La desaceleración china en perspectiva

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China como la gran potencia asiática.

Por: Rebeca Rodríguez Minor

 Nos hemos acostumbrado ya a entender a China como la gran potencia asiática, que ha superado todos los estándares sobre crecimiento económico y empuje productivo. En los últimos treinta años, y hasta hace un par de ellos, este gran país logró mantener un ritmo sostenido de crecimiento sin precedentes. Tan sólo de 1989 al 2017, su Producto Interno Bruto anual promedio creció nueve por ciento, alcanzando en repetidas ocasiones picos de hasta 14% anual entre los años noventa y principios del siglo XXI. Se trata, según el Banco Mundial, de la economía con la máxima expansión sostenida alcanzada en la historia, siendo además la nación manufacturera más grande y la mayor comerciante de mercancías del mundo. Como sabemos, no hace mucho se convirtió en la segunda economía del mundo, dejando atrás a Alemania, Japón y todas las potencias tradicionales. Se pronostica que para el año 2030, China se posicionará como la economía más grande del mundo en términos de PIB bruto, seguida de India, que desplazará a Estados Unidos hasta un tercer lugar.

 

El gigante asiático logró impulsar su potencialidad global, gracias a su modelo económico basado en la exportación manufacturera, con reformas internas para descentralizar el aparato empresarial, abriéndolo al sector privado que dinamizara actividades estratégicas en el sector servicios, agricultura y comercio, enfocadas en la comercialización internacional y la eficiencia. El planeta está plagado de productos chinos, han sabido expandir y diversificar consistentemente sus mercados, lo que les ha permitido gozar de una balanza comercial superavitaria impresionante.

 

A pesar del enorme auge alcanzado por China, desde el 2012 su economía se ha desacelerado drásticamente y para muchos, ya de manera alarmante. En el 2017 tuvo un crecimiento de 6.7% y en el 2018 descendió a 6.5%. Esta ralentización se debe en gran medida a la formación bruta de capital fijo y al declive del sector exportador, pues la potencia asiática atraviesa por un proceso de modernización industrial llamado “Made in China”, enfocado en impulsar la productividad local para el consumo interno, consolidando un mercado cautivo. Esta transformación estructural afecta no sólo los esquemas internos laborales o productivos, sino que permea directamente en el sistema internacional, dañando principalmente aquellas economías vulnerables que dependen de los ingresos obtenidos por la exportación masiva de materias primas dirigidas a Asia. En el caso de América Latina, naciones como Argentina o Brasil reflejan tal volatilidad en su desempeño económico, que ha sufrido un fuerte revés en el valor de sus exportaciones primarias por la fuerte reducción de la demanda china.

 

La desaceleración es preocupante; sin embargo, China sigue siendo el motor del mundo, pues su economía todavía crece a niveles que ninguna otra potencia alcanza −con la excepción de la India−. Tan sólo en el 2016, mientras China crecía 6.7% anual, Estados Unidos lo hacía a un raquítico ritmo de 1.6%. Aun con el actual enfoque hacia adentro, aquella nación alcanza, como ninguna otra, los $2,157 millones de dólares en exportación; muy por encima del segundo lugar, Estados Unidos, con $1,576 mdd anuales (2018). No sólo eso, sino que, según el reporte de comercio 2018 de Estados Unidos, el déficit comercial que la potencia norteamericana tiene con China creció todavía más el año pasado, lo que refleja que ninguna de las tácticas de Donald Trump por bloquear a su rival asiático han funcionado. Por el contrario, su pueblo consume cada vez más los productos provenientes del otro lado del Pacífico.

 

La balanza seguirá por mucho tiempo a favor de China. No hay manera de negar la irreversible dependencia mundial sobre sus productos exportados, pero también ahora hay que tomar en cuenta de manera seria, la creciente necesidad del empresariado global por penetrar en el propio mercado de los millones de consumidores chinos que cada año se insertan a la clase media.

 

 

*Rebeca Rodríguez Minor es catedrática e investigadora de la Universidad Anáhuac Cancún.