¡Que vuelvan todos!

122
Argentinean president-elect Mauricio Macri waves upon his arrival at La Moneda presidential palace to meet Chilean President Michelle Bachelet (out of frame) in Santiago on December 4, 2015. Macri will take office next December 10. AFP PHOTO/CLAUDIO REYES / AFP / Claudio Reyes (Photo credit should read CLAUDIO REYES/AFP/Getty Images)

 

  • Los argentinos esperan de esta elección una respuesta a la crisis. Pero también querían algo de espectáculo.

 

 

Por: Sylvia Colombo

BUENOS AIRES — Faltan cuatro meses para los comicios presidenciales en Argentina. En el país en el que la política, el deporte y la farándula se mezclan a menudo, todos esperaban que las elecciones fueran el equivalente a un juego de Boca contra River pero entre las dos figuras principales de la célebre grieta argentina: Mauricio Macri, el actual presidente, contra Cristina Fernández de Kirchner, la exmandataria.

Pero, pese a que hasta los encuestadores ya medían la pelea considerándolos seguros rivales, surgió una situación inesperada. Ambos tuvieron que buscar refuerzos en el pasado de donde siempre habían dicho querer alejarse. El pasado no es otra cosa que la “vieja política”, sus compadrazgos, componendas de empresarios, campañas con sobornos y promiscuidad institucional.

¿Por qué lo hicieron si el match entre Fernández de Kirchner y Macri ya estaba prácticamente montado? La respuesta está en la crisis de 2001, la última crisis económica y social argentina.

Para los desmemoriados: fue una hecatombe que incluyó una brutal devaluación del peso, la confiscación del dinero de los ahorristas en los bancos por medio del “corralito”, y una oleada de protestas que causaron más de 30 muertes. Antes de que el entonces presidente Fernando de la Rúa renunciara a la presidencia y huyera en helicóptero del caos, el grito de los argentinos contra la “vieja política” era simple y poderoso: “¡Que se vayan todos!”.

Los viejos políticos se hicieron a un lado, pero el palco principal necesitaba protagonistas. El trauma histórico permitió que Fernández de Kirchner y Macri llenaran el vacío en una sociedad que había quedado políticamente huérfana.

El matrimonio Kirchner llegó del sur con la promesa redentora de luchar contra la pobreza creada por la crisis y retomar la agenda de los derechos humanos. Mauricio Macri vino del sector empresarial con la bandera del gestor que no era político, alguien sin las viejas artimañas del pasado, quien quería una Argentina moderna con la vista puesta en el futuro.

Estos relatos funcionaron por lo menos durante la última década y media, en la cual los Kirchner y Macri han sido los principales nombres en el escenario político.

Pero, justo cuando se iban a medir frente a frente, cada uno se dio cuenta de que no estaba en condiciones de enfrentar al otro: los argentinos saben que ambos fueron malos presidentes, y que quizá no tenga sentido elegir entre los dos.

Macri ha tenido un pésimo desempeño económico. Recientemente, anunció que el desempleo había alcanzado el 10.1 por ciento en el primer trimestre de 2019, rompiendo la marca de los dos dígitos. El Producto Interno Bruto se contrajo 5.8 por ciento en el primer trimestre del año frente al mismo periodo del año anterior. La inflación acumulada de los últimos 12 meses alcanzó 57.3 por ciento. Y la pobreza, que prometió acabar en la campaña electoral de 2015, está en el 32 por ciento.

Fernández de Kirchner, por su lado, tiene 13 procesos abiertos en su contra. Siete de ellos han generado órdenes de prisión preventiva —de las cuales se ha salvado gracias a su inmunidad como senadora—. La presidencia de Cristina ha sido insistentemente conectada con escándalos de corrupción, como el caso de su supuesto testaferro Lázaro Báez y las revelaciones de los cuadernos de las coimas (un conjunto de anotaciones sobre entregas de maletas de dinero ilícito realizadas por un conductor que trabajaba para el gobierno ).

La solución de ambos para no despedirse del poder ha sido llamar de vuelta a la vieja política que habían prometido cambiar, porque, quizás, no haya hoy otra manera de gobernar el país.

La primera movida fue de Cristina: convocó a encabezar la fórmula presidencial al camaleón Alberto Fernández, jefe de Gabinete en el gobierno Néstor Kirchner y suyo durante el primer año de su mandato. Cuando recientemente le preguntaron sobre su ideología, el candidato dijo pertenecer a “la rama del liberalismo progresista peronista”. Pero su pedigrí cuenta otra historia: antes formó parte de los gobiernos de Raúl Alfonsín —del partido Unión Cívica Radical, opositor al peronismo— y del peronista “neoliberal” Carlos Saúl Menem. Después del primer año de gobierno de Cristina se enemistó con ella y se convirtió en uno de sus más feroces críticos.

¿Porque Cristina llamó a Alberto Fernández para su fórmula si ella es antiliberal y se refiere al trauma de 2001 como una era casi tan terrible como la dictadura militar?

Quizás por las cualidades de la vieja política que ella necesita. Alberto Fernández funciona como un suavizante de la imagen incendiaria que parte de la sociedad tiene del kirchnerismo. Es considerado hábil tratando con parlamentarios de distintos partidos, empresarios y medios, que siguen siendo anti-Cristina.

En sus discursos, el candidato a la presidencia repite que sabe cómo salir de una crisis, porque ayudó a la Argentina a salir de la peor de ellas, la de 2001, cuando se convirtió en kirchnerista. En este reensamblaje de 2001, Fernández ha omitido su larga historia por los pasillos del poder antes del desastre.

Macri también dio una sorpresa que vuelve al pasado. A pesar de ser el político que más se benefició del “que se vayan todos”, al presentarse con éxito como un outsider de la política tradicional, eligió como compañero de fórmula a Miguel Ángel Pichetto, líder del peronismo en el Senado desde 2003.

Es paradójico, porque cuando Macri hablaba de la falta de renovación en la política su principal ejemplo era, justamente, Pichetto. Diputado desde 1993, el candidato a vicepresidente es una de las fichas más tradicionales del peronismo. Siempre dúctil al líder en turno, apoyó a Ménem y, claro, fue leal a Néstor y a Cristina durante el kirchnerismo. Y todavía más: nadie puede cuestionar que Pichetto es un peronista, una afronta para el elector más fiel de Macri.

Y, entonces, ¿por qué lo designó como compañero de fórmula? La respuesta en una píldora: también en el caso de Macri, la vieja política se hace necesaria, sobre todo ahora que su popularidad cae en picada. Pichetto fue llamado para atraer al electorado peronista que no quiere a Cristina. Si Macri es reelegido, Pichetto, un parlamentario inveterado, puede ser un recurso esencial en la relación del poder ejecutivo y el legislativo.

Los argentinos esperan de esta elección una respuesta a la crisis. Pero también querían algo de espectáculo, así que todavía creen que la campaña va a ser la versión del clásico del futbol entre dos políticos antagónicos. Si para eso es necesario llamar a esos viejos zorros, que así sea. El asunto es calcular cuál será el costo de reunir en las dos principales candidaturas a varios representantes de políticas que ha probado ser catastróficas. Sería mejor optar por nuevas candidaturas y probar ideas innovadoras en lugar de reciclar lo que ya no funcionó en el pasado. Pero si lo que más desean los electores no es encarar los problemas de frente sino un show político, que así sea.

¿Que se vayan todos? ¡Qué va! No pasa nada. Que regresen todos, los perdonamos.

 

*Sylvia Colombo es corresponsal en América Latina del diario Folha de São Paulo.