(VIDEO) Dan en albergue apoyo y esperanza

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  • La organización civil “Nuevo corazón, villa de la paz” ofrece más que alimento, vestido y capacitación a personas en desgracia, les brinda apoyo y esperanza a quienes dio la espalda este paraíso turístico.

 

MARCO ANTONIO BARRERA

 

CANCÚN, Q. ROO.- Es una puerta que siempre está abierta para servir a quien necesita ayuda. A ella acuden hasta 950 migrantes e indigentes cada mes, entre “paisanos” y extranjeros que carecen de todo, incluso de esperanza.

Ahí van a parar personas en situación de desgracia, que están de paso por Cancún o que intentan progresar en este paraíso turístico que les dio la espalda. No tienen alimento, vestido ni empleo; algunos tampoco ánimo de salir adelante, pero hay quien les tiende una mano.

“Nuevo corazón, villa de la paz” es un refugio que ayuda a indigentes, desempleados, los que carecen de identidad legal o de algún oficio, aunque también para aquellos que saben trabajar en algo que aprendieron pero que no encuentran oportunidades.

A nadie se discrimina por su religión o condición social o migratoria, todos son bien recibidos. Cada uno que asiste tiene acceso a un alimento caliente, la oportunidad de terminar su educación primaria y secundaria, aprender a comprender el inglés o para usar una computadora.

También, están ahí porque pueden aprender plomería o reparar aires acondicionados.

“Les enseñamos a pescar”, comenta Francisco Omar Pérez, director administrativo de la asociación que nació con el compromiso original de ayudar a migrantes e indigentes, pero creció a todos los que tienen pobreza extrema o enfrentan un problema sicológico.

“Estamos dedicados a ayudar a prácticamente a toda persona que tenga la necesidad de ser escuchada, atendida y ofrecerle un alimento diario”.

Tender la mano

Al tender la mano les cambian la vida por vivir en la calle pero también porque se acostumbran a recibir insultos y discriminación por su condición de pobreza y aspecto físico desagradable.

“Quizá les den una monedita para que no se acerquen pero tal vez no buscan eso, sino que escuches su historia, ser atendidos o para que veas porque están en esa situación.

“Muchos de ellos llegaron a Cancún con una ilusión y en el camino fue destruida, terminan en una situación difícil de la cual buscamos restituirlos a la sociedad”.

Francisco Omar admite que en Cancún es muy difícil que la gente confíe en las personas, pero se les da “una mano” sin pedir nada a cambio; eso fue lo más difícil de superar con cada persona, crear un vínculo de confianza y saber de ellos, de su historia.

Hay personas que están solas en la vida, sin más amigos que los compañeros del comedor o del refugio; son agradecidos con quien les brinda alimento, compañía, pero sobretodo el apoyo.

“Yo no vengo por la comida sino para saludarlos y estar con ustedes porque quiero tener un amigo y platicar con ustedes. El plato es adicional”, refieren algunos.

Fueron despreciados por su familia de sangre, que los corrieron o sacaron a la calle. En el refugio es donde comienza un cambio de vida, saben que no están solos.

Tienen de todo

Los migrantes e indigentes tienen también un sitio dónde darse una ducha, les corten el cabello, accedan a una muda de ropa o puedan charlar con un psicólogo.

Participan en los oficios religiosos que se ofrecen en una capilla, donde reciben también la guía espiritual que les brinda la congregación “Guerreros de la luz”.

Es un esfuerzo integral que pretende incorporarlos a la sociedad, sensibilizarlos y que sepan, de primera mano, la importancia de servir al prójimo en desgracia.

El proceso de reintegración a la sociedad que los excluyó no es fácil, de 10 que acuden sólo tres lo logran.

La mitad de quienes llegan tienen más de 40 años de edad; los de 20 a 39 años representan 30 por ciento y los menos, 20 por ciento, cuentan entre 17 a 19 años de edad.

De cada 10 que van por ayuda sólo hay una mujer, pues ellas son más “luchonas” y las que menos se rinden, al menos no tan fácil.

La mayoría proviene de Tabasco, Chiapas y de todo el sureste mexicano, desde donde salieron en busca de una vida mejor.

Por condiciones de pobreza y falta de oportunidades ganan 400 pesos a la semana, y aunque aquí no son mano de obra calificada se capacitan y reciben hasta mil 500 pesos por el mismo lapso.

Es parte del sueño que los trajo a este paraíso turístico y del cual esperan sea bondadoso.

 

En ese camino de tener una vida mejor, cada mediodía se reúnen alrededor de 40 en el comedor, que tiene capacidad para 80.

Uno a uno disfruta los alimentos que preparó un chef; son momentos que aprovechan para compartir con sus amigos y con quienes consideran familia, la única que tienen.

Después de un par de horas, cruzan la reja que los regresa a la calle, a su realidad y cada uno toma un camino distinto.

Como todos los días lo han hecho y lo seguirán haciendo, se alejan de la calle Rosas, en la Supermanzana 22, justo a un lado de donde se paga el consumo de agua. Unos caminan hacia la avenida Yaxchilán y otros hacia El Crucero.

Hoy como ayer y mucho antes, persiguen un el sueño que los hizo venir a este destino de playa, pero ahora van con el ánimo renovado y el estómago lleno.

 

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