Memorias de un secuestro

57

 

Por: Salvador Ramos

Estas fotografías representan evidencias y recuerdos de cuando el grupo de Ricardo Marín, alias “La muerte”, me secuestró en el aeropuerto de Mérida, Yucatán, por órdenes del gobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva Madrid.

 

En aquel momento creí que iba a correr la misma suerte de Efraín Calderón Lara, defensor de trabajadores secuestrado y asesinado. Yo estaba llegando a Mérida procedente de la Ciudad de México; saliendo del aeropuerto, mientras compraba el boleto del taxi, de pronto me sujetan varios individuos y me suben violentamente a un auto. Nadie en el aeropuerto acudió en mi ayuda, pese a los gritos denunciando el claro secuestro.

 

Cuando el auto arranca a alta velocidad, sentí los latidos de mi corazón; me llevaron a la Procuraduría y al entrar me avientan al piso y me esposan en lo que llega Marín; de ahí de regreso al aeropuerto. Me llevan en el avión del gobernador a Cancún, en donde realizan un operativo en los alrededores del penal para evitar las protestas. Llegando a la cárcel, los presos los reciben con gritos y les avientan varios objetos. Me preguntan algunos si soy zapatista.

 

Después de una semana salgo bajo fianza. En el expediente armado me acusaban de un supuesto ataque con arma de fuego y de la destrucción de unos taxis. Años después los taxistas que me acusaron se disculparon, pues los habían presionado y amenazado. Salgo bajo fianza y me voy exiliado varios meses fuera de Quintana Roo, hasta que me vuelven a secuestrar los mismos judiciales, disculpándose esta segunda ocasión, pero tienen que cumplir órdenes.

 

Pasé 10 meses privado de mi libertad; me visitaron en la cárcel varios compañeros de la CROC,  trabajadores de base. Por ejemplo, Juan Ramón Tun Rosado elabora pan y lo lleva para compartir con otros presos. Entre las visitas están destacados dirigentes nacionales del sindicalismo; me visitan Pablo Sandoval, Jesús Pérez Moreno, Rosalío Hernández, Maurilio Hernández y de otros estados.

 

Algunos empresarios como Gastón Alegre, entonces candidato a gobernador, dice que su primer acto como mandatario será liberarme. Acuden políticos destacados al penal, como Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Camacho Solís, Francisco Luna Kan (ex gobernador de Yucatán), Samuel Quiroz de la Vega (ex gobernador de Tlaxcala), Carlos Navarrete Ruiz, Jesús Ortega y una larga lista de amigos.

 

Todavía recordamos a Layda Sansores, quien hizo un escándalo porque no le permitieron la entrada. Dirigentes obreros de varios países envían telegramas de protesta y exigen mi liberación; dirigentes locales del PRD y de otros partidos mantienen su solidaridad. Mi esposa Blanquita, como siempre, mostró mucha valentía, sin perder la calma a pesar de las amenazas de los judiciales y las provocaciones de los golpeadores traídos de otros estados. Mis hijos e hijas, mis nietas, yernos y nueras, hermanas y sobrinas, y muchos amigos y amigas, todos con mucho afecto. Yo les decía que no se preocuparan, que venía de vacaciones, “tráiganme los libros que tengo pendientes de leer”; la pasé haciendo yoga, ejercicios de todo tipo, estudiando y jugando ajedrez.

 

Compartí con otros presos como Ramiro de la Rosa y José del Valle. También había algunos muy peligrosos, homicidas, defraudadores y claro, muchos inocentes. Algunas noches, en la madrugada, se abrían los cerrojos de la celda y entraban policías locales y federales que revisaban todo violentamente; algunos presos eran golpeados, así transcurrieron largos meses.

 

Carlos Cardín Pérez, traicionando al gobernador, me envió un amplio expediente en contra de Mario Villanueva, este último ya traía judiciales federales vigilándolo. Arturo Contreras Castillo, como presidente interino del municipio de Benito Juárez, descubrió un fraude de Mario Villanueva en una obra financiada con recursos federales y con la misma documentación, cobrada en el municipio, repartió copias y Joaquín González Castro, aspirante al gobierno del estado, me pidió le entregara una copia a Luis Donaldo Colosio, secretario de Sedesol; se la di al presidente Salinas, que no hizo nada (seguro que dijo “este es de los míos”).

 

Villanueva metió a la cárcel a Arturo Contreras y a González Castro lo premió como presidente del tribunal judicial del estado; a mí me reprimió y nos fabricó varios delitos. Mario Villanueva, antes de terminar su mandato como gobernador y yo aún preso, fue a la cárcel a pedir perdón. Le ordenó a Raúl Santana Bastarrachea me entregara la documentación de la CROC, que nos la habían negado, pagó la cuantiosa fianza que me impuso y le dio instrucciones al procurador Miguel Peyrefitte Cupido para que me diera cuatro expedientes más que me armaron. Al terminar  su mandato Villanueva se fugó; ahí inicia una pesadilla: años prófugo, apresado, exhibido en Almoyola de Juárez, liberado años después e inmediatamente apresado de nuevo y extraditado.  Después de un largo peregrinar por fin regresó a Chetumal, donde todavía le faltan años de condena.

 

Mario Villanueva Madrid debe liberarse reconociendo sus errores y hablando con la verdad. Por mi parte le deseo que termine la pesadilla de la negra noche que le ha tocado vivir.