Gabriel Orozco

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Como el capitalino promedio, Orozco tiene recuerdos de su vida en el Bosque de Chapultepec, desde las visitas en la infancia al Castillo y al zoológico hasta sus propias exposiciones en los museos que existen en sus secciones.

 

“Aunque creo que nunca he estado remando en el Lago de Chapultepec, porque nunca me fui de pinta”, bromea quien, desde muy temprano en su carrera fue considerado una suerte de enfant terrible, no un bienportado.

 

Importantes hitos de su vida cruzan por la zona, como el torneo de ajedrez que jugó de niño en Casa del Lago, germen, quizá, del ánimo lúdico, pero analítico, de muchas de sus piezas, y de su afición por intervenir y reformular juegos de destreza, como el ping pong, el billar y, desde luego, el ajedrez.

 

“Chapultepec, para un artista como yo, tiene que ver sobre todo con todo el arte que está aquí, desde lo prehispánico en el Museo de Antropología, varias anécdotas y exposiciones en el Museo de Arte Moderno (MAM) desde que era niño, de venir a ver muestras y luego participar en algunas”, cuenta también.

 

En el MAM, por ejemplo, presentó junto a otros jóvenes colegas su primera intervención en México, Apuntalamiento para nuestras ruinas modernas, tan sólo dos años después de que el sismo del 85 hiciera de esta imagen, la de los puntales previniendo un derrumbe, un recordatorio de la crisis de la modernidad en el País. En el año 2000, también, tuvo su primera exposición individual nacional en el Museo Tamayo.

 

“De lo que sí no tengo ninguna memoria es de la Tercera Sección, pero bueno, también la veo y digo: ‘Es que aquí está difícil tener alguna memoria’, hay que hacer esa memoria, hay que hacer algo que puedan los niños de hoy en día acordarse y, no sólo los niños de hoy en día, también nosotros”, detalla en referencia al abandono en la zona.

 

El reto que asume es conectar las cuatro secciones del bosque en una experiencia cultural unitaria, tomando en cuenta que la tercera está mucho menos desarrollada que las dos primeras, y que la Cuarta es nueva para la ciudadanía, tras la cesión de 120 hectáreas que pertenecían a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

 

Como en algunos aspectos de su obra, y a partir de sus propias experiencias de vida como viajero y residente en Oriente, Orozco encara el proyecto de Chapultepec con algo de filosofía y saberes de esa parte del mundo.

 

Con un método que llama “acupuntural”, ha señalado en sus tres diagramas del Bosque de Chapultepec varias zonas que considera claves para la vida del pulmón capitalino, pero siempre pensando en la idea de un flujo constante, ininterrumpido.

 

“Estoy trabajando más como una idea de acupuntura para localizar los puntos, los focos y los nodos posibles de interconexión tanto cultural como de tránsito, de descanso, de servicios de todo tipo, de donde poder beber agua, donde poder descansar un rato, donde venir a pasar una tarde”, amplía.

 

Aunque ya tiene pensados algunos destinos posibles, que aparecen en sus diagramas, Orozco prefiere reservar, por ahora, sus ideas, a la espera de que el proyecto total se defina. Algunas de las metas esenciales de esta empresa, no obstante, ya están completamente definidas.

 

Orozco señala también los que son los retos más evidentes del proyecto, que ya se tienen identificados, como la necesidad de atravesar Periférico y Constituyentes –que dividen de tajo áreas del bosque–, la posibilidad de abrir nuevas entradas, el desarrollo de nuevas estaciones de descanso y servicios, la rehabilitación del humedal de la Tercera Sección y la exploración de la Cuarta, que es inédita.

 

“Uno de los retos más interesantes y más fuertes es la conexión entre la Primera Sección y la Segunda, pero ahora, con la apertura de Los Pinos y la disposición de la Guardia Nacional y la Sedena para lograr ese tránsito, tenemos una muy buena oportunidad para lograr un parque flotante que logre conectarla”, destaca el artista.

 

Si bien no adelanta la forma en la que esto ocurrirá, ya vislumbra que lograr esta interconexión, posiblemente con un puente, será uno de los actos más simbólicos de todo el proyecto.

 

En sus aspiraciones, asegura, no está solo. “Yo estoy hablando con los mejores en su ramo de cada cosa. Estoy en conversación y asesorándome, intercambiando ideas, proponiendo posibilidades, tanto a arquitectos como a ecólogos, como a los políticos involucrados, los promotores culturales que quieren y se han sumado”, explica.

 

En el anuncio del proyecto, Orozco aseguró que trabajaría pro bono, sin cobrar un centavo, y asegura que, por ahora, sus colaboradores, cuyos nombres se reserva hasta presentar el proyecto, lo están haciendo también.

 

“Tengo la fortuna de haber trabajado con gente muy capaz, probablemente los mejores del mundo en varios ramos y todos están puestísimos para ayudar. Entonces, al final, el equipo va a ser grande, pero va a ser muy unitario en cierta manera.

 

“Desde mis inicios, en las primeras obras que hice, desde los 80, en México, en espacios alternativos, en la Ciudad,  en la periferia, ya empezaba yo a pensar en un arte que era público, que sucedía en espacios públicos, fuera del marco de la galería y o del museo, y que usando elementos encontrados y entendiendo mi ambiente, en el sentido ecológico, en el sentido paisajístico, de la realidad urbana y de paisaje donde uno se desenvuelve, empezó a desarrollar un sentido ecológico de alguna manera”, expone.

 

Sus obras, que históricamente han tendido hacia la exploración de objetos cotidianos, como balones de futbol, llantas, chatarra encontrada, tablones de madera, sí dan cuenta de una intención de tomar cualquier material y darle un nuevo uso, sobre todo en el espacio público.

 

“Con el tiempo, si uno revisa ese tipo de procedimiento, cómo se empezó a gestar en mi trabajo a finales de los 80, y cómo se ha venido desarrollando a través del tiempo, uno podría decir que hay algo de esa economía, de esa ecología, en la manera en la que produzco mi trabajo, cómo produzco mis ideas, cómo se van desarrollando, cómo voy cambiando de materiales y cómo los estoy usando en función de sus características específicas”, declara.

 

Además, apunta, está casado desde hace más de 20 años con una especialista en cambio climático que labora para la ONU en el manejo de situaciones ecológicas.

 

“No es un tema nuevo para mí, entonces por esa razón pensé que podía coordinar el proyecto, porque, así como puedo leer planos, urbanos, arquitectónicos, también puedo entender términos y nociones de rehabilitación ecológica, de reforestación, bien planeada, porque todo eso tiene que ver con el arte también”, afirma.

 

Insospechadamente, según relata, la carrera entera de Orozco pareciera haberlo traído, de vuelta, como cuando empezó en México, hacia el Bosque de Chapultepec.