CANCÚN: Rumbo a sus 50 años de vida | La tierra de nadie

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  • Para edificar su proyecto turístico, el Banco de México tuvo que comprar la isla de Cancún, pagando a los propietarios de los terrenos su precio en oro.

 

Menuda sorpresa se llevó el arquitecto Alberto Villanueva Sansores, a la sazón jefe de la Oficina del Catastro de Quintana Roo (que entonces era estatal y no municipal, como es ahora), cuando el gobernador Javier Rojo Gómez le presentó a un abogado llamado Carlos Nader y le anunció que el Banco de México planeaba construir un centro turístico en el norte del Territorio.

Corría el año de 1969. El Banco ya había decidido no expropiar la isla de Cancún, sino localizar a los propietarios y comprar los terrenos a precios comerciales, pero manteniendo en secreto la construcción del centro turístico, para evitar que se desencadenará la especulación.

Para eso, Nader necesitaba saber de quién era cada predio y luego trasladarse a la isla disfrazado de inversionista, ya que ahí radicaba la mayoría de los propietarios (o simples posesionarios).

Pero había que armar un auténtico rompecabezas. En la época porfiriana, el norte de Quintana Roo estuvo dividido en una serie de latifundios que se dedicaban a la explotación de salinas (en Las Coloradas), del palo de tinte (en Solferino), de la caña de azúcar (en Chiquilá, frente a Holbox).

Algunas vías del sistema decauville aún sobreviven en la península y están en uso. En su tiempo, fueron utilizadas para sacar la producción chiclera y maderera hasta los puertos de embarque.

También del chicle (en Santa María, hoy Leona Vicario) e incluso de tabaco (en San José de las Vegas, dentro del actual Cancún, a un costado del Bulevar Colosio). Había un rancho llamado Buenaventura, con un muelle rústico que probablemente se encontraba en las cercanías de Malecón Tajamar.

Los latifundios se desintegraron con la Reforma Agraria, dando lugar a una serie de ejidos que terminaron rodeando lo que hoy es la mancha urbana de Cancún: al norte, el de Isla Mujeres; al este, el de Leona Vicario; al sur, el de Puerto Morelos.

Toda la región que circundaba Cancún era una zona chiclera a principios del siglo XX. Cuando arrancó el proyecto, los primeros jornaleros contratados para el desmonte tenían este oficio.

En medio quedaron muchas propiedades particulares, con una titulación precaria, que pasaron de mano en mano por décadas sin que la oficina de Catastro registrara esas operaciones.

Tal era el caso de la isla de Cancún, que estaba dividida en una veintena de ranchos dedicados al cultivo del coco. Con base en un Informe de los predios del Mar Caribe, del desaparecido Departamento de Asuntos Agrarios, el periodista Francisco Verdayes elaboró un croquis que muestra la fragmentación de la costa en esa época, un trabajo muy meritorio que ilustra el vía crucis que tuvo que emprender Nader.

La piedra labrada que recuerda la fundación de Santa María, hoy Leona Vicario.

Verdayes ha puesto en duda esa versión de la historia, pero lo cierto es que Nader adquirió la mayoría de los predios y el Banco de México estuvo en condiciones de iniciar su proyecto. Alberto Villanueva sabe como lo hizo: “Pagaba un peso, y hasta dos, por cada metro cuadrado. Era una fortuna para la época.”

Como siempre, si desea leer el capítulo completo, solicítelo sin costo al correo fantasiadebanqueros@gmail.com, una crónica que abarca desde los latifundios porfiristas hasta la insólita estrategia de Carlos Nader.