mostrarla como una presencia adyacente del texto sino visibilizar el diálogo sostenido con su obra, en lugar de padecer la “ansiedad de la influencia”. En libros posteriores se encargaría de proceder del mismo modo y mostrar sus diálogos con otros autores: Alejandra Pizarnik, en La muerte me da, y los cuentos de los hermanos Grimm, en El mal de la taiga.
 
Supo que los editores enviaron el manuscrito a Dávila antes de su primera publicación en 2002.
 
“Creo que al inicio su reacción fue cautelosa, habría que preguntarle ahora. Por mi parte, sigo admirando su trabajo, hay temas y tratamientos que eran absolutamente reveladores para el momento en que los escribió y en lecturas posteriores sigue siendo estupenda”.
 
Para La cresta de Ilión, le interesó en particular la obra de Dávila por su manejo del registro fantástico y la construcción de atmósferas a partir del miedo y la paranoia. Desde el epígrafe, la novela está llena de guiños a la obra de la escritora zacatecana, además de personajes históricos como Juan Escutia.
 
La novela abrió una veta en su escritura, aprendió a moverse con mayor soltura en el registro de lo fantástico, lo gótico, el horror y la ficción especulativa, que se reflejaría en La muerte me da y El mal de la taiga.
 
“La novela la escribí en San Diego mientras estaba muy cercana a una tradición experimental de la escritura de la costa este de los Estados Unidos”, dice.
 
Rivera Garza continúa con la ficción documental con base en investigación de archivo, como lo hizo en Había mucha neblina o humo o no sé qué, sobre Juan Rulfo. Afincada en Estados Unidos desde 1989, cumple hasta el verano una estancia en la Universidad de Stanford, donde confía en terminar un nuevo libro en el que explora una historia familiar en el contexto de un proceso de producción industrial del algodón entre Texas y Tamaulipas, en la década de 1930.
 
“He estado haciendo por años investigación documental, pero no quiero que sea un libro nada más de documento, quiero que sea también ficción, un poco construyendo sobre lo que hice en el libro de Rulfo pero llevándolo a consecuencias más radicales, espero que así sea”.