#CarbonesPolíticos: La Silla… y los ‘dueños’ del Congreso

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  • “Nadie es dueño del Congreso” es demasiado falso para venir del grito de guerra de una senadora con ansias de poder.

@elmerando | elmerancona@hotmail.com

Eso de que “Nadie es dueño del Congreso” es demasiado falso para venir del grito de guerra de una senadora con ansias de poder. La morenista (perredista, panista, sin bandera y anexas) Marybel Villegas Canché se equivoca una vez más.

El Congreso del Estado le pertenece a la sociedad, es de todos los quintanarroenses, o como dirían los populistas que abundan en este país, “es del pueblo y para el pueblo”. Que no quepa duda.

Por supuesto que no pertenece a los partidos políticos, aunque tengan mayoría de asientos, de curules, en el recinto legislativo; tampoco pertenece a los oligarcas financieros que son quienes ponen y quitan a sus títeres. A todos ellos no les pertenece.

Estos santuarios de poder son propiedad de todos, de ricos y pobres, de educados e iletrados, de hombres y mujeres, de niños y adultos mayores, de creyentes y ateos. No hay marca registrada.

¿Qué le hace pensar a la flamante senadora de la República que las curules están reservadas para personajes V.I.P? El hecho de haberse integrado a un Movimiento de moda –pero que mañana pasará-, no le da derecho a hacer protestas de cuarta categoría.

Si está pensando en la gubernatura, si está soñando en ocupar “La Silla Celestial”, si cree tener la bendición del “Yo tengo otros datos”, o peor aún, si siente que no es vista ni alentada por el que se siente “feliz, feliz, feliz”, y por eso hace tanto tango, pues peor tantito.

La senadora de Morena me recuerda claramente la historia de Ivonne Ortega Pacheco, ex gobernadora de Yucatán, quien en sus tiempos de juventud era convocada o contratada para reventar las sesiones del Congreso del Estado, haciendo desmán y medio.

Y por hacerle esos favores a sus patrocinadores políticos, fue escalando y escalando hasta alcanzar lugares inimaginables para ella: diputaciones, senaduría y hasta la silla en Palacio de Gobierno, eso sin contar los cargos de excelente nivel en el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Poco a poco se fue “estilizando” hasta guardar las formas, comportarse bien políticamente, muy educada verbalmente, gracias a la enorme cantidad de dinero que invirtió en su imagen. Tan fructífero le fue que ya hasta Maestría tiene ¡hecha en España, jolines!

Si la senadora Villegas Canché pretende hacer más desfiguros para alcanzar el éxito soñado, pues entonces que siga el mismo camino que Ortega Pacheco, con toda seguridad lo logrará.

Sin embargo, a todos los ciudadanos se nos quedará para siempre la imagen de una política de pésima reputación, de una legisladora de cuarta (transformación), de una mujer que en lugar de contribuir a engrandecer el honor de los quintanarroenses, los traicionó.

Y eso no se vale porque, en primer lugar, es a nosotros, los ciudadanos, a quienes nos cuesta mantener a todos esos senadores – élite de élites- con los pocos recursos que nos han dejado en los bolsillos.

A los legisladores los necesitamos para crear iniciativas de Ley importantes; los requerimos para crear normas fundamentales y detener todo lo malo (inseguridad, desempleo, carencias, divisiones) que nos afecta socialmente. Para eso les pagamos.

No los contratamos ni votamos por ellos (¡bueno, hay quienes llegan por las vías fáciles) para estar metidos en escándalos, en actos de corrupción, en hechos vandálicos.

Personajes de esa naturaleza hay demasiados en las calles, dedicados a la delincuencia, al crimen. Pero a ellos no les pagamos. A los legisladores, sí.

Los diputados entrantes…

A ciencia cierta no sabemos en qué plan llega cada uno de los diputados y diputadas que formarán parte de la XVI Legislatura; sabemos, eso sí, que la bancada con mayor representación es la de Morena, pero eso no es garantía de nada.

La única garantía es que no hay garantía de lo que harán en su quehacer legislativo. Lo que demostraron en su primer día de trabajo fue, lamentablemente, el pleito que tuvieron las diferentes fracciones parlamentarias por la instalación de la Mesa Directiva.

Como bien plasmaron los reporteros en sus crónicas, la del martes fue todo, menos una sesión solemne. Los 25 diputados locales ya comenzaron a enseñar los dientes y las garras; convirtieron el recinto legislativo en un auténtico tianguis. Y eso, en su primer día de trabajo.

Los dirigentes de Acción Nacional (PAN) y de la Revolución Democrática (PRD) acusaron a los de Morena y sus aliados del Verde Ecologista (PVEM) y del Trabajo (PT) de desconocimiento y dolo en los procesos.

Hasta aquí todo bien. Tenían que defender lo que otros quieren arrebatarles. Sabemos que en política la golpiza está a la orden del día; no obstante, a la sociedad eso le importa un pepino. Quieren ver resultados.

Los de Morena, PT y PVEM comenzaron con el agandalle, hicieron lo mismo que durante décadas los partidos de izquierda criticaron a la “dictadura perfecta”, o sea, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) del cual emanaron.

Y los ciudadanos volvemos a ver, trienio tras trienio, sexenio tras sexenio, las mismas transas; las mismas trifulcas; el mismo circo, maroma y teatro -aberrante espectáculo- que nos ofrecen nuestros políticos.

Los políticos no terminan de entender que esa política de cuarta ya cansa, ya agota; los esquemas de representación política deben cambiar para progresar, pero mientras sigamos viendo lo mismo, seguiremos siendo también un país de cuarta.

Por eso muchos ciudadanos están convencidos de que todo lo que nos han vendido desde campaña o desde los centros de poder los “nuevos líderes de la nación” no durará mucho. Tendrán un sueño fugaz. Que lo disfruten porque les durará poco.

Basta ver cómo desde el Congreso de la Ciudad de México los morenistas -con todo y desplegados- se están dando hasta con la cubeta (entre ellos) con tal de quedarse con el pastel. Una auténtica vergüenza. Pero que se deleiten.

Dice el viejo refrán que no hay mal que dure cien años ni pueblo que lo soporte. Los mexicanos sabemos por experiencia que el poder es efímero, transitorio, pasajero, y que los más “intocables” también terminan en prisión. Sólo un ciego tropieza con la misma piedra.