La afectación global de la guerra comercial entre China y Estados Unidos

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Guerra comercial entre China y Estados Unidos

 

POR: Rebeca Rodríguez Minor

Prácticamente llevamos ya un año de guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo. Lo que pudo, en un origen, haber parecido una trillada amenaza estadounidense por hacer valer sus intereses económicos, en lo que Donald Trump considera una competencia desleal por parte de China al verse favorecida por el enorme déficit comercial (556,000 millones de dólares al 2018), se convirtió en una batalla campal que ha puesto en jaque a los mercados globales. La intención primaria del presidente norteamericano es reducir en 200 mil mdd el déficit y respalda su argumento acusando al gigante asiático por robo sistemático de la propiedad intelectual y adueñamiento de tecnología ajena.

 

Para abril de 2018, Estados Unidos ya había anunciado la imposición arancelaria de un 25 por ciento a 1,300 productos chinos (principalmente aparatos electrónicos, maquinaria industrial, farmacéuticos y productos químicos), por un valor de 50 mil mdd; a lo que China respondió con un bloqueo por un monto similar, aunque correspondiente a sólo 106 productos, pero estratégicos para la industria estadounidense como son los automóviles, los aviones y la soja, entre otros.

 

A toda acción hay una reacción. China no se quedaría sentada, esperando a ver cómo el gobierno estadounidense le bloqueaba el acceso al mercado; su obvia reacción fue contraatacar de la misma manera y esto ya se ha convertido, desde entonces, en el común denominador de las relaciones bilaterales entre ambas naciones.

 

Entre las mayores exigencias que Trump hace al gobierno del mandatario chino Xi Jinping, hay algunas ya de por sí reconocidas por China como imposibles de cumplir, pues las posiciones de ambos gobiernos son por demás adversas. A la irónica intención por reducir los 200 mil mdd de su desventaja comercial con China (que prácticamente se refiere a eliminar el déficit por completo, puesto que se trata de la diferencia entre lo que se vende y lo que se demanda), se suma la petición de que el gigante asiático no dé subsidios a sus sectores de alta tecnología (como si Estados Unidos no lo hiciera en su propia casa), que ofrezca mayor acceso a las empresas estadounidenses, que retire las demandas que China ha interpuesto contra Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio, que garantice una mayor protección a la propiedad intelectual, además de exigir que Xi Jinping no reaccione con represalias a la nación norteamericana por imponerle aranceles a los productos chinos.

 

Claramente para el gobierno chino esto implicaría prácticamente renunciar a su proyecto de nación basado en el proyecto industrial de modernización llamado “Made in China”. Previsiblemente, esto no va a suceder y es por eso que la negociación, lejos de avanzar, se ha convertido en una escalada bilateral de bloqueos sin sentido. Ya para agosto del año pasado, las tasas arancelarias entre las partes ascendieron a 106 mil mdd y en septiembre Trump volvía a imponer aranceles a China por el enorme valor de 200 mil mdd.

 

Lo más increíble es ver cómo el señor Trump, al ver los números rojos, toma medidas extremas e impulsivas sin que por ello se logre la efectividad para revertir la tan reclamada desventaja comercial; por el contrario, sectores económicos enteros en Estados Unidos y en el mundo han sufrido las graves consecuencias de tan absurdas tácticas políticas; factor que también se ha reflejado en la devaluación del dólar y la incertidumbre para la inversión, que repercute directamente en el valor y productividad de las empresas.

 

En enero de este año ya se reflejó una caída del 10.1 por ciento  del comercio bilateral China – Estados Unidos, mientras el comercio entre el gigante asiático y la Unión Europea aumentó 17.6 por ciento, con Japón 6.5 por ciento y con los países pertenecientes a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) ascendió un 7.8 por ciento. El desequilibrio que ha generado esta guerra absurda, se refleja este año en un escaso aumento del 1.9 por ciento en las ventas chinas a Estados Unidos, mientras del lado contrario se registra una caída abrupta del 38.6 por ciento de bienes estadounidenses con destino a China.

 

Esperemos a ver si esta “tregua” pactada en diciembre para no continuar con la escalada de impuestos llega al menos a algún acuerdo parcial que regularice los mercados. Todo apunta en ese sentido; se habla ya de promesas de flexibilidad mutua y no se rompieron las negociaciones el pasado 1 de marzo (fecha límite de la tregua); sin embargo, como ya estamos acostumbrados, nada está escrito. Todo puede derrumbarse de un segundo a otro.

 

*Rebeca Rodríguez Minor es catedrática e investigadora de la Universidad Anáhuac Cancún.