Opacidad y denigración, historias de los ceresos

200

 

*Los ven como centros de reinserción social o escuelas de delincuencia

 

HERLINDO VAZQUEZ

CHETUMAL, QROO.- ¿Centros de reinserción social? ¿Escuelas de delincuencia? Esta es la interrogante que prevalece en torno a las cárceles de Quintana Roo. La ciudadanía casi siempre se inclina por lo segundo por diversas razones.

En el caso del Centro de Reinserción Social (Cereso) de Chetumal la situación no es tan compleja o insegura como en las demás, aunque sí es de llamar la atención.

La diputada Jenni Juárez Trujillo, presidenta de la Comisión de Desarrollo Urbano y Poblacional del Congreso del Estado, manifestó que las cárceles del estado carecen de instrumentos asertivos de reinserción social.

“Tenemos registros de investigaciones que 60 por ciento de personas que cumplen una condena, reincide; lo que viven en la cárcel, que no es cualquier cosa, les hace salir resentidos”.

En el caso de las mujeres, desquitarse en el exterior es una expresión de lo que vivieron al interior del penal, por lo cual vuelven a cometer el mismo u otro tipo de delitos.

No se cuenta con el personal suficiente ni calificado para desarrollar acciones y lograr una auténtica reinserción social.

“En el caso de las internas, en el Cereso de Chetumal hay seis que viven con sus hijos en condiciones inadecuadas y los riesgos son constantes”, afirmó la legisladora del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

El Cereso de Chetumal tiene capacidad para mil 200 internos, pero actualmente alberga a mil 100.

Las cárceles de Solidaridad, Isla Mujeres, Cozumel y Felipe Carrillo Puerto no presentan sobrepoblación; el problema está en la de Cancún donde existen casi mil 200 presos en un espacio para 750.

El Nuevo Sistema de Justicia Penal Acusatorio, en la medida de lo posible, ha permitido despresurizar las cárceles pero todavía no es perceptible.

Del total de reclusos que enfrentan procedimientos con el antiguo sistema impartidor de justicia, que equivale a aproximadamente mil 700, el 50 por ciento aún no recibe sentencia.

 Situaciones denigrantes

Por homicidio imprudencial, “Silvestre” purgó una condena en el Cereso de Chetumal donde vivió hechos que, a su juicio, denigran al ser humano.

“Es difícil estar en el Cereso, no conozco el Infierno pero uno entra y te dan la novatada: una calentada, hacer la celda de los compañeros o hasta lavarles su ropa…

“Estuve tres años y cuatro meses, al principio fue difícil; hay internos que tienen mayor antigüedad y jerarquía. Si no hay familiares que te apoyen se hace mucho más difícil”.

Con el tiempo el reo adquiera confianza y más cuando es respaldado por algún grupo que le hace llevadera la reclusión.

“Empiezas desde abajo haciendo fajina y luego te vas pegando a los líderes haciéndoles favores y te van midiendo, luego de que ganas su confianza vas escalonando de esa manera”.

El ocio es el principal enemigo en la cárcel, por eso no es raro que los internos se perforen y tatúen el cuerpo, algunos casi en su totalidad.

“Los tatuajes, por lo general, no tienen significado, se los ponen simplemente porque les gustó la imagen; otros porque se le murió un familiar y se tatúan la imagen del ser querido. Hay otros que se ponen tatuajes de una lagrimita en señal de arrepentimiento. Depende del número de delitos que han cometido, otros lo hacemos por ocio. Quienes los hacen es por tener un empleo”.

Obediencia y servicio

La llamada “Comitiva” fue desaparecida el año pasado y ahora las medidas de seguridad se endurecieron; salvo aquellos que salen a trabajar a los talleres, los demás permanecen encerrados en las galeras.

Los días de visitas son “sagrados”, pero también solo salen al “patio” quienes cuentan con ellas. Los demás permanecen recluidos.

Sin duda, contar con algún medio para obtener dinero favorece en la cárcel. Quien tiene dinero y puede pagar protección y privilegios se la lleva tranquila.

De acuerdo con el nivel económico se cotiza el interno, los que no tienen nada tienen que vivir en condiciones infrahumanas, pues el espacio está saturado.

Por ahora no hay “cuota” como antes, pero el dinero siempre favorece a quien le posee, pues gozará de obediencia y servicios.

Aun así, el respeto y ciertos privilegios pueden ser ganados mediante otras formas: carisma, dotes artísticas, nivel académico o tener algún oficio, pero esto no siempre es así.

A veces influyen otros factores como la envidia o los problemas entre internos; salvo que la persona demuestre valor para pelear, dejarse tatuar partes sensibles o hasta deformarse los dientes.

El encierro y la mala alimentación degradan la salud de quienes carecen de carácter, pues se dan casos de internos que ingresan obesos y pierden peso durante su pena.

Sexo, drogas y…

Para hacer llevadera la estancia en prisión son comunes las adicciones, pues la droga ingresa por diversas formas.

En una ocasión, narra “Silvestre”, se detectó un gato al que le colocaron desde fuera del penal una mochilita con marihuana y le tiraron a una zona donde le estaban esperando para distribuirla.

Lo mismo ocurre con el licor, los internos han aprendido a fabricarlo de forma “casera” o artesanal a base de frutas y agua destilada.

Una mujer es algo altamente cotizado en la cárcel; para quien la tiene es más fácil la estancia porque le ayudará en todo momento, más en los momentos de depresión. Ante su carencia no es extraño y tampoco mal visto que reos vivan o tengan “aventuras” homosexuales.

Aquellos internos de complexión delgada, rasgos finos, cuerpo delineado y cabello largo, son acosados sexualmente. Con el paso del tiempo algunos ceden, pues el encierro hace cambiar la preferencia.

“Al principio al interno lo va a visitar su pareja y tiene visitas conyugales, pero luego dejan de acudir… El interno tiene necesidades naturales y adentro hay personas de preferencias sexuales diferentes, ven la oportunidad para satisfacerlas, por eso se dan las relaciones entre hombres”.

“Silvestre” narra el caso de un joven que cayó al Cereso por complicidad en un homicidio; no sabía ni defenderse y para evitar agresiones aceptó ser “propiedad” de un colombiano de gran tamaño.

Nadie se metía con él, pero tenía que realizar las labores del interno, inclusive convertirse en su “mujer”.

Las cosas buenas

La drogadicción es algo inevitable, pese a que las autoridades le niegan.

“Si llegué a consumir drogas, pero no al grado de convertirse en una necesidad, gracias a Dios; para empezar es difícil conseguirla porque el costo es muy elevado, para eso tienes que trabajar y obtener dinero”.

También existen cosas buenas, aunque muy pocos los aprovechan: la oportunidad de aprender a leer y escribir; estudiar la primaria, secundaria y hasta bachillerato, que al final permite a los internos participar activamente en su defensa.

Hay que ser disciplinado e ingenioso, pues el espacio es reducido y la infraestructura deficiente y arcaica; además, los compañeros no siempre apoyan, por ende, la reinserción social no es eficaz.

“No todos salen queriendo reintegrarse a la sociedad. Hay quienes salen y hacen de la suyas, por eso entran y salen constantemente; en mi caso no fue grato estar allá dentro”.

“Silvestre”, sin embargo, salió con ganas de trabajar, con el deseo de reintegrarse a la sociedad y hacer algo de provecho, pero en los trabajos le pidieron carta de antecedentes no penales y hubo desconfianza. Vivió para contar su historia.

 

Te puede interesar : Detalla Marina avances contra sargazo