Carbones Políticos

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Por: Elmer Ancona

@elmerando

elmerancona@hotmail.com

Tomar como bandera política a los pueblos originarios, a nuestros queridos indígenas, podría ser parte de la misma historia de ridiculeces que los políticos mexicanos suelen hacer en beneficio propio.

En lo personal, no estoy tan convencido de que ese acercamiento que tienen con las comunidades mayas −en el caso de la península de Yucatán− sea tan original, honesto y transparente.

Los funcionarios públicos (gobernantes, alcaldes, senadores, diputados) casi siempre lo hacen sin manifestar un mínimo gesto de interés o de sentimiento profundo por quienes viven en esos pueblos. A través de los liderazgos seccionales o distritales, convocan a las plazas o auditorios a decenas de familias naturales para tomarse la foto, para difundirla en comunicados de prensa.

Los abrazan, los apapachan, los llenan de halagos y mentiras, pero les dan poco o nada que los beneficie; los llenan de falsas promesas que pocas veces cumplirán. Por eso los pueblos originarios, campaña tras campaña, sexenio tras sexenio, siguen viviendo en la pobreza; algunas comunidades, incluso, no salen de la miseria total. Sólo sirven como “carne de cañón” para los grupos de poder.

Es lamentable que en pleno siglo 21 los indígenas sigan padeciendo –y muriendo– de desnutrición, de anemia por una mala alimentación; de enfermedades como la cirrosis por el exceso de alcohol que consumen.

Tan sólo un ejemplo

Recuerdo un viaje que hice con mis jóvenes estudiantes de periodismo a las comunidades de Oventik, Ocosingo, San Andrés Larrainzar, Simojovel, Comitán y San Juan Chamula, en Chiapas.

Hubo un exquisito encuentro con el “Comandante” David y los obispos Samuel Ruiz y Raúl Vera, en aquellos tiempos jerarcas de la Iglesia Católica muy identificados con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

No obstante, lo que llamó la atención de los universitarios fue la vida de los indígenas tzeltales, tzotziles y tojolabales, sobre todo la de los niños; no había uno solo sin manchas en el rostro, en los brazos y piernas, además de abundantes piojos en la cabeza.

Algunos adultos yacían tirados en las calles, en la plaza, en la carretera, alcoholizados con el licor más barato, mostrando la auténtica miseria en la que los políticos locales y grupos de poder los mantienen.

Esa fotografía sociopolítica refleja las condiciones de miseria en la que están sumergidos nuestros queridos indígenas, la paupérrima situación en la que viven los pueblos originarios. Y pocos gobernantes hacen algo para remediarlo.

La Caravana Maya

La llamada Caravana de la Constitución Maya, planteada por el diputado federal Luis Alegre Salazar inició la semana pasada con bombo y platillo, con enorme entusiasmo.

Con un ritual ceremonial en el Templo Maya de Chancah, destacó que con este movimiento lo que se promueve es la justicia para los pueblos originarios de Quintana Roo.

La idea central, de acuerdo con lo que ha planteado públicamente, es traducir la Constitución Política del Estado de Quintana Roo a la lengua maya y promover la rica cultura que caracteriza a las poblaciones de la región.

No suena nada mal; incluso, yo diría que los políticos del estado se tardaron muchísimos años –como siempre– para encabezar una iniciativa de esta naturaleza.

Si quienes habitan los pueblos originarios no conocen lo que contiene su Constitución, pues verdaderamente estamos de cabeza. Suena aún mejor que el legislador y joven empresario promueva que el 18 de septiembre sea declarado como el Día de los Pueblos Originarios de Quintana Roo, con el fin de resaltar e impulsar la cultura maya.

Durante su recorrido por las comunidades, el diputado federal y su equipo de colaboradores comenzaron a ofrecer servicios médicos gratuitos, cirugías mamarias y de orejas, así como medicamentos básicos, muletas y sillas de rueda.

Se sabe que su padre, don Gastón Alegre López, siempre les inculcó el amor por la cultura maya, por su gente, por estas tierras y pueblos que han dado mucha riqueza a los quintanarroenses.

Por lo tanto, quiero pensar que todo lo que hace el presidente de la Comisión de Turismo de la Cámara de Diputados es real, cierto, transparente; sería un acto de bondad seguir luchando por nuestros queridos indígenas.

Malo sería que lo que hace con su Caravana de la Constitución Maya se convierta en una Faramalla Maya, en un auténtico, exagerado y escandaloso teatro, con el único fin de utilizar a las comunidades para alcanzar la gubernatura. Y eso lo planteo porque se está hablando de todo.

Ojalá que los políticos mexicanos, desde el gobierno federal hasta los presidentes municipales, controlen ese afán de estar utilizando a los pueblos originarios, a los campesinos, a la gente pobre, para alcanzar sus sueños de poder. Es tiempo de cambiar la historia.

Casos y cosas para comentar…

  • Los turistas nacionales y extranjeros no van a dejar de visitar Cancún por el exceso de sargazo ni por los índices de inseguridad que prevalecen. Para nada.

Lo único que les espanta el sueño –también a los lugareños– es la altísima velocidad con la que manejan los choferes del transporte público que ponen en riesgo su vida.

Yo no sé si la presidenta municipal de Benito Juárez o su director de Tránsito hayan dejado sus autos particulares para subirse a un camión o una combi, para escuchar con atención las súplicas que hacen los pasajeros a los choferes para bajar la velocidad.

En la zona hotelera los turistas internacionales gritan a los chafiretes que maneje con precaución por sentirse en peligro. “No llevas reses, maneja con cuidado”, les pide un turista nacional acompañado de su familia.

Algo urgente tiene que hacer la autoridad municipal para poner un “hasta aquí” al transporte público, si es que un día no quieren ver manchas de sangre en las calles.

  • Un largo aplauso hay que dar al regidor José Luis Acosta Toledo, presidente de la Comisión de Desarrollo Familiar y Grupos Vulnerables de este Honorable Ayuntamiento de Benito Juárez.

Abogar para que decenas de niños y ancianos dejen de pedir dinero en las calles sería un triunfo mayúsculo, protegería sus vidas y daría a Cancún un toque más humanitario.

No es porque den “mala imagen” a la ciudad. Para nada. Es un acto sensible de protección a los más vulnerables, a los más desprotegidos, que pocas autoridades logran comprender.

La única recomendación es que chequen bien el asunto con Derechos Humanos, ya que en otras metrópolis estas personas argumentan que se violentan sus garantías al ser impedidos de circular con libertad por las calles. Pero mientras tanto, bien por el regidor.

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