Los extremismos en Latinoamérica. Bolsonaro vs AMLO

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Lo interesante es ver cómo a pesar de la coincidencia en cuanto al cambio político radical, los gobiernos defienden tendencias ideológicas totalmente adversas.

 

Hoy en día, el contexto político en el que se desenvuelven diversas naciones del mundo refleja el hartazgo social ante sistemas corruptos, llenos de impunidad o de insatisfacción generalizada por las precarias condiciones de vida preponderantes en las masas. Vemos cómo la ultraderecha se fortalece enormemente en Francia y Alemania, cómo el Brexit triunfó inverosímilmente en las urnas y cómo emergen gobiernos extremistas, hasta hace poco impensables en la escena global; como es el caso evidente de Donald Trump, pero también el de Jair Bolsonaro en Brasil o Andrés Manuel López Obrador, con un triunfo avasallador en México.

 

Lo interesante es ver cómo a pesar de la coincidencia en cuanto al cambio político radical, los gobiernos defienden tendencias ideológicas totalmente adversas. Analicemos a los gobiernos latinoamericanos. Por un lado, vemos cómo el fenómeno populista de Trump, con un discurso xenófobo, discriminatorio y divisionista, fue el mismo utilizado por Jair Bolsonaro en Brasil para alcanzar el poder.

 

El gigante sudamericano, con una tradición izquierdista–progresista muy sólida que dominó las urnas por décadas enteras, hoy afronta una presidencia liderada por un exmilitar, declarado admirador de la dictadura brasileña y de Donald Trump, con un gobierno conservador, ultraderechista y autoritario, proclive al libre comercio neoliberalista, que renuncia a las políticas previas que daban prioridad al proteccionismo económico, la productividad interna y el bienestar social.

 

Por el otro lado, vemos a un México que después de haber sido gobernado por el PRI, por setenta y siete años (incluyendo a Peña Nieto), con una ideología autodeterminada de centroderecha, sumado a doce años de gobiernos provenientes de la facción política más derechista del país, con el Partido Acción Nacional; hoy se encuentra liderado por el flamante gobierno izquierdista de AMLO que prioriza el proteccionismo interno, con políticas enfocadas en el desarrollo hacia adentro, criticando severamente las tendencias neoliberales adoptadas por los previos gobiernos, durante al menos treinta años.

 

Hay que considerar que estos extremismos contrapuestos en la diplomacia de los dos gigantes latinoamericanos no son aislados y afectan directamente las proyecciones sobre la tan necesitada integración bilateral. AMLO, al enfocarse en el desarrollo interno, parece estar dejando de lado la política exterior; aun cuando se ha pronunciado a favor de la diversificación de los mercados y de su intención de acercarse a América Latina y a los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Por su lado, el presidente brasileño, en su tendencia librecambista, parece centrarse en fortalecer sus relaciones tradicionales dentro del Mercosur, con China y con la Unión Europea, reviviendo la hasta ahora fallida negociación por un acuerdo entre los bloques económicos que dominan ambas regiones.

 

La divergencia ideológica entre ambos países no parece dar pie a un acercamiento mayor entre Brasil y México, por una alianza estratégica entre las partes; elemento esencial para fortalecer ambas economías, ante el proteccionismo estadounidense y la injerencia china en la región.

 

Las discrepancias más evidentes entre el Brasil y el México de hoy radican en sus preferencias geográficas adversas para negociar acuerdos (Brasil: Europa y China vs México: Estados Unidos y Asia Pacífico), la lealtad a sus propios acuerdos comerciales (Mercosur vs TMEC), el limitado alcance que tienen los acuerdos parciales hoy en vigor entre las partes, el recelo sectorial (sector automotriz brasileño vs sector agropecuario mexicano), la rivalidad perenne por el liderazgo regional y por supuesto, la contraposición de las ideologías políticas actuales.

 

Como puede verse, el hartazgo social que se siente en la comunidad internacional no implica en sí tendencias afines políticas, sino bandazos de contraposición y rebeldía al status quo, a los esquemas de gobernanza tradicionales. Lo que hay es una sed unánime de cambio, pero eso no necesariamente se traduce en cohesión ideológica para el impulso de proyectos comunes regionales; por el contrario, puede ciertamente significar el distanciamiento de las relaciones entre países hermanos.